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Distopía: planes maquiavélicos Artículo

Quienes tuvimos ocasión de leer algo del «Informe Iron Mountain: sobre la posibilidad y conveniencia de la paz», nos quedamos perplejos. Sabios cientificistas, thinks-tanks y propietarios de algunas empresas multinacionales relevantes de EEUU, reunidos en el refugio nuclear del mismo nombre a instancias del gobierno de EEUU y presidido por Robert McNamara en 1961, concluyeron un trabajo en 1963 que trataba de definir cuáles eran las amenazas para la civilización en general y para EEUU en particular, y sus soluciones de futuro. Las conclusiones finales, alcanzadas bajo el mandato de J. F. Kennedy en 1963, fueron implantadas, aunque prohibidas en su difusión, por Lyndon B. Johnson, aunque para entonces ya se habían filtrado a algunos medios más o menos selectos.

Las soluciones que daban a problemas como la superpoblación, nuevas tecnologías, el desarrollo de la inteligencia artificial, el hambre, el agua potable, la contaminación del medio y el control de las masas, fue, cuando menos, impactante. Desde control militar, bajo una capa de apariencia social y democrática, hasta la implementación de nuevas tecnologías en el control, pasando por pandemias que eran enmascaradas en la estupidez o movimientos erráticos y polémicos de gobiernos aparentemente mayoritarios pero incapaces. Populismo, en fin, como camuflaje de cobertura para tener libertad de acción.

Ya hemos visto como todo eso se ha ido implementado, paso a paso.

No fue, ni mucho menos, el único disparate filogenocida que fue analizado y posteriormente implementado. En 1969, Henry Kissinger, siguiendo la estela del «Informe Rockefeller sobre población», dirigió a otro grupo de sabios y multinacionales para elaborar el «Informe Kissinger NSSM-200», más conocido como «Infome global 2000 para el presidente», o simplemente «Informe Hombre 2000», el cual fue concluido en 1974 para el presidente, que en este caso fue Jimmy Carter.

Si desquiciadas nos parecieron a muchos las conclusiones de Iron Mountain, la del Informe Hombre 2000, iban mucho más allá de lo anterior. La propuesta, en definitiva, era seguir con la estrategia anterior y aún aumentarla, convertir al ciudadano en una especie de friki dirigido y reducir la población mundial a menos de 2000 millones de personas. Entonces, en 1974, la población mundial se elevaba a 4000 millones de seres humanos.

En 1976, aparecieron las primeras señales pandémicas del Sida que se consolidaron hacia 1980, produciendo hasta el día de hoy unos 80 millones de víctimas. Aunque la versión oficial asegura que fue un virus espontáneo nacido del mono verde, las fuentes no oficiales aseguran que fue una creación de laboratorio encuadrada dentro de la guerra biológica. Desde entonces, muchas y disímiles pandemias han asolado la humanidad o la fauna que la soporta, como el Sars, la Gripe Aviar, la Gripe Porcina, el Mal de las Vacas Locas, el ébola, etcétera. Una cuestión muy curiosa, porque desde la Edad Media e incluso esporádicamente desde la Moderna, no se conocían con tal frecuencia pandemias de tal tipo, salvo, acaso, la Gripe Española, aparentemente también una de las primeras manipulaciones militares modernas de pretender usar un virus para fines bélicos, y que se les fue de las manos.

Desde hace unos años, empresarios de multinacionales, expertos de todo tipo e incluso filósofos globalistas, tinks-tanks aparte, han tenido una actividad frenética organizando reuniones para analizar estos problemas y la probable aparición de pandemias globales, curiosamente tras las debacles previas de las Guerras Locales que desmembraron con sus Primaveras y Guerras de Colores a los países que aún tenían alguna fuerza. Bill Gates, Rockefeller, Soros, Rothschild, etcétera, han tenido un trabajo ingente de cara al público, poniendo a sus medios como difusores de los planteamientos de futuro, como las portadas de The Economist, que han predicho con una tan asombrosa como sospechosa exactitud, como un Juan de Jerusalén cualquiera, los sucesos que iban a acaecer en el año siguiente.

