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Distopía: aprender y aprehender Artículo

La inteligencia proporciona a los hombres la capacidad de aprender de las experiencias que viven, sacar conclusiones que les sirvan de futuro no solo ante casos idénticos, sino también parecidos. De hecho, sería absurdamente estúpido que alguien viviera una situación difícil o traumática y no se esforzara en extraer de ella los datos necesarios que le sirvan para enfrentar otras situaciones que pudieran ponerle en semejante o incluso peor tesitura.

Aprender es la constante de la vida. Aprenden nuestros sistemas inmunitarios de las agresiones microbiológicas que atacan a nuestros organismos, y hasta son capaces de autosintetizar vacunas. Hay inteligencia en cada uno de nuestros glóbulos blancos, en nuestros linfocitos; pero, lamentablemente, no siempre la hay en el conjunto de la persona, a pesar de que es la inteligencia, a través de su cerebro, la encargada de hallar las conclusiones, los qués y los porqués, y actuar en consecuencia.

En todo proceso cognitivo el esquema correcto de análisis es secuencial, jerárquico y sucesivo. Primero importa el «qué»; el segundo rango lo ocupa el «por qué»; el tercero estaría ocupado por el «para qué»; y en último lugar sería el elemento determinante el «cómo».

Estamos viviendo una pandemia de la que lo ignoramos todo. Incluso las mismas autoridades que, no se sabe si en un esfuerzo sin parangón de autobombo y autopromoción o en un dudoso ejercicio de transparencia, no parecen dar pie con bola, diciéndose y desdiciéndose de una manera más propia de aficionados que improvisan que de profesionales capaces de manejar una crisis. No saben nada, los datos que aportan sobre lo ya sucedido son dudosos o inciertos, desconocen todo del origen de la pandemia y hasta del funcionamiento de la misma, y lo único que tienen por cierto es que mucha gente muere —no se sabe cuánts— y que otros muchos se curan —quién sabe si gracias a las respuestas autoinmunitarias de sus propios organismos—. De los infectados, ni siquiera tienen la certeza de quiénes son portadores o infectados, porque los tests que utilizan no tienen una fiabilidad mayor del 60%, de modo que muchos declarados «sanos» no lo están, y muchos de los declarados «infectados» tampoco. Una lotería, vaya.

El «qué», en consecuencia lo ignoramos. No sabemos con certeza qué nos ataca, y, en consecuencia, es difícil combatirlo. Ignoramos los ciudadanos de a pie qué remedios se usan en los hospitales para paliar lo daños de esta infección con los pacientes, pero queda claro que, en una aplicación rigurosa de la lógica, quienes se curan lo hacen por sí mismos, dado que, oficialmente al menos, los médicos ignoran todo sobre lo que están combatiendo.

Un «qué» desconocido. Lo ignoramos todo de él, salvo que aparentemente es un microorganismo de la familia de los coronavirus que no se comporta como los coronavirus, porque también lo hace como los microorganismos del SARS y del SIDA. Un mixtifori, en fin, que dudosamente se ha generado de forma natural.

Averiguar el «por qué» para comprenderlo, es una tarea tanto más difícil. Se dice que proviene de la costumbre de la población china de comerse cualquier cosa que tenga patas, y, cuantas más, mejor. Pero es una respuesta tan facilona como endeble. He leído sesudos informes en los que se menciona una transmisión del murciélago al pangolín, del murciélago al cerdo e incluso del murciélago al pangolín y al cerdo a través del perro. Vamos, que no tienen ni idea. Oficialmente, claro.

Lo curioso del caso, es que el brote parece ser que está en Wuhan, ciudad del centro de China donde, además de que sus habitantes consumen de forma habitual cualquier bicho por extraño que sea, está radicado el Instituto de Virilogía de Wuhan, clasificado como P4 —alta seguridad biológica—, donde se manipulan habitualmente microorganismos altamente peligrosos, susceptibles de ser usados en una guerra biológica.

Si consideramos que murciélagos, pangolines y perros son especies que han existido siempre y en los miles de años de esta cultura jamás se había producido algo parecido, al menos que sepamos, queda como algo factible poder descartar que el virus sea una mutación natural que ha sido gestado por especies tan disímiles en una especie de loca colaboración que sería difícil de hacer tragar al público incluso en una serie B de ciencia-ficción. Queda en el aire, en consecuencia, una sola posibilidad: que los científicos de esos laboratorios hayan estado jugando a Dios —cosa muy de nuestro tiempo—, y que, o bien han tenido una fuga, o bien han hecho un experimento —muy propio de las grandes potencias—, o bien han iniciado una pandemia dentro del contexto de una guerra biológica. Nada raro esto último, en un momento en el que existe una guerra comercial con Occidente, y que el más perjudicado está saliendo es Occidente.

Dada la desinformación pública al respecto, el «por qué» tiene que quedar en el aire por falta de pruebas fehacientes en uno u otro sentido. Aún en el caso más extremo, que se tratara de una guerra biológica, no debemos esperar que las autoridades confesaran tal cosa a la población, porque el pánico sería terrible. Además, no podríamos definir el origen verdadero, porque tanto los chinos podrían haber apretado el gatillo, como haber liberado otras potencias allí el virus para poder acusarles después. Un callejón sin salida. Incluso si seguimos la pista del beneficio —imprescindible para determinar después las coartadas y definir los modos operandi—, encontraríamos repartidos quienes se benefician y mucho de esto: chinos, Occidente porque habría diseñado una guerra que cree que podría ganar, e incluso las farmacéuticas que en esto siempre hacen su agosto.

