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Distopía: el miedo Artículo

Las utopías han muerto y en su lugar se ha erigido victoriosa la distopía. Quienes han vendido el miedo, han adquirido gratis e instantáneamente miríadas de esclavos.

Las sociedades, lenta pero inflexiblemente, no solo se han uniformado en sus pensamientos y anhelos, sino que también han asumido que lo que importa verdaderamente es cada uno. Ni siquiera como sociedad, sino como individuos. Un contrasentido en sí mismo. Da la impresión de que las ciudadanías responden en masa y de una forma conjunta ante una amenaza, pero en realidad es el miedo individual el que propicia esta respuesta colectiva, ocultando que lo que subyace en el fondo de cada quien es el sálvese quien pueda.

Miedo, en su estado más puro.

Miedo a morir.

Miedo a rendir cuentas, porque nadie cree, pero todos creen, incluso los que no creen.

Miedo a ser una cifra más en el obituario colectivo, ni siquiera un nombre, porque cada uno sabe con certeza que todas esas personas que han sucumbido al mal no le importan a nadie. A veces, a los suyos; en muchos casos, a nadie porque en realidad incluso a los suyos les parece que se han librado de un carga, de un problema.

Cuando un hombre o una mujer deja de ser útil, suele suceder que no les importa ni a quienes trajo al mundo y cuidó con desvelo.

En un orden de individualismo colectivo y sin lealtades en el que se ha normalizado la catástrofe de los otros, el sufrimiento de los otros, el dolor de los otros, la enfermedad y el hambre de los otros, el pánico de cada uno por ser extornado de la lista de los supremacistas a los parias, es insoportable.

Y, claro, quienes absorbieron sin reticencias las dosis de miedo que a través de los medios poco a poco le fueron inyectando hasta convertirlos en yonquis, suplican ahora por un remedio, el que sea, que les permita seguir con sus vidas mínimas y sin anhelos y que puedan seguir existiendo prisioneros de su irresponsable autismo y disfrutar animalmente a cualquier precio. Incluso el de su libertad.

A nadie le importa el qué, sino el cómo.

No importan los hechos, sino el relato.

En realidad, es lo único que siempre ha importado: el relato. Con relatos ciertos o falsos hemos crecido (los cuentos, la historia, la evolución, incluso grandes partes de la ciencia), y pocas o ninguna vez han contado los hechos. El cine y la televisión sobre todo, pero también lo llamado cultura y entretenimiento nos han escrito el relato inventado que tenemos por cierto. No la historia: el relato.

Hoy no es necesario desplazarse a ninguna parte para que a uno le laven el cerebro, sino que basta con encender la televisión o ver una película para que se lo hagan. Ahí, sin hacer hincapié en nada en concreto pero astutamente elaborado, le invierten los valores en favor de los que les interesan a quienes han pergeñado este maquiavélico plan. Lo malo de ayer ha de ser lo bueno de hoy; lo inaceptable, moneda corriente; y lo bueno algo perverso. Al televidente, al espectador, al lector y/o al participante le adiestrarán fotograma a fotograma, línea a línea, arpegio a arpegio y argumento a argumento, que vivimos en un orden sin Dios ni responsabilidad, que somos dioses que lo merecemos todo, que podemos hacer lo que queramos ignorando a los demás, que no tenemos responsabilidad más allá de nuestros deseos nobles o espurios y que no hay mas castigo que el que te pille la poli en un renuncio. Al fin y al cabo, del mono venimos y a la nada vamos, y hay que disfrutar mientras se pueda, no importa a costa de qué o de quién. El mundo, si no te pilla la poli, es cosa de cada uno. Todo vale, sin puntos intermedios ni cortapisas.

Nunca el mal ha dispuesto de tantos medios para extenderse y convertirse en el señor de los tiempos.

Pero, sin darse cuenta, cada ser humano se ha ido convirtiendo en una isla, se ha desarmado de sí mismo, ha perdido la fuerza del grupo, de la sociedad en la que se integra, y se encuentra solo y aturdido ante un pánico que le desborda como un mar embravecido. El miedo que le insertan desde los medios cada vez que conviene un nuevo recorte de libertad o quitarle otro eslabón a la cadena: terrorismo, conflicto social, guerras, pandemias… Y con cada pánico, cuando gime suplicando seguridad y paz para continuar autistamente adorándose el ombligo, paga una cuota de menos libertad y más rebaño. La cadena se hace más corta, la cuadra se hace más oscura, la intimidad se vacía, se mata otra utopía.

