El fruto de la estupidez

© Ángel Ruiz Cediel - 18 de junio de 2022




Las piedras preciosas eran lo más selecto de la naturaleza antes de que aparecieran los hombres sobre la faz de la tierra, fueron lo más apreciado por estos en todas las culturas cuando por fin fueron creados, lo son hoy y lo seguirán siendo cuando nos extingamos. Y son lo más selecto de la naturaleza por su excepcionalidad, por su belleza, por su perfección cristalina y por la forma especial en que captan la luz, la concentran y la reflejan.

Ninguna otra materia se puede comparar con la de las piedras preciosas.

Incluso, para magnificar su esplendor, se dice que el paraíso está cubierto de ellas.

Puertas de piedras preciosas.

Techos de piedras preciosas.

Muros de piedras preciosas.

Avenidas de oro puro jalonadas de piedras preciosas.

Naturalmente, a nadie que quisiera ensalzar algo como magnífico se le ocurriría referirse a puertas de tablas o lata, muros de adobe o calles de barro y boñigas.

Lo excepcional, exige lo excepcional.

Y en la naturaleza, claro, hay de las dos cosas: en superabundancia lo vulgar, lo mezquinamente necesario; y lo excepcional, lo maravilloso, lo sublime, en proporciones mínimas, raras, muy difíciles de encontrar.

Así en la tierra como en el cielo.

Lo malo, lo feo, lo estúpido, abunda.

Lo excepcional, lo sublime, escasea.

Ya saben, eso de muchos serán los llamados y pocos los escogidos: pocos, muy pocos, los sublimes; de los otros, sobran.

En la naturaleza todo es homotecia de la misma cosa. Fractal, si lo prefieren. Quiero decir que lo mismo se replica en todas partes con idéntica geometría, porque esa geometría de base es Dios, la Creación, la Ecuación Divina. Y entre los hombres, como no puede ser de otro modo, abunda lo malo sobre lo bueno, lo vulgar sobre lo excepcional y la horridez o lo insignificante sobre lo bello y lo valioso.

En la Historia son necesarios millones, miles de millones de estúpidos para producir un solo genio; un avatar, ni digamos; y para alumbrar a uno de esos hombres que han sido faros de la humanidad, la cifra habría que elevarla a cientos de miles de trillones de hombres vulgares.

No vale lo mismo un genio que un estúpido.

No es lo mismo una obra sublime que paja encuadernada, aunque ambas puedan parecer libros.

No es lo mismo una obra de Miguel Ángel o Leonardo que otra de Miró o Picasso (a otros pinta-lo-que-sea, ni los mencionamos), aunque las obra de cada uno tengan el título de arte.

No es lo mismo un diamante que un pedazo de carbón, aunque ambos sean carbono.

Y no es lo mismo un zafiro o un rubí que un guijarro, aunque todas pertenezcan al Reino Mineral.

Puede que el guijarro sea necesario, como el barro y la humilde tierra: pero ser necesario no los convierte en excepcionales. Tal vez, su principal utilidad está en su mera existencia para que destaque con mayor vigor la belleza de lo sublime sobre lo mezquino de su materia.

Todo, digo, es réplica en la naturaleza. La misma ecuación se repite de confín a confín incesantemente para que los brutos humanos comprendan la verdad divina en cualquiera de sus manifestaciones; pero los hombres no comprenden.

Prefieren la estupidez.

Eligen libremente la estupidez.

Disfrutan en la estupidez.

Se gobiernan en la estupidez.

A los hombres en general —a esa masa amorfa, sin sentido ni esmero— les complace lo primario, lo elemental. Huyen de lo elaborado, aborrecen elevarse, carecen de aspiraciones y nunca, nunca, se cultivan por placer: dilapidan su tiempo en lo absurdo, se aburren cuando hay tanto por aprender, se recrean en lo animal de sus naturalezas (comer, follar, viajar —para presumir de que lo han hecho—, ostentar, humillar a sus semejantes, competir con sus semejantes), se regocijan en lo abominable —egoísmo, codicia, venganza, ira, soberbia…—, y así con todo.

Cualquier conocimiento que los eleve y haga crecer, les resulta tedioso, aburrido, antiguo.

