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Distopía: la Política de la Confusión Artículo

«Crea una idea absurda e invierte en ella todo lo que tengas.» Esta es la base de Política de la Confusión, a la vez de la máxima que el mayor especulador mundial, George Soros, usa para enriquecerse. Sus negocios no son nunca transacciones económicas, compra o venta de bienes muebles o inmuebles, sino países. En 1992, en el Miércoles Negro, ganó más de mil millones de euros en un solo día atacando en la bolsa de Londres a la libra esterlina y produciendo, además de la depreciación de esa moneda, un daño a Gran Bretaña cuatro veces superior. Lo mismo hizo con Tailandia, Indonesia, Corea del Sur o Japón.

Decía Le Carré, que «hoy es demasiado importante la delincuencia como para dejarla en manos de los delincuentes.»

La Política de la Confusión hace que los países se hundan, y hay crueles especuladores como Soros expertos en sacar excelentes beneficios de los pecios. Son los grandes tiburones, los maestros en pescar en aguas revueltas. Sin Política de la Confusión, no hay grandes resultados. En cada una de las acciones llevadas a cabo contra las monedas nacionales, este especulador ganó cientos o miles de millones de euros en intervalos realmente cortos de tiempo. Operaciones relámpago de destrucción de países por cuestiones pecuniarias, en fin. Pero no menos ganó con las Revoluciones de Colores y las eufemísticamente llamadas Primaveras Árabes: Revolución de los Claves en Portugal, Caída de la URSS, Derrocamiento de Milosevic en Yugoeslavia (y su guerra civil), Revolución de las Rosas en Georgia, Revolución Naranja en Ucrania, Revolución del Cedro en Líbano (antesala de guerra civil siria), Revolución de los Jazmines en Túnez, Revolución Blanca en Egipto, Revolución Libia, Revolución de las Cintas Rosas en Yemen (actualmente en una crudelísima guerra civil) y, cómo no, la guerra civil Siria.

Ahí es donde está el gran negocio.

Pero no solo.

Ninguno de esos conflictos que tanto le han enriquecido hubieras sido posibles sin sembrar antes en ellos la Política de la Confusión. Política que, como ya dije en el primer párrafo de este artículo, se apoya en el desarrollo, promoción e inversión de ingentes capitales en «ideas absurdas». Para ello, es preciso antes crear, publicitar y desarrollar grupos que agiten la sociedad con esas ideas aberrantes o desquiciadas.

La aparición en momentos claves de aparentes movimientos sociales espontáneos, nunca fue real. En ninguna parte. Estos movimientos, apenas crearon exitosamente la «chispa» que concentraba en sus colores a un fragmento significativo de la sociedad, enseguida se convertían en partidos, como el Partido Naranja (Ciudadanos) o el Partido Morado (Podemos). Pero, para completar el escenario, también es imprescindible para este especulador agitar la sociedad, dividiéndola, porque eso supone ingentes inversiones del Estado en paliar los daños, de los cuales se beneficia. Tal es el caso de las numerosísimas ONGs o fundaciones que están dedicadas, por supuesto por motivos humanitarios, a la inmigración ilegal (tráfico de personas); las independentistas o fragmentadoras (creación de países sin Estado como Cataluña, Escocia, California, el norte de Italia); las abortistas; las LGTBI (que ya son un partido político en sí mismas); las Ultrafeministas (que promueven el violento conflicto entre géneros); y las Verdes, ecologistas o los «voluntariados». Tras de propósitos aparentemente loables, siempre se halla siempre la mano oculta que orquesta manipulación de las sociedades. En España hay, aproximadamente, un millón de ONGs o fundaciones: ¡una por cada cinco habitantes!

Amparándose en un ideario y unas necesidades sociales inexistentes, y apoyándose en casos excepcionales que de ninguna manera son norma, agitan las sociedades disolviéndolas en multitud de grupos pequeños bien manejables, enfrentados violentamente entre sí de tal modo que anulan la fuerza del conjunto y permiten las maniobras especulativas de profundo calado. Lo demás, es fácil de conseguir si se dispone del soporte de mass-media que lo respalde, difunda y cree necesidades donde solamente hay absurdos. Y buena parte de los mass-media son suyos directa o indirectamente. Todo lo demás está hecho: partidarios los tiene hasta el diablo. Sobre todo, en lo tiempos que corren, el diablo.

Las sociedades y fundaciones de Soros (no es el objeto de este artículo entrar en eso, pero quien quiera informarse de estas solo tiene que investigar en Internet), están detrás de todas y cada una de las ONGs, partidos de colores, fundaciones y asociaciones independentistas, de lucha de géneros y ecologistas, y los voluntariados que he mencionado. Decenas, cientos, miles de ellas, para que algunas funcionen y, estas, le procuren los beneficios que ansía: saquear países.

«Crea una idea absurda e invierte en ella todo lo que tengas.» Recientemente, Soros ha ingresado en sus fundaciones la nada despreciable cifra de dieciocho mil millones de euros para que la fiesta continúe. Todo un manifiesto de intenciones y una corroboración de su máxima.

Así funciona la cosa.