El miedo paraliza.

El miedo asusta.

El miedo devalúa los credos, convirtiéndolos en nada más que polvo en el viento.

Dust in the wind.

El hombre es ya sus propios restos, polvo en el viento.

Porque los hombres han dejado hace mucho de entender el mundo y no se aferran ya a los hechos y a su análisis o discernimiento, sino a los relatos que les cuentan desde los poderes. Paralizados el miedo, son incapaces de comprender los hechos, de ver siquiera los sucesos o de discernir sobre lo que ocurre, y aceptan por bueno, sin reflexión, lo que les cuenten los voceros del poder con la única condición de que «parezca» coherente o sea asumible como relato.

Aunque nada de cierto haya en él.

Y se hacen más rebaño. Sin rebeldía, sin conocimiento, sin análisis. Solo importa vivir, sobrevivir, escapar del propio miedo, aunque sea a un pánico mayor.

El miedo, desde hace tiempo, se ha convertido en la llave que abre y cierra las almas de los hombres. Los hombres han dejado de creer en sí mismos, en sus capacidades, y ante el miedo a la libertad, han escogido la seguridad vigilada de las cuadras y las cadenas. La responsabilidad ha desparecido, aceptando cada cual por bueno, no sus creencias más profundas, sino lo que les digan unos tipos a sueldo de intereses espurios que no conocen y que no saben a qué aspiran, salvo que les refieren un relato que «parece» que encaja con los sucesos. Ya no piensa el hombre por sí mismo, sino que acepta a ojos cerrados y sin disquisiciones lo que quiera que sea que le digan las televisiones, el cine, el entrenamiento, la letra de sus canciones favoritas. Y con todo eso arma su relato, su falsedad, su mentira, su cuento.

No hay realidad fuera de eso. La única verdad es el relato. Lo dice la tele, lo dice ese vocero que por unos euros está al servicio del relato y que lo repite de mil formas distintas para que todos lo entiendan y lo asuman. Si repites un millón de veces una mentira termina por aceptarse como verdad, ya se sabe.

Pero el hombre sufre. En el fondo de sí, más allá de su miedo, sabe que está mal lo que escucha, que está obrando mal, y eso multiplica su miedo y le atormenta. Dios no existe, pero ¿y si existe? No se cosecha de lo que se siembra, pero ¿y si sí se cosecha de lo que se siembra? Nuestros actos, públicos y privados no tienen consecuencias, pero ¿y si sí las tienen?

El relato oficial dice que estamos prisioneros en nuestras casas por nuestro bien, pero los hechos solo dicen que somos realmente prisioneros sin haber cometido delito. El relato oficial dice que la muerte trastea fuera del cautiverio, pero los hechos dicen que languidecemos e incluso morimos intramuros silenciosa y obedientemente. El relato oficial dice que nuestra salud está en peligro más allá de las ventanas, pero los hechos dicen que dentro de ellas nuestros músculos se atrofian, nuestras relaciones parenterales se degradan, nos asalta la depresión, nuestros niños y nuestros ancianos sienten cómo sus sistemas inmunitarios degeneran y se hacen obsoletos. El relato oficial y los hechos se han convertido en enemigos: dicen cosas diferentes.

Los hechos gritan que nos han robado nuestra libertad.

Por ley.

Por decreto.

Pero aceptamos el relato, no los hechos.

Cien mil, un millón de víctimas de una pandemia —quién sabe realmente qué clase de pandemia—, sirve para que ocho mil millones de seres se encadenen voluntaria y mansamente al relato y renuncien a entender los hechos. Sirve para que por miedo los hombres se impongan las cadenas. Renuncien a su humanidad. Entonen el sálvese quién pueda, renuncien a sus derechos porque quieren sobrevivir a cualquier precio. Incluso al de los suyos.

El miedo es demasiado tenebroso como para no temerle.

Si no podemos ir al entierro de un ser querido no importa, aunque en el gobierno, en los hospitales, en las televisiones, en los supermercados, haya decenas o cientos de personas que van hombro con hombro sin que importe y aunque estos hechos den fe de que esa prohibición de no poder acompañar en sus últimas horas a nuestros seres queridos desdice el relato y lo niega, como niega la necesidad de estar en casa encerrados por delitos que no se han cometido o que nuestros niños o ancianos languidezcan y se deteriore su salud. Los hechos muestran la realidad, pero se prefiere el relato aunque mienta.

