La muerte tiene un precio

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Aunque entre 2010 y 2020 el precio de la electricidad en España dio para varias huelgas de los dedicados sindicatos y, tras su nacimiento, del partido de Soros, Podemos, dado que pasó de los 45,83 € el megavatio en 2010 a 40,37 € en 2020, alcanzando picos de hasta 62,84 € en 2019, lo que sucede en la actualidad (700 € el megavatio) no hay forma de justificarlo.

Todos los partidos que han pasado por el poder en España han favorecido de facto a las compañías de la energía, de modo que, en agradecimiento, estas han terminado por contratar (sin trabajar) tanto a los expresidentes como a los ministros del ramo, en ese fraude que se ha dado en llamar “puertas giratorias”: tú me beneficias con miles de millones torciendo leyes cuando estás en el poder, y yo te doy una vida de regalo el resto de tus días.

Una práctica delictiva, sin duda; pero que no le ha costado a ningún expresidente o exministro otra cosa que vivir como maharajás. Es decir: entraron en el poder muchas veces con lo puesto, y ahora son —impunemente— multimillonarios.

Así da gusto: ni un fiscal, ni un juez, ni un policía ha dicho nada. Ítem más, ni siquiera la oposición, porque la oposición sabe que este es el juego (son el mismo partido, la alternancia imprescindible que convierte la Política en un juego amañado para se vote a quien se vote ganen siempre los mismos), y que le llegará el turno. Tres expresidentes (del PSOE y del PP) y más de 20 exministros (del PSOE y del PP) están haciendo caja a lo grande con esto.

El delito mientras se ejerce el poder produce excelentes e impunes dividendos.

En cualquier país donde hubiera un poco de decoro o algo de justicia, estos tipejos estarían en la cárcel; pero en España, no: en España se premia la corrupción, especialmente si beneficia a la oligarquía o a los señores que los pusieron en el poder con ese fin. Ya saben, el Club Bilderberg, la Masonería, el CFC, los grupos G y los de siempre, los descendientes de los Vigilantes, Soros, Rothschild, Rockefeller, Bill Gates, Elon Musk, Jeff Bezos, F. Schwab, etcétera.

Ellos son los que realmente gobiernan, y los responsables de poner en el poder a los frikis más manejables, como cómicos (en Ucrania), payasos (en España), delirantes (en Gran Bretaña) y toda una recua de inconscientes sin inteligencia alguna que no hay por dónde cogerla y que, si fueron elegidos por los votantes realmente, es para prohibir la democracia.

Y estos poderosos no juegan. Hacen lo que hacen conforme a planes muy bien trazados: son las criaturas más inteligentes del planeta, por más que usen su talento solo para lo perverso.

No; no juegan: tienen planes como el de la Agenda 2030 para meterse al mundo en su bolsillo, y para eso es necesario ejecutar acciones en distintos frentes. Quieren un mundo de pobres que dependan de ellos, por ejemplo, y para lograr eso deben arruinar todas las economías; quieren un mundo sin tantos “comedores inútiles”, dicho en sus palabras, o de plebes que “no vivan demasiado”, circunscribiéndome también a sus propias manifestaciones, y todo esto requiere acciones específicas.

Por ejemplo, las pandemias; por ejemplo, las guerras; por ejemplo, la elevación de los precios. La tecnología actual les permite ya lo impensable: controlar las emociones, al convertir a los hombres en terminales de ordenador a los que se les puede hackear. Eso es lo que hacen las vacunas. Todos los vacunados (el 70% de la población) emite y recibe señales por bluetooth, de modo que no solo han alterado su ADN con otro ADN mensajero, sino que le han inyectado todos los componentes que lo convierten en una terminal de ordenador que recibe instrucciones (incluso la muerte) desde lo remoto: su voluntad, ya no es suya.

Todos sabemos de las muertes que ha producido esto de forma directa y tenemos una idea bastante certera de las que están produciendo de forma indirecta: todo un genocidio. Pero ¿quién va a perseguir a los dueños del rebaño cuando, además, también son los dueños de los mass-media (de todos ellos), que son los que insertan en la población con su propaganda qué deben creer y pensar las masas? Nadie, claro.

Sin embargo, eso no es suficiente. Se necesitan también las guerras, y estas hay que financiarlas. Los hombres ordinarios, lo saben tan bien como la Historia, siempre están dispuestos a sacrificar su vida y la de los suyos si se les habla de cosas más grandes que ellos, como el patriotismo, por ejemplo. De modo que no hay más que usar las palabras adecuadas para que los hombres acudan en masa a una cita con el sufrimiento y la muerte, y conseguirán despoblar el planeta tanto como desean.

Y aquí entra lo del costo de la energía.