Les gusta la forma (si es para goce primario inmediato).

Desean el poder (si les cae gratis de cielo como quien coge un resfriado, mejor).

Y viven para darse gusto al cuerpo, ignorando que su propio cuerpo tiende al caos y la muerte por ese tozudo principio de entropía. Cosas de la termodinámica, en fin.

Tienen los días contados, pero prefieren perder el tiempo; tienen las horas contadas y saben que se marcharán pronto para siempre, pero les gusta acumular lo que no podrán llevarse de ninguna manera; pueden pensar que son lo más alto —hijos de Dios, por ejemplo—, pero prefieren pensar que su árbol genealógico arranca de un mono.

Los hombres en general quieren más a un bicho (mascota) que a otro ser humano (un niño hambriento, por ejemplo).

A los hombres en general no les importa el dolor de los demás, el sufrimiento de los demás, la muerte de los demás. Si en algún momento parece que sí, seguro que es un gesto falso, una postura, un modo que tratar de ganar prestigio a costa del sufrimiento de los demás, como ese cocinero que se va a la guerra (entre alaracas y despliegue de medios) para reafirmar su fama de buen cocinero y estupendo ser humano. Nada vale eso de que no se entere la mano izquierda de lo que hace la derecha: no es misericordia, ni solidaridad siquiera, sino simple y dura propaganda de una soberbia incalculable.

Los hombres en general son así, qué le vamos a hacer.

Y esto no va a cambiar.

Ni las piedras preciosas que mencionaba al principio han cambiado su naturaleza en todo el devenir de la Historia, ni lo harán tampoco los estúpidos.

Los estúpidos seguirán siendo estúpidos mientras haya hombres sobre la faz de la tierra (solo algunos se redimirán mediante ímprobos esfuerzos), y aún después de muertos seguirán siendo estúpidos en el mundo de los espíritus.

Así ha sido siempre, y así seguirá siendo.

Perded toda esperanza de que esto vaya a cambiar: no lo hará.

Es la ley.

Tenemos aproximadamente unos 2500 años de Historia y unos 3000 más de protohistoria: 5500 años en total. Exagerando, casi 6000. Y todo va a peor de una forma cada vez más acelerada. Cada día que pasa, los hombres son más estúpidos: ahí está la Historia.

Ascendimos a las cumbres de Mozart, Debussy, Brams, etcétera, para suicidarnos por el abismo del hip-hop, del reggaetón y otras mil abominaciones.

Nos olvidamos de cómo construir monumentos o catedrales para edificar Guggenheims o edificios fálicos arrancados de una pesadilla, si es que no hórridos edificios como archivadores de vidas anodinas, sin estilo ni esmero.

Nos olvidamos de cultivar la belleza de la literatura para encuadernar mezquina paja.

Nos olvidamos de la belleza misma de la obra divina para reconfigurarla en base a silicona o botox.

Nos olvidamos de la inteligencia para desarrollar la estupidez (ahí está Tele-5, Antena-3, Telemadrid, la 1, la 2, La Sexta, etcétera, y, si no, la televisión por cable, las teleseries, los videojuegos…).

Nos olvidamos de nosotros mismos. De por qué vivimos, de para qué vivimos, de lo que somos en realidad.

Los hombres en general no aspiran a nada importante: follar un poco, tener niños, comer como bestias, lucir palmito, ser importantes (famosos, aunque sea echándose pedos), acumular algún dinero, retirarse a Benidorm o algo así en su senectud, preciarse de tener no sé cuántos nietos, jactarse de que tienen no sé cuántos años, y morir sin haber dejado tras de sí nada absolutamente que merezca la pena.

Toda una vida, en fin.

Una vida estúpida cabe en una línea; una vida interesante, necesita una enciclopedia para explicarse.

Esos hombres estúpidos, la inmensa mayoría, jamás osaron, jamás se arriesgaron y, en realidad, jamás vivieron.

Pudieron, pero renunciaron,

Fueron buenos ciudadanos, carne impositiva: nada.

Pero los hombres en general han ideado lo que es igual que ellos para gobernarse: la democracia.

Un hombre, un voto. No importa si es un genio o un idiota: un hombre, un voto.