Nada importa sino ese relato sustentado en el miedo.

Miedo a no-ser y a tener que rendir cuentas.

Pero tarde o temprano todos tendremos que hacerlo. Y, entonces, cada cual responderá por sus hechos, no por un relato diseñado para hombres atenazados por el pánico. Y no habrá excusas.

En Corea del Sur, con una población casi igual a la española, no han confinado a la población y apenas han tenido unas centenas de víctimas, entretanto en España, con un riguroso confinamiento legal pero manifiestamente injusto y cruel, ya superamos oficialmente las veintiuna mil. Sabrá Dios en realidad cuántas (más o pueda ser que muchas menos). En Hungría, la policía captura como a animales salvajes, en algo parecido a la Alemania Nazi, a las personas de más cincuenta años y los llevan contra su voluntad a campos de retención con un enorme parecido a los Mauthausen del pasado.

Pronto podría pasar eso también aquí. Y nadie se opondría.

Todos han creído el relato oficial. Y aplauden desde la ventana cada día, como absurdos teleñecos, a una hora fija. Los comisarios políticos de cada bloque se encargan de enlistar a los que no aplaudan.

La presidenta del FMI dijo que las personas viven demasiado y que había que hacer algo ya. El gobernador de Texas, que los ancianos de más de 65 deberían morir por el bien del Estado. En Holanda no se atiende a los ancianos enfermos, e incluso se los quitan de en medio con una píldora voluntaria para que se suiciden, para la que ni siquiera es precisa la receta.

A lo mejor ya se está haciendo eso, aunque el relato oficial no lo cuente.

Pero eso es un hecho, no un relato.

Sin embargo, un mundo sin ancianos, sin su sabiduría y experiencia, sería un mundo distópico, antiutópico. Sería un mundo mutilado, sordo, ciego y sin entendimiento. Un mundo parecido a ese otro que sería sin la pureza y la esperanza de la infancia. Un mundo muerto.

Quieren mundos muertos.

Se maneja mejor a los hombres sin sabiduría y sin raíces.

Se maneja mejor a los estúpidos.

La contaminación ha mejorado al estar recluido el ciudadano en sus casas. El aire está más limpio. Pero ¿de qué sirve un mundo limpio y sano sin humanos? Las Piedras de Georgia claman por un planeta sin más de 500 millones de personas. Es el relato oficial, y probablemente sea un relato bueno desde el plano absurdo de las teorías desquiciadas de quienes controlan el pan y la sal; pero somos 8500 millones. Entones, ¿qué hacemos con los 8000 millones de hombres que sobran?

Y, sin embargo, también para eso hay soluciones. Yo mismo las vengo aportando desde hace más de veinte años. Soluciones inmediatas y sencillas a la contaminación, al desempleo y al sufrimiento.

Que todos los ciudadanos trabajen en sus localidades de residencia, por ejemplo. No más transportes individuales. Fácil y bueno para todos.

Que las empresas estén obligadas a contratar desempleados según su rango de beneficios, sin ir más lejos. Un mundo sin desempleo en menos de un año.

Serían necesarias menos autopistas, menos carreteras, y dispondrían todos de más tiempo para su propio desarrollo humano.

Fácil y sencillo.

Y humano.

Pero elegimos el miedo, y, al hacerlo, perdemos la capacidad de análisis, renunciamos a la utopía, abjuramos de ser nosotros mismos con todos y cada uno de nuestros derechos y nuestras responsabilidades. Renunciamos a ser hombres para convertirnos en rebaño. Creemos en los mayorales, aunque sean los mayorales los que nos lleven al degüello.

Podemos hacerlo.

Son hechos.

Pero preferimos el relato. Ni siquiera nuestro relato, sino el  que el poder que exige que terminemos con nuestros ancianos, y quién sabe si con 8000 millones de personas, nos cuenta.

¿Quién estará entre los 500 millones que sobrevivan y a qué oscuro dios alzarán sus rezos?

Los que han sembrado el miedo están haciendo una magnífica cosecha de libertades. Los hombres las entregan como tributo, agradecidos y aplaudiendo.

Pero vivir es otra cosa.

No tiene nada que ver con eso.

 

 

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