El sacrificio de un pueblo

Copywrit




Antiguamente se les hacían sacrificios a los dioses para que se mostraran propicios en el proyecto que se emprendía, en la satisfacción de los deseos que se anhelaban o como expiación por las ofensas perpetradas a los mismos. Según la importancia de ese proyecto, el interés en colmar ese deseo o la necesidad del perdón que se solicitaba, la víctima sacrificial era humana.

Casi todas las culturas antiguas practicaban estos rituales; pero, lo que muchos ignoran, es que, aunque dejaron de llevarse a cabo de una manera generalizada los sacrificios de animales —aún los realizan algunas religiones, como la yoruba (Òrisà-Ifà)—, nunca cesó la ofrenda a los dioses de vidas humanas.

No me refiero con esto al satanismo solamente —o tal vez sí—, sino, sobre todo, a la Política, que no deja de ser una de las manifestaciones del satanismo, al menos en la actualidad. La guerra, después de todo, también es Política, aunque por otros medios, según la definió Clausewitz, y es en la guerra donde se hacen masivos sacrificios humanos a los más oscuros dioses: los del poder, los de la codicia, los de la economía, los de la ambición...

En las guerras rara vez mueren los que la ordenan.

Son casos aislados.

Por lo general, los que son sacrificados son siempre los pueblos: de ambos bandos. Hombres, mujeres o niños, muertes colaterales, directas o con la saña de la tortura, a quienes las ordenan poco les importan: hay más, muchos más. Como dicen los partidarios de la Agenda 2030, son comedores inútiles; son tantos como una turba, una peste, el cáncer del planeta.

El poder ha decretado que sea sacrificado el pueblo de Ucrania; también los soldados rusos que estaban haciendo el servicio militar y que ni siquiera sabía adónde los llevaban. Ellos —determinaron— deben morir por el bien común.

El poder —EEUU, la OTAN, la Agenda 2030—, siempre emplea bellos términos para definir el infierno que regalan. Como “libertad” ha nombrado EEUU y la OTAN llevar el averno a casi todo el mundo con sus guerras de cuadrícula y exterminio, y hasta cometieron la ignominia de justificar el lanzamiento de bombas atómicas sobre poblaciones civiles con el fin de “ahorrar vidas americanas”.

Cuando el poder —no importa el que sea— te ofrezca píldoras de felicidad o de parabienes grandilocuentes envueltas en armoniosa semántica, espérate arder en el infierno.

Lo bueno para el poder, casi nunca es lo bueno para los pueblos.

Ahí está la Historia.

Ahora, le ha llegado el turno a Ucrania; pronto, a continuación, será a toda Europa. Los poderosos, entretanto, permanecerán a salvo.

En Ucrania pusieron a un cómico como presidente con este fin. Ya tenían decidido el holocausto de Ucrania para desatar la Tercera Guerra Mundial, aunque reducida al “teatro” europeo. El poder, la globalización y la Agenda 2030 exigía el sometimiento o la eliminación física de Rusia; pero antes de ir contra ella era necesario pulsar la capacidad de reacción y de fuego del enemigo: un conflicto inevitable con Ucrania les daría la coartada perfecta.

Y a Ucrania se le ordenó actuar, con el compromiso de que lo respaldarían. La mentira ha sido siempre una de sus más valiosas armas de guerra: la otra, son los medios, la propaganda, los noticieros, sus televisiones y radios y su Internet.

De esto segundo, ya habían probado su eficacia con la falsa pandemia que asoló el mundo, y no solo comprobaron que podían matar a millones sin que nadie se rebelara, sino que las poblaciones en masa aceptaban por buenas sus burdas justificaciones y obedecían ciegamente las más absurdas órdenes y consignas, por más que estas conculcaran todos sus derechos civiles y aun sus constituciones.

Ucrania ha obedecido. Ha pinchado al oso ruso hasta que este ha rugido y ha entrado en tropel en el territorio ucraniano.

Era eso o la extinción, porque sabían que el poder no iba a conformarse con meter la OTAN en Ucrania, sino que, probablemente a través de ONGs y grupos de derechos civiles, iban a revolver su propio avispero social hasta la confrontación civil o hasta que el país sucumbiera en los brazos de EEUU, la OTAN y la Agenda 2030.

Ucrania sola jamás podrá ganar una guerra contra Rusia. Lo saben todos, tanto del poder como de los pueblos. Sin embargo, se la exige que aguante, que mueran heroicamente, que mantengan vivo el espectáculo mientras el poder y los EEUU y la OTAN y la Agenda 2030 se preparan para el plato fuerte. Por eso, todos los países súbditos del poder y los EEUU y la OTAN y la Agenda 2030 suministran armas a los ucranianos: para que continúe el espectáculo en base al sacrificio de un pueblo.

Sacrificio significa hacer sagrado.

En este caso, al dios de la muerte y el horror: a Satán.