Para que uno de esos partidos que le pertenecen llegue al poder, solo tiene que elegir el candidato o los candidatos idóneos y promocionarlo. En ningún caso se trata de personas o partidos que tengan un ideario, los distinga una sólida fortaleza ideológica o cuenten con capacidades de gobierno, sino justamente lo contrario. Si fueran personas capaces y/o tuvieran honestidad, no le servirían para sus propósitos. Necesita, pues, que sean manipulables y asequibles, bien por su mesianismo, por su narcisismo tan congénito como exacerbado, o bien por su accesible corruptibilidad, pero en todos casos siempre contando los candidatos con cierto carisma (hipnotizadores potenciales de masas).

En España sabemos mucho de eso. Sánchez, fue captado en su periodo de trabajo en la antigua Yugoslavia (territorio de acción de Soros) por su narcisismo; Rivera, por su mesianismo yuppie; e Iglesias, por su trasnochada verborrea revolucionaria de postín y su ansia de protagonismo cheguevarista. A veces, la reacción se produce sola, y nace, en oposición, un partido que concentra justo lo contrario, y, a veces, se le crea exprofeso para aumentar la ceremonia de la confusión.

Cuanto más intensa sea la Política de la Confusión y más implantada esté, mayor será el beneficio. Los ciudadanos se enzarzarán cada vez más violentamente en disputas por esas ideas absurdas —aborto, matrimonio gay, adopciones, inmigración ilegal, políticas pseudocomunistas—, las cuales inevitablemente derivarán en posturas radicales y métodos violentos, y todos perderán la visión de conjunto, facultando que puedan expoliarlos, entretanto, en un escenario completamente distinto al que nadie prestará atención. No importa si se llega a la guerra civil o los países son destruidos, tal y como ha sucedido en muchos de los casos que ha financiado este personaje con sus Revoluciones de Colores o sus Primaveras Árabes. Al contrario: mucho mejor. Lo que importa, lo único que importa, es el enriquecimiento.

Si los partidos creados con estas ideas absurdas alcanzan el poder, no solamente sus líderes se convierten en sicarios de su poder, sino que arbitrarán medidas tan absurdas como su propio ideario —confinamiento de las poblaciones con excusas como pandemias imaginarias, estrangulamiento de la economía que garantía su independencia, salarios de supervivencia para todos los ciudadanos e inmigrantes, financiación para los más desquiciados propósitos, cursos de formación que enriquecen a los sindicatos y muchas, muchas inversiones sin sentido, pero multimillonarias—, las cuales vaciarán las arcas nacionales y obligarán al gobierno a recurrir a créditos internacionales, del propio Soros o de sus socios (FMI, BM, fondos de inversión), de tal modo que el país podrá ser adquirido como una baratija. Naturalmente, con enjundiosas comisiones depositadas en paraísos fiscales para esos servidores tan fieles.

Quizá, si Soros visita con la frecuencia que lo hace La Moncloa, sea para vigilar sus inversiones (en los dos sentidos).

Hace unos días, distintos líderes de países que nada tienen en común mencionaron en sus discursos a sus naciones palabras exactamente iguales: «la nueva normalidad». Algo muy significativo, porque ni los modos de expresión, ni las culturas que imperan en cada uno de esos países, podrían facultar algo parecido, a no ser que sea una consigna o directriz que «alguien» les ha dado. Y, curiosamente, todos estos países están infiltrados por las organizaciones de Soros, tal y como sucede, por ejemplo, con México y España.

La segunda cuestión que han mencionado estos líderes con la cuestión de la pandemia artificial que nos asuela es que se debe «favorecer la gobernanza mundial por un gobierno mundial», lo que significa, dicho en otras palabras, la implantación del novus ordo seclorum o Nuevo Orden Mundial. Renuncian a sí mismos estos países, porque son, en realidad, Estados fallidos, y suplican porque alguien poderoso los salve de su propia ruina, o nada más que los entregan como un regalo a quienes crearon el problema.

Todo un plan que, sin embargo, pocos parecen entender. La Política de la Confusión conduce a este escenario. Sin embargo, la implantación del Nuevo Orden Mundial no consiste en que un Gobierno Mundial convierta la tierra en un paraíso, sino que es preciso antes demoler las sociedades actuales con severos conflictos internos (todas y cada una) para que sea efectivo. Solo después de una situación tan extrema como distópica y devastadora que haya exterminado todo credo y toda ideología, podría conseguirse. Así lo menciona Albert Pike en sus cartas a Giuseppe Mancini en 1871.

A quien le interese el contenido de estas, las tiene a su alcance en Internet.

Entretanto se destruyen los países y las sociedades, fragmentándolas y enfrentándolas entre sí, aprovecha para saquearlo, de modo que se da la paradoja de que estas naciones pagan a precio de oro su propio suicidio. ¿Se puede pedir más?

Las inversiones que ha realizado España con esta jugada maestra de la falsa pandemia que nos asuela, llena esas arcas a rebosar y lo hará aún más cuando tenga que recurrir a deuda externa para financiarse y seguir funcionando; pero también divide al país en facciones que ya se miran con agria violencia, augurando tiempos venideros difíciles, los cuales se verán incrementados por la eónica crisis financiera, laboral y social que vendrá a renglón seguido del día después.

Lo que ignoran los ciudadanos, es que, gracias a esta Política de la Confusión, se pongan del lado que se pongan, se ponen del lado de Soros, porque todos los actores actuales están trabajando para él y el novus ordo seclorum.

Un orden que implica, primero que nada, nuestra ruina y destrucción.

Y bailamos a su son. Como el título de una mis novelas, por causa de esas «ideas absurdas» participamos voluntariamente en esta La danza de los condenados.

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