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Distopía: pírricos triunfos, grandes victorias Artículo

Las acciones individuales que se han aunado espontáneamente desde la razón y el sentido común para presionar a un gobierno errático y dictatorial sobre sus absurdas medidas, han propiciado el pírrico triunfo de que el gobierno, tras tres cambios en un día de opinión, haya dado marcha atrás en su última decisión de dejar salir a los niños menores de 12 años solo al supermercado o a la farmacia (algo totalmente desquiciado propio de quienes no tienen la capacidad de pensar) y permitan que salgan a pasear, que es lo suyo.

Pírrica, sí, frente a lo que demandamos: libertad total y sin límites distintos de la responsabilidad individual, que es nuestro derecho. Pero lo hemos conseguido. Y lo hemos hecho como sociedad: individuo a individuo. Cada uno desde su emplazamiento social y sin manifestaciones, periodistas independientes, profesionales con criterios, escritores, pensadores, artistas y ciudadanos de a pie que hemos presionado en las Redes, lo hemos logrado.

Una enorme felicitación a todos, un aplauso general: este es el camino.

Este pírrico triunfo, poco frene a lo que aspiramos, marca algo tan importante como el camino a las grandes victorias, que no pueden ser otras que desalojar del poder a cualquier partido, no importa de qué tendencia, que trate de imponer criterios espurios radicales, dictatoriales o absurdos, haciéndole ver que tendrá enfrente a una ciudadanía dispuesta a desalojarle del poder, perseguirle y, si fuere necesario, poner a sus líderes ante los tribunales para que rindan cuentas por sus desmanes.

¡Ya basta de ser corderos! Los ciudadanos somos seres que no precisamos que nadie nos tutele, y, mucho menos, que nos maneje «por nuestro bien» ningún partido o personaje que crea que los votos le conceden poder personal ilimitado y sin responsabilidades. Que nadie nos trate como estúpidos, incapaces o borregos, porque nada de eso somos.

Los hombres, cuando se unen en número suficiente, son capaces de las más grandes victorias sin precisar siquiera las ya manidas y obsoletas manifestaciones que de nada valen. Podemos hacer lo mismo desde nuestros puestos de trabajo de vida. Pero es mucho más importante y poderoso cuando este ejercicio de responsabilidad ciudadana se ejerce desde la razón y la defensa de nuestros derechos y libertades, que son los de las nuevas generaciones: toda una lección práctica para ellas.

No se trata en ningún caso de derribar a un gobierno estúpido, errático y dictador como el que ahora tenemos, descontrolado por un narcisismo y una egolatría de aprendices de dictadorzuelos que rayan en la risión y el ridículo, ni de echar del poder a un partido de izquierdas para poner a uno de derechas, o de hacerlo con uno de derechas para poner a uno de izquierdas. Se trata, exactamente, de que el poder sepa que no gobierna a una manada de borregos, sino de lobos que irán a por ellos y los devorarán si sacan el pie del tiesto o se extralimita en sus funciones. Tienen que rendirnos cuentas, y no gobernarnos como si fueran señores feudales que son dueños de nuestras vidas.

El poder es nuestro.

El poder tiene que saber que somos peligrosos y devoraremos a cualquier político, a cualquier juez, a cualquier policía o a cualquier individuo, grupo o partido que nos considere mansos, estúpidos o indefensos, o que abuse de fuerza. Son gestores a nuestro servicio, y no nuestros dueños.

Unidos, cada uno desde su puesto, cualquiera que sea este, podemos y debemos imponer y derribar gobiernos, obligar a que se persigan los delitos, abusos o corrupciones, e imponer la razón y la honradez como forma de gobierno. Y quien no cumpliere esos compromisos de honradez y bien hacer con la responsabilidad de gestión que le hemos concedido, debe saber que tendrá enfrente a una masa de ciudadanos que los van a perseguir de tal modo que nunca prescribirán sus atropellos hasta que los paguen taz a taz con sus bienes y con penas de cárcel.

Es un pírrico triunfo lo que hemos conseguido los ciudadanos con nuestra presión constante en este caso, a pesar de que esta también haya tenido sus víctimas, desde profesionales que han perdido sus empleos a simples ciudadanos que están sido seguidos u observados por los Servicios de Inteligencia del Estado o algunos Cuerpos de Seguridad a causa de sus opiniones o escritos, por orden del gobierno.

A todas estas víctimas, mi aplauso y mi más agradecido reconocimiento. Vosotros, nosotros, somos el germen de una nueva sociedad no-fragmentada que constituirá la nueva sociedad que amanezca tras esta pandemia falaz que han utilizado algunos políticos para quitarse máscaras y mostrarse como los dictadorzuelos bananeros que son. Sería un enorme error pasar esto por alto o dejarlo pasar sin condena. Que no prescriba.

Sigamos adelante.

No es una cuestión de derechas o de izquierdas.

No es una cuestión de afinidades o antipatías distintas de la libertad a la que aspiramos.