Y como la inmensísima mayorá de los hombres son estúpidos, eligen a otros estúpidos como ellos por gobernantes: meapilas, corruptos, delincuentes, mentirosos, falsos, gángsteres apandados e imbéciles incapaces de que las manos se les encuentren cuando intentan aplaudir. Algunos, eso sí, guaperas, que es lo que les mola a los estúpidos cuando hacen confesión de credo.

Y así nos va, claro.

Los poderosos lo saben, y les dan a los estúpidos lo que demandan: crean dos partidos, uno de idiotas y otro de gilipollas para que el estúpido votante elija quién quiere que dirija sus destinos, y, ¡zas!, ya está liada: Sánchez, Macrón, Draghi, Biden, Boris, Putin, Fernández, Maduro…

Todo un elenco, ¡joder!

Pero no, no son ellos los que gobiernan. Solo son los que hacen lo que les mandan quienes les pusieron ahí.

Y eso no es mejor.

Véase, por ejemplo: Occidente en pleno impone sanciones a Rusia por invadir Ucrania que… ¡arruina Occidente!

Listos, lo que se dice listos, desde luego no lo son.

¡Como para ir a la guerra con esta tropa! ¡Qué miedito!

Ahora, verbigracia, hay elecciones en dos lugares: en Andalucía y en Colombia. Las regionales de España (Andalucía) se dirimen entre un partido gangsteriano corrupto hasta la médula que ya lo quisiera para sí Al Capone, y otro partido corrupto hasta la médula que ya lo quisiera para sí Al Capone. ¿A que mola? Pues esto no es nada. En Colombia se elige entre una persona que al menos ha perdido el juicio y un terrorista con innumerables muertes a sus espaldas que dudo mucho que ya esté inactivo. ¿A que mola también?

Bueno, después de todo es lo natural para los estúpidos: en España tenemos a los terroristas y a quienes anhelan destruir España (independentistas) en mixtura en el Gobierno con el partido gangsteriano que mencionaba antes: todo por el poder.

Y así vamos adelante.

Algunos temen que debido a la invasión de Ucrania por parte de Rusia y al conflicto entre China y Taiwán a alguien se le vaya la situación de las manos y estalle la Tercera Guerra Mundial.

Y están asustados, claro.

Nada raro, si se considera que debido a las sanciones que ha impuesto Occidente a Rusia falta gasolina en las estaciones de servicio o está a unos precios impagables, la inflación se ha disparado, falta leche en los supermercados del país más productor del mundo (EUA), compresas para señoras (y tal vez señores o lo que sea) y hasta leche materno-infantil que tienen importan de allende los océanos y, además, se les mueren los niños en ese mismo país en que la moda escolar para el próximo curso ya considera camisetas antibala, mochilas-escudo y clases de supervivencia contra balaceras (no es broma), debido a las matanzas que se verifican en los colegios cada tantito. Y, claro, si este es el resultado de las sanciones, que se les vaya la pinza y se líe la III Guerra Mundial (atómica, por supuesto) pues no es nada descabellado, habida cuenta de los estúpidos que nos gobiernan, puestos ahí por los estúpidos que los votaron.

Lo que la mayoría de los hombres no quiere saber, es que eso, justamente eso, es lo que la estupidez de los estúpidos ha sembrado, regado y cuidado, y ahora está ya por dar el fruto definitivo.

El fruto, como no puede ser de otro modo, será la extinción del género humano a sus propias manos. Un suicidio colectivo, en fin.

Este es el fruto de la estupidez.

Pero seguro que incluso en esos momentos en que caiga el fuego del cielo sobre Sodoma mientras deflagran los artefactos nucleares por doquier, no faltarán estúpidos que confíen en que Biden, Putin, Johnson, Draghi, Sánchez y hasta el mismo Soros, les vaya a salvar de la quema en el último instante.

Pero no, no lo harán.

Los hombres, entonces, no tendrán más remedio que presentarse ante el Creador con las manos absolutamente vacías.

Tal vez en esos momentos comprendan que sus vidas pudieron servir de mucho, pero que no han servido absolutamente de nada… bueno.

Porque, ya se sabe, nada es infinito en el universo, salvo la estupidez humana.

Y colorín, colorado.

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