Un movimiento que no está exento de su Juan Bautista, su predecesor, como podría serlo el curioso caso de Yubal Nohá, quien con su «Homo Sapiens», primero, y su «Homo Deus», después, nos ha puesto sobre la pista. Una pista en ocasiones coincidente con las famosas Piedras de Georgia, que proponen la reducción de la población a menos de 500 millones de personas.

Y con estos antecedentes, nos ponemos en el día de hoy, aquejados de una pandemia de coronavirus que nadie entiende ni sabe atajar y con buena parte de la población confinada (encarcelada) en sus domicilios de una forma férrea, controlada por todo tipo de fuerzas represoras que vigilan celosamente la conculcación de sus derechos fundamentales, así en su libertad de movimientos como de expresión, y auxiliados por la tecnología más punta, desde cámaras, programas de inteligencia artificial de reconocimiento facial y medidoras de distanciamiento, drones, ejércitos, etcétera.

Cuando no se tienen pruebas de nada, porque la información y los medios no están al alcance todos, solamente hay dos cuestiones para poder comprender qué está pasando: o uno se fía de lo que los expertos dicen, o trata de comprender la situación a través de los síntomas y las evidencias incontestables. En lo primero, lo que dicen los expertos, solo se puede concluir que no entienden nada, porque hay tantas versiones como expertos, sin que parezca que los llamados «expertos oficiales» que trabajan para la Sanidad o los Gobiernos, sean capaces de ponerse ni siquiera de acuerdo entre sí. Y en lo segundo, los síntomas, hay tal cantidad de preguntas sin respuesta, que del contexto solo pueden surgir miles de teorías, algunas desquiciadas y otras, tal vez, no tanto.

Veamos.

Si tratamos de comprender el sistema sin detenernos en los detalles, debemos sintetizar que los movimientos filosóficos de la Edad Contemporánea son de oposición radical a los valores habidos hasta la llegada a ese punto, que es decir a los cristianos. Vertebrada sobre tres principios —evolución, liberalismo y socialismo—, es obvio su mensaje único, como le dijo Diderot a Napoleón cuando le presentó la enciclopedia y este no halló en ella ninguna referencia a Dios: «Sire, Dios no me ha hecho falta».

Desde la aparición de esa Edad Contemporánea, Dios ha sido desterrado de nuestras vidas, empujado por una sociedad que, abominado de él al aceptar la propaganda masiva que se ha encargado de desprestigiarle e identificarle con un mito primitivo y falaz, a la vez que se ha disuelto en la nada al grupo de personas más fuerte, sólido e influyente que ha gobernado el mundo en su historia. Además, si Dios ha muerto, si somos nada más que un accidente de la biología, si nadie ha de juzgar nuestros actos sino que nos morimos y ya está, ¿qué hay de malo en que regulemos la naturaleza a nuestro antojo, manipulando la genética de todos los seres vivos, decretando quién vive o muere, haciéndonos dueños de las vidas ajenas y hasta haciendo limpieza social con la eliminación de los elementos no convenientes para el medio o la economía? Nada, por supuesto.

Y llegamos adonde estamos. Parece ser que somos muchos, según confiesan los Juanes Bautistas mencionados, que el medio se degrada, que las pestes tradicionales como el hambre o la enfermedad son caras e inconvenientes además de irresolubles, que disponemos de los medios para crear una sociedad controlada y cómoda —robotización, inteligencia artificial, etcétera—, y podemos ser los creadores de nuestro orden. Cosa que, curiosamente, la mayoría de los gobiernos respaldan con sus actos, negándose a ninguna clase de luto a pesar de la enorme mortandad de la pandemia, a la vez que no cesan de repetir lo limpios que están los aires, lo cristalinos de los canales de Venecia o se recrean en que los animalitos, que tradicionalmente han traído las pestes antiguas por su próxima convivencia con el hombre, vuelvan a tomar calles y parques de nuestras localidades, mientras los humanos son excluidos obligatoriamente de la vida y el mundo.