Es una cuestión de dignidad.

El poder somos nosotros, reside en nosotros, está en nosotros, los ciudadanos.

Sacaremos del gobierno a cualquier partido y cualquier político que intente restar nuestras libertades y derechos o sean corruptos. Los perseguiremos implacablemente hasta sentarlos ante los tribunales y les impediremos de presente y de futuro que puedan volver a medrar en el poder para enriquecerse o dar sentido narcisista a sus miserables vidas.

Somos lobos. Tenemos que ser lobos. Sin piedad.

La lección que nos proporciona este pírrico triunfo es que los ciudadanos somos quienes tenemos que controlar a los gobiernos, los que tenemos que controlar a los políticos, los que tenemos que definir sus actividades y sus sueldos y privilegios. No al revés, nunca al revés. Ellos son gestores que les consentimos hacer esa tarea, pero el poder es nuestro y nosotros somos los que mandamos qué y qué no.

Es cierto que se van a defender. No van a ceder fácilmente a que les controlemos o a que tengan que rendirnos cuentas, y lo sabemos. Pero tenemos que obligarlos, es nuestro derecho de individuos y nuestro deber de ciudadanos. Está en juego nuestro futuro como seres libres o nuestro porvenir como esclavos de esta siniestra cohorte de oportunistas y mercaderes del poder.

Es llegada la hora de levantarnos como pueblo y como individuos. No necesitamos organizaciones jerarquizadas ni dirigentes que nos traigan o nos lleven según sus criterios: cada ciudadano tiene que ser un lobo y un controlador para esta nefasta y perversa clase política. Sin partidos. Los hombres, sean cuales sean sus ideologías, tenemos que ser capaces, y lo somos, de criticar y perseguir lo que está mal, lo haga quien lo haga, y tanto más severamente si lo hace alguien que invoca nuestros principios o tendencias para perpetrar sus atropellos. A estos que usan nuestros credos para convertir en sucio o contrario a nuestras libertades y derechos constitucionales o para enriquecerse ilícitamente, y aun para dar un viso que no tienen sus miserables vidas, hay que tratarlos, precisamente, de un modo más implacable.

Solo desde la libertad se puede ser libres.

Es la hora de la rebeldía. A este gobierno no hay de que derribarlo por ser de izquierdas o de derechas, sino por ser inmoral, abusivo, dictatorial, incompetente y radicalmente estúpido. Es un gobierno de ocurrentes, de improvisadores, de incapaces que han convertido a España en el hazmerreír del mundo, produciendo una mortalidad incomparable con la de cualquier otro país y de medidas erráticas en las que ni siquiera los miembros del mismo gobierno están de acuerdo, contradiciéndose unos a otros incesantemente y desdiciéndose unos a otros de una manera vergonzosa, entretanto nos han robado a los ciudadanos nuestros derechos a la libertad de circulación o expresión, han convertido a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad en Gestapos y nos someten a intoxicación en las Redes sin ningún pudor, estableciendo medidas dictatoriales contrarias a la Constitución. Un gobierno que ha arruinado a España y la ha sembrado de quiebras y desempleo con su nefasta gestión de ocurrentes sin otro objeto que su manifiesta incompetencia.

Ni siquiera se salva el rey. Su deber de rey es deponer a un gobierno tan peligroso como el que tenemos, y parece demasiado cómodo en La Zarzuela o que el sufrimiento y los atropellos a los que está siendo sometido el pueblo español no le importan. Y si le importan, tiene que ejercer de rey, que para eso está y no como adorno.

O intervenga y sea rey, o que no lo sea y se marche.

Los adornos sobran.

Manipulan al ciudadano.

Tenemos el camino: seamos implacables. Desde nuestros hogares, a través de las redes; desde nuestras columnas, desde nuestros espacios televisivos, desde nuestros blogs, desde nuestras voces ante nuestros conocidos, extendamos esta luminosa plaga de honradez y control hacia y contra los políticos para que los hombres podamos ser realmente libres.

Restemos a los políticos todos los privilegios, controlemos su actividad y su número, no mantengamos a más parásitos en ningún orden, y exijamos nuestros derechos, cueste el precio que cueste.

Si no estuviéramos dispuestos a pagar cualquier precio por nuestra libertad, si no estuviéramos dispuestos a realizar cualquier esfuerzo por nuestra libertad y nuestros derechos, sencillamente no los mereceríamos.

La libertad no es gratis: hay que defenderla a cualquier precio.

Ganémosnosla.

Démosla en valor que tiene y hagamos los esfuerzos que sean necesarios para conservarla.

Que los políticos nos teman como a lobos.

Deborémoslos si no obran con rectitud, diligencia, precisión y honradez extrema.

Nosotros, el pueblo, somos el poder.

Nosotros el pueblo, somos los dueños de nuestros destinos: que nadie nos los tuerza.

¡Luchemos desde nuestros puestos sociales! ¡Las grande victorias son nuestras!

Seamos lobos para el poder.

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