Y los ucranianos mueren felices en el coliseo de su propia patria, junto a muchachos que no los odian pero que los han llevado allí para matar y morir: los soldados rusos. Nadie es ya dueño ni de su propia vida: si el poder dice que has de sacrificarla, no tienes opciones: matas y mueres o solamente mueres. Esta es la única excepción.

Ucrania, digo, jamás puede ganar esa guerra. Una guerra que solo causará muerte y sufrimiento. Un sufrimiento inútil. Si se tratara solo de esta guerra, no tiene sentido continuarla. Los rusos, miles de veces más poderosos, se quedarán igual con lo que quieran o con todo el país; nadie podría evitarlo.

Entonces, ¿a qué seguir luchando solo para morir?

¿Es, acaso, una cuestión de proporcionar documentos gráficos extremadamente dramáticos para que la propaganda de Occidente polarice a las masas contra Rusia, preparándolas para la segunda parte del plan que todavía no se está desarrollando?

Los pueblos siempre han sentido una profunda simpatía por el débil David que se enfrenta al orgulloso Goliat; pero ese David fue solamente uno: todos los demás, se llamaran como se llamasen, murieron anónimamente. Ni siquiera recordamos sus nombres.

Aun con eso, los pueblos, olvidando que solo ellos son los que soportan el imposible peso del sufrimiento y la muerte en las guerras, ve con simpatía que los ucranianos defiendan su tierra con sangre. Tal vez ellos harían lo mismo si estuvieran en su lugar, aunque ningún héroe saboreó nunca los laureles de su sacrificio: solamente es una inútil víctima más, un nombre acaso en una relación larguísima o nada más que olvido.

¿Quién recuerda a quienes dieron su vida por cualquiera de sus guerras?

El patriotismo es un invento de Eneas, que era el poder, para que su pueblo muriera feliz y gratuitamente sosteniéndole en el poder.

Gobierne quien gobierne, derechas o izquierdas, y flamee la bandera que flamee en los mástiles ufanos de la patria, pagará los mismos impuestos y estará igual de oprimido, igual de ignorado por el poder y será igual de ganadería para este.

Pero los ucranianos se sacrifican por una razón: le interesa al poder. La brutal máquina propagandística de los mass-media está funcionando a toda potencia gracias a las imágenes del horror que llegan a toda hora de aquellos confines, y los pueblos, indignados por esta información casi siempre falsa e interesada, ya comienzan a odiar a los rusos. “Rusia es culpable”, dicen sus corazones, transliterando las palabras de Serraño-Suñer de después de la Guerra Civil, cuando enviaron a morir indignamente en Siberia a la División Azul.

El juego le funciona al poder.

Pero esto no quedará aquí. Solamente es tentar al enemigo para conocer su determinación y su potencia de fuego. Esto tiene una segunda parte que, como todos los planes, está definida.

El presidente de España ha manifestado a quien quisiera oírle que la información militar que les facilitan a los ucranianos se genera en Torrejón de Ardoz.

El presidente de EEUU ha ordenado que se ponga en vuelo el “avión del fin del mundo”, ese que ha de albergarle si se llega a una guerra nuclear.

El presidente de Rusia cuando no está dando un mitin para justificar sus acciones, está recluido en un bunker que resistiría un ataque atómico.

Los presidentes de los países de la OTAN no dejan de enviar armas a Ucrania para que continúe la fiesta.

Los presidentes de casi todo el mundo han obedecido ciegamente las instrucciones del poder de prohibir cualquier cosa que sea rusa, incluida la ensaladilla ídem.

Todos los países con armamento nuclear, incluidas Corea de Norte, Irán, Israel y China, han puesto en alarma de combate a sus divisiones nucleares.

Solamente falta que alguien, por error o no —más bien no—, traspase una delgadísima línea roja.

Madrid será la primera en caer, a fin de cegar el Mando Sur de la OTAN y todos sus satélites.

Luego, tal vez Rostov do Dan o quizá San Petersburgo.

A continuación, todos los demás.

Habremos conseguido el infierno: más de 300 millones de personas perecerán en unas horas, pocas. Toda una reducción de población, como en la pandemia, pero a lo bruto.

Sin embargo, no será el fin.

En lo más álgido de la batalla llegará el “Gran Pacificador”.

Este será el nuevo líder del mundo, el cual, feliz se convertirá en una sola nación con una sola fe y una sola economía.

Quienes han leído mi obra La otra —verdadera, pero irreverente— historia, ya lo saben.

Y, si este camino ha parecido difícil, cuando eso suceda, que será en los primeros meses de 2023, empezará verdaderamente la fiesta, y esa sí que no va a ser de las que podamos perdernos.

Comparte el artículo en tu Red Social
Solo tienes que pulsar sobre el botón

         

Envía tu comentario

©  Reservados todos los derechos. 
, Aviso legal, Términos de Venta, Política de Privacidad y Protección de Datos, Política de Cookies