Curioso, ¿no?

Todos los síntomas parecen indicar que los humanos son el virus. Pero ¿lo somos? Visto desde la óptica naturalista y hasta de la inhumana, es cierto; pero ¿es la correcta? La respuesta es no. Lo que deberíamos aprender de esto es que necesitamos saber convivir con nuestro medio, que en muchos sentidos, esa misma propaganda que nos ha cosificado convirtiéndonos en nada y nadie, carne impositiva y descreída y masa sin sentido, estamos equivocados y debemos rectificar.

Pero en esta cuestión de la pandemia COVID-19 no se trata de eso.

Desde luego, esta pandemia no se trata de una operación de limpieza social, de eliminación de «excedentes humanos», sino que tiene todo el aspecto de ser un ensayo general de algo que, tal vez, vendrá más adelante, como algunos de esos Juanes Bautistas que antes mencionaba ya proclaman en las plazas de sus medios y en las redes.

Sin embargo, es obvio que en este caso los métodos son diferentes a los habidos hasta ahora. Las guerras convencionales no sirven para esto. No son necesarios millones de soldados matando a diestro y siniestro, ni bombas atómicas que contaminen el medio en que habrán de vivir los supervivientes, ni siquiera rayos de la muerte al estilo de Tesla: las guerras, ahora, son silenciosas o sigilosas así como asimétricas. El sigilo lo proporciona un enemigo invisible, inoloro, insaboro: te mata desde dentro, está en el aire, en el agua, en tu vecino. Y, como el grupo es peligroso, se impone el distanciamiento. Nada mejor, pues, que un virus.

Pero ¿qué tipo de virus?

Si analizamos quiénes son las víctimas preferentes de esta pandemia de COVID-19, debemos decir que ancianos, enfermos crónicos que lo sabían o lo ignoraban, y excepcionalmente algunas personas sanas, aunque tal vez si se les hicieran autopsias minuciosas a estas víctimas, nos encontraríamos con que tenían algunas dolencias ocultas o que todavía no habían dado la cara. En definitiva, la inmensa mayoría de las víctimas son personas improductivas que tienen un enorme costo para la economía.

Si analizamos dónde se ha verificado la mayor mortandad, nos encontramos inmediatamente con curiosísimas paradojas. Por ejemplo, que en países como India, China, Brasil, Ecuador o continentes como África, la mortandad es infinitamente menor que en países como Italia, España, Gran Bretaña, Suiza o EEUU. Pero ¿qué tienen en común unos países y otros? Los primeros, carecen de un buen o moderno sistema sanitario, carecen de medios suficientes para todos y, sin embargo, su mortalidad es menor que en el otro grupo de países, donde cuentan con los más modernos y sofisticados sistemas sanitarios, disponen de ingentes recursos y, a pesar de ello, la mortalidad es mucho mayor que el otro grupo.

Si buscamos los elementos diferenciadores entre uno y otro grupo de países, los muy afectados y los poco o nada afectados, el primero de todos ellos es la tecnología. Los países con mayor mortalidad son frecuentemente irrigados con sustancias que ignoran —chemtrails—, y el segundo elemento que descuella por sí mismo es que los países de mayor mortalidad tienen mayores redes 5G.

El 5G son radiaciones de alta densidad, con límites que superan las cien mil veces los límites de radiación que hasta hace muy poco se consideraban dañinos. De hecho, los análisis que expertos independientes han realizado sobre sus efectos en plantas, animales y humanos, son concluyentes: los mata. O puede hacerlo. Depende de la intensidad y de la frecuencia de la radiación. Dicho en otras palabras: es un arma de guerra. Un arma diseñada por DHARPA. Esta, tal vez, es la causa por la que marineros de buques de guerra que llevan desde antes de la pandemia en alta mar, estén masivamente contaminados.