Por otra parte, queda una cuestión adicional a este respecto que no conviene dejar de lado: que la pandemia la hayan producido para sondear la respuesta de los Estados y sus estructuras sanitarias ante una pandemia. Algo que podría llevar aparejados análisis sociológicos de enorme calado, como lo es la respuesta de la población a los confinamientos injustos, y hasta, quién sabe, si crear artificialmente una supercrisis que pudiera derivar en el tan cacareado y propuesto por tirios y troyanos Gobierno Mundial. Rockefeller, Kissinger, Bill Gates y hasta el mismo Papa abogan constantemente por él. Hay muchas más ramificaciones, por supuesto, pero me detendré en esto, a falta de evidencias públicas. El lector sabrá entenderlo.

En cualquier caso, el «por qué» tendría mucho que ver con la ingeniería social o militar, salvo que sea un suceso espontáneo. Y considerando las palabras de Roosevelt —ni en política ni en sociedad existe la casualidad. Si algo sucede, pueden estar seguros de que alguien así lo ha diseñado—, es poco o nada probable.

«¿Para qué?» Esta cuestión, a la vista de lo anterior, cobra una dimensión muy interesante. Desde hace años se habla constantemente de superpoblación, degradación del medio, envejecimiento de la población y el sobrecosto que le supone a los Estados, biotecnología, robotización, inteligencia artificial… Si hacemos una síntesis de todo ello y no nos detenemos en el detalle, queda claro que esta sería: sobra gente, especialmente ancianos, y sobra gente que contamina, especialmente los pobres. Un loco con poder, en esta tesitura, no sería extraño que dijera: acabemos con la pandemia con una pandemia, del mismo modo que se acaba con la violencia con más violencia o con la fuerza con más fuerza.

Una propuesta desquiciada, lo sé, pero que se ve apoyada en que tanto desde el FMI como desde muchas presidencias y hasta desde algunos Estados como el holandés, se desprecia ya los ancianos pidiéndoseles que se extingan, negándoles el acceso a la salud o directamente facilitándoles píldoras de autoextinción. Y ¿a quién ataca preferentemente esta pandemia? Exactamente: a los ancianos y a aquellos otros que, como ellos, tienen un sistema inmunológico particularmente debilitado y que, además, representan un insoportable sobrecosto para sociedad y un cero en sus aportaciones.

A esta aparentemente desquiciada hipótesis, se le debe sumar que la respuesta de los líderes mundiales ante el encierro de la población es de satisfacción por las ventajas que ha supuesto para el medioambiente, como si se gozaran de constatar que el problema es el exceso de humanos. Los prescindibles y los caros, pues, que vayan primero. Lo otro que llama mucho la atención, es que, a pesar de la enorme mortalidad, los Estados se nieguen al luto oficial, cuando por mucho menos nos han estremecido a todos con músicas melodramáticas, banderas a media asta y conmovedores actos oficiales de dolor.

El «para qué», tiene muchas posibilidades de tener mucho que ver con todo esto. Una reorganización social, una mengua controlada de la población —el virus no afecta a los niños si están sanos—, en algo parecido a una limpieza eugenésica. Claro que esto tendría unas consecuencias brutales que, al menos yo, me niego a aceptar, como que sea un genocidio controlado. Mi mente no llega tan lejos en la concepción de la maldad humana y por más que en el pasado reciente hayan sucedido por otros métodos cosas parecidas, como en la Alemania Nazi.

Si consideramos la totalidad de lo expuesto, el «cómo» salta por sí mismo. No es una cuestión de pruebas, sino de síntomas que conducen a un único diagnóstico. El médico, cuando se basa en los síntomas, no necesita de pruebas de laboratorio o de ver los microorganismos que afectan al individuo para determinar el diagnóstico: ya es conocido. Y las pruebas, los síntomas, son suficientes: estaríamos ante un ensayo de respuesta social. Una prueba, un test de cómo funcionan los gobiernos, las poblaciones y las sociedades ante una catástrofe general de parecidas condicionantes. Todo un ensayo global.

Resulta particularmente significativo que, a estas alturas de la tragedia, personalidades de relevancia mundial ya avisen de que la próxima pandemia tendrá una mortalidad del 30%. Me encantaría saber cuáles son sus fuentes para tener esa certeza, especialmente considerando que apenas unos años antes de que esta pandemia del coronavirus apareciera, ya advirtieron de su aparición.

Como síntesis, este «cómo» para obtener el control de la población y su significación numérica, es la pandemia misma. El miedo insuflado y dilatado por los medios hace todo lo demás, y los ciudadanos, como hemos visto, aplauden a rabiar que les roben la libertad, siquiera sea porque les prometan una seguridad que es probable que esté cargada de cadenas. Lo que sí parece cierto es que el miedo empuja a que las masas se conduzcan como rebaños y que, irreflexivamente, sigan al líder de la manada aunque sea al precipicio, que en este caso ese líder son los medios de comunicación. Medios, curiosamente, que son propiedad de quienes he mencionado anteriormente y que podrían, en una sociedad distópica, estar involucrados.

Las conclusiones personales de este análisis debe extraerlas cada uno por sí mismo y aplicarlo a su vida. El escenario está dibujado. La obra debe interpretarla cada quién.

Los magos, para hacer sus trucos, siempre desvían la atención del público adonde no se están produciendo las maniobras, y en este sentido tienen una especial relevancia la participación de los radicalismos, la división de los puntos de vista, la dispersión de las teorías. Y miles de opinadores oficiales dictan desde los medios cientos de teorías creíbles y absurdas que propicien el milagro de la dispersión científica o social, y decenas de partidos se enzarzan entre sí en guerras aparentes que consiguen lo mismo.

Y en medio en ciudadano, con el deber de analizar, aprender y aplicar.

Tal vez pronto, si es cierto algo de lo que parece desprenderse de todo esto, podamos aprehender a los responsables y hacerles pagar por ello.

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