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Distopía: la nueva Anormalidad Artículo

Hay que reconocerlo, aun a nuestro pesar: tenemos el gobierno que merecemos. Y todo lo demás también, claro. Merecemos la corrupción que nos asuela, nos hemos hecho acreedores de esta engañifa conque nos roban libertades y derechos civiles y merecemos estar inclusos en esta danza de los condenados, obligados a permanecer recluidos en nuestras casas, a falta de cárceles, porque todos somos culpables.

Somos culpable de cuanto sucede porque no hemos hecho nada por evitarlo. Decía Edmon Burke que el mal avanza no porque los malos sean más o más inteligentes, sino porque los buenos no hacen nada. Y no hacemos nada, salvo aplaudir desde las ventanas, en un ejercicio de cinismo que nos hace merecedores de los peores males. No se aplaude por admiración de ningún colectivo —cada cual hace su trabajo y todos queremos hacer el nuestro, no habiendo ningún puesto, modesto o importante, que sea prescindible—, ni se hace por agradecimiento hacia ningún poder, porque es precisamente el poder el que nos ha condenado sin juicio ni haber cometido delito, privándonos del bien más sagrado, la libertad, restándonos nuestros derechos civiles y hasta queriendo controlar qué, cuándo y cómo tenemos que hacer lo que sea.

Aplaudir ante esto, es un insulto.

Nadie quiere entender lo que pasa, lo que nos están haciendo. Somos necios, ciegos voluntarios, cínicos insoportables que aplaudimos por apariencia y que después vigilamos a nuestros semejantes y hasta avisamos a la policía para que detengan violentamente a quien ose salir a la calle, porque todos tienen que ser tan esclavos como nosotros.

Es repugnante.

No hay otro calificativo.

Hace años fui columnista de algunos medios. Lo hice durante muchos años y publiqué miles de columnas que centraron la atención de muchos conciudadanos, la mayoría de las veces para insultarme o amenazarme a mí y a los míos, porque era libre. Pero me sentía en el deber de aportar lo que veía. No pertenezco a ningún partido, no pertenezco a nadie absolutamente, salvo a mi Dios. Y eso no era aceptable. Rojo para unos, fascista para otros, nadie entendía la libertad de ser lo que se es o utilizar la misma vara de medir para unos y otros. Pero los puristas me acusaban, me señalaban con su dedo, inventándose epítetos que dudo siquiera que conocieran su significado. Escupían la rabia que les brotaba a borbotones del alma porque denunciaba hechos. Son los mismos que no hicieron nada ante las condenas injustas de los jueces, ante el latrocinio galopante de los políticos, y los mismos que iban a votar corderilmente como un rebaño amaestrado para que saliera elegido, más que el partido que amaba, aquel contrario a quien odiaba con toda su alma.

Mi parecer, hoy, sigue siendo el mismo, acaso porque soy el mismo hombre: todo esto es una farsa inventada para que los condenados bailen a su son. Izquierdas y derechas son la misma cosa. Son el baile de los contrarios para la obtención del ternario. Los que tengan algún Conocimiento, ya saben de qué va eso. Es un circo, una farsa, una polarización de la sociedad para robarle lo más preciado. Unos se oponen a los otros, pero cuando les llega el «turno» y gobiernan no cambian aquello, sino que lo sostienen, porque también es lo suyo. Lo quieren ambos, son los mismos, hermanos de fraternidad y militantes sometidos a Lucce-ferre.

No vivimos acontecimientos sueltos, como he tratado de demostrar con los propios titulares de las noticias de cada día en mi última novela La danza de los condenados, aún inédita, sino la misma batalla del principio de los tiempos, solo que ahora está llegando a sus últimos estadios.

Adjunto en este artículo un video que sin duda todos han visto. Es el presidente anunciando que estamos trabajando para la «gobernanza global» o gobierno mundial. El famoso nuevo orden. No es una improvisación, sino una declaración bien organizada, estructurada y puesta en escena.

Se puede decir más alto, pero no más claro: es el nuevo orden mundial. El novus ordo seclorum.

Escúchalo con atención.

Un discurso breve, sin condicionales, sino con afirmaciones rotundas.

La libertad se ha perdido para siempre, porque ya saben que si se roba truculentamente, como ahora ha sucedido, y no pasa nada, podrán hacerlo tantas veces como quieran.

El pueblo aplaude desde los balcones.

Y vigila celoso para que nadie sea libre.

Hay policías de visillo y comisarios políticos voluntarios a tiempo completo que trabajan para el nuevo Régimen. Para el amado líder. Tal vez para ese que ha desalojado a Franco de su tumba, a fin de que pueda ocuparla el día que tenga que rendir cuentas a quien no se dejará corromper. Seguro.

Pero ya hablan sin tapujos de una «nueva normalidad».

Una anormalidad sin libertades ni derechos.

Una anormalidad de rebaño.

Los pastores dirán qué, cuándo y cómo hay que hacer lo que ellos digan.

Y nos dirán también qué pensar.

Nos recluirán en nuestros hogares mientras desde sus medios nos machacan las neuronas día y noche con sus mensajes. Veinticuatro horas al día de aleccionamiento obligatorio. Todo un vasto campo de reeducación al más puro estilo jmer rojo camboyano.

Y seremos más corderos.

Y seremos menos hombres.

Y seremos menos libres.

Y bailaremos la danza de los condenados.

Esto es lo que hemos elegido. Esto es lo que aplaudimos desde los balcones. No importa que más de 300 millones de puestos de trabajo se pierdan en el mundo, que más del 40% de la población española esté condenada al hambre y a la necesidad, que cuando veamos la luz del sol sea vigilada por un ejército de mercenarios a sueldo que se han convertido en la nueva Gestapo, violentos, seviciosos, crueles como el gañán al que se le da una gorra de plato.

Enhorabuena a todos.

Decía que durante años fui articulista y publiqué al menos una columna diaria en algunos medios. Abandoné porque las noticias intoxican, envenena la sangre ver cómo roban y matan y mienten y se dictan las sentencias más sangrantes e injustas, y nadie hace nada. Los corruptos son ignorados, y, si alguien los coge —generalmente porque alguien con tanto poder los ha traicionado o ha vendido su ficha para eliminarlon del juego—, no devuelven un euro y no pasa nada. Pasan uno o dos años en la cárcel y los miles de millones robados ya están blanqueados. Muchos se dejan encarcelar por menos.

Pero el «probo» ciudadano no hacía nada ante todo eso, y el veneno de la realidad corría por mis venas con la desolación de un caballo desbocado. Y abandoné.

Condenaos si queréis.

No entendéis nada porque no queréis entender.

No hay que ser listo: basta con mirar a vuestro alrededor.

Ved y comprended, o condenaos.

Vivimos en un mundo sin inocentes. Nadie vale lo que dice, nadie es lo que es. Tibios, cobardes y crueles: en eso se han convertido los hombres.

Un asco.

Yo os vomito de mi boca.

Danzad, malditos, danzad.

Ya tenéis, es toda vuestra, la nueva anormalidad.

 

 

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