Los efectos de la radiación 5G, según esos estudios, afecta a los tejidos vivos, a las células, impidiendo el intercambio de oxígeno, generando un acumulamiento ilógico de los glóbulos rojos y produciendo, como consecuencia de lo anterior, lo que técnicamente se denomina exosomas, que son ni más menos que cierto tipo de facilidad para crear y multiplicar virus, y para facilitar que organismo no los combata por depresión del sistema inmunológico. Más allá de que el virus en cuestión, el COVID-19 sea natural o producto de laboratorio, puede ser afectado por estas radiaciones de una forma intencionada.

La patente china CN1315847A, registrada curiosamente por Juliana H., J. Brooks y Albert E. Able, (https://patents.google.com/patent/CN1315847A/en) establece que determinadas frecuencias y resonancias acústicas pueden potenciar o reducir la actividad de los virus, considerados como resonantes piezoeléctricos. Dicho en román paladino: pueden matar al virus o convertirlo en un arma letal. Y puede ser que selectivo, en función de la asimilación de cierto tipo de sustancias que el objetivo haya ingerido sin saberlo, como esos productos químicos que son irrigados a través de los chemtrails. Si se potencia la resonancia mediante la ingesta de nanopartículas específicas, y sabiendo de antemano la potencialidad de la asimilación de estas por determinados grupos de objetivos (edad, dolencias, sistema endocrino), eliminarlos no es una cuestión particularmente difícil.

Algo maquiavélico, ¿no?

El primer país contaminado fue China en su ciudad de Wuhan, conde se encuentra el laboratorio biológico más avanzado, de categoría de máxima seguridad P4. Sin embargo, no se contaminaron otras ciudades. Wuhan, tiene la mayor implantación de 5G de China. Los siguientes países en ser contaminados y padecer una extrema mortalidad ya los he mencionado, resultando muy extraño que Italia o España o Suiza o Gran Bretaña sufran estos efectos por contaminación directa, y no lo sea así en Vietnam o Japón o India que tienen con China una relación mucho más estrecha.

Hay, sin embargo, países con poca o ninguna implantación del 5G que parecen desdecir esta teoría especulativa como es el caso de Irán. Pero Irán está rodeado de países hostiles que le hacen una guerra no declarada, y no es inverosímil que puedan dirigir a ese país radiaciones suficientes como activar el virus.

Que la mortalidad sea la que es en su localización geográfica, que tenga la incidencia que tiene en los diferentes grupos sociales (no afecta o afecta poco a los niños sanos, por ejemplo), debería ser razón suficiente para estudios rigurosos por parte de las comunidades científicas y de los gobiernos. Pero no es así. A pesar de la evidencia de que en países sin medios la mortalidad es insignificante y que en países con mucho 5G es elevadísima, los gobiernos y sus medios nos hablan continuamente de mascarillas, guantes, trivialidades, las simplezas de casos absurdos y alientan masivamente a las poblaciones a manifestaciones ridículas como aplaudir desde el balcón, animar a las policías de visillo a que espíen a sus vecinos y a lavarnos el cerebro con continuas y aberrantes contradicciones que dan la impresión de que improvisan como aficionados.

Tal vez lo sean.

He expuesto lo mejor que he sabido las directrices generales de una teoría razonable que se extiende en el tiempo desde hace décadas. Da la impresión de que esta pandemia COVID-19 no es más que un ensayo general, más serio y riguroso que el del Sida, el Sars o la Gripe Aviar. Al relato completo le faltan espacios a ser rellenados por los técnicos y los científicos honestos que aún quedan, que algunos habrá. En ellos, en su honradez y en su conocimiento, queda rellenar los huecos con datos precisos y evidencias sólidas. Los ciudadanos no podemos hacerlo, pero no somos estúpidos y sabemos leer no en lo que nos dicen los poderes de turno, sino en los hechos.

En cualquier caso, queda sobradamente claro que los gobiernos del mundo, o los líderes del mundo a través de los gobiernos, han intervenido siempre para controlar a las masas, las guerras, la paz, la economía y nuestras almas. No es extraño, pues, que quieran tomar el timón de la nave para concluir su singladura y llevarla adonde les interesa.

Al lector, le toca juzgarlo.

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