Los gobiernos dicen que el encarecimiento de la energía es a causa de la guerra entre Rusia y Ucrania, y no puede ser más verdad; pero, claro, uno se pregunta que cómo pudo afectar una guerra que no existía en 2020 a los precios de la electricidad, especialmente considerando que en esos años todo estaba de perlas y las poblaciones concentradas en no contagiarse en una pandemia que ni era pandemia ni contagiaba a nadie.

Y tiene su razón de ser: entonces, mientras insuflaban el pánico y la fatalidad en las poblaciones a través de sus mass-media, estaban preparando el escenario para la segunda parte del plan: iniciar esa guerra entre Rusia y Ucrania que derivará en la tercera parte del plan, que no es otra que una guerra nuclear limitada al “teatro europeo”. ¿Entienden ahora lo del cómico que gobierna Ucrania y lo del “teatro” europeo?

En 2020 el precio del megavatio/hora era de 40,37 €. En marzo de 2022, es de 700 €. Esto es, ni más ni menos, que el 1633,96% de incremento de precio, y todo ello sin que haya subido de forma paralela el precio del combustible, el gas o el agua de las centrales que producen electricidad, o al menos no lo han hecho de modo que pudiera justificar semejante despropósito.

Entonces, ¿por qué han subido los precios de semejante forma?

Solo por una causa: para financiar la guerra que nos arrasará a todos.

Pero no se detienen aquí, ni mucho menos. Si se quiere arruinar a la población, hay que arruinar también a los Estados. La propia guerra, en vista de que es más que creíble que va a acabar extendiéndose, ha multiplicado por varios enteros la dedicación de los recursos de los países a cosas como Defensa (por no llamarlo por su verdadero nombre: “ataque”), de modo que todos esos capitales, cientos de miles de millones de euros, también van a parar a los bolsillos de los ideadores de esos planes que mencionaba antes.

Sin embargo, eso tampoco es suficiente: es preciso arruinar a las sociedades. Como consecuencia del pánico a la guerra dilatado y manipulado por los mass-media de estos delincuentes, cientos, miles, millones de empresas han quebrado en todo el mundo al interrumpirse el comercio internacional y el mismo nacional, ya que todas las poblaciones han estado confinadas y por consecuencia se ha destruido el consumo en muchas áreas de la sociedad, afectando severamente a las pequeñas empresas y a los profesionales en beneficio de sus multinacionales.

Los precios de los otros combustibles también se han multiplicado por muchos. Por ejemplo, el precio del gas ha pasado en el mismo periodo mencionado antes (2020 a marzo 2022), de 16,83 € el megavatio a 159,45 €; es decir, el 847,41% de subida. Y otro ejemplo lo es el de la gasolina, que ha pasado de 1,14 € el litro de 95 octanos en marzo de 2020 a 1,96 € en la misma fecha de 2022, un año. Esto representa el 71,92% de subida.

¿Existe alguna justificación para este desquicio en los precios de la energía? Otra vez: no, ninguna. ¿Y entonces?: hay que pagar una guerra y empobrecer hasta la miseria a la población.

Las empresas, lógicamente, cierran, y, las que no lo hacen, suben sus precios casi a lo loco o como si estuviéramos en una economía hiperinflacionaria. Y, por si fuera poco, los salarios cada vez dan para menos, dividiendo a las sociedades entre dos grupos bien diferenciados: los que tienen un trabajo fijo, que es más o menos el 40% de la población (casi todos funcionarios) y el 60% de la población restante, la cual vive, según datos oficiales, al límite de la supervivencia, si es que no una gran parte de ella (más de 50% de ese 60%) dentro ampliamente de lo consideramos pobreza de solemnidad.

Hay, como digo, un 60% de españoles que tiene que buscarse cada día la vida, ya sea con trabajos eventuales cortos, insoportables y mal pagados, o ya sea ingeniándoselas como el Lazarillo de Tormes, con picaresca. El Estado los ignora solemnemente, entretanto da pensiones gratuitas, regala pisos y los emplea (a los quieres trabajar, que no es casi ninguno) a cualquiera que llegue a España, bien desde África (especialmente los musulmanes y los subsaharianos) o de cualquier otro confín.

Incluso los animales tienen ya más derechos que los españoles gracias a esas llamadas leyes de maltrato animal. En fin, que si desaloja a un perro y se le pone en la calle, le puede caer al interfecto una multa de algo así como hasta 600000 € de vellón, entretanto si un juez o la policía desahucia a una familia española (de las otras no se puede), aquí no ha pasado nada.

Parodiando las palabras de John F. Kennedy, en fin, que no te preguntes qué puede hacer tu país por ti porque ya lo sabes: joderte todo lo que pueda; mejor, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país: mantener vagos, corruptos y, si fuera necesario, ir a morir por la patria.

Y así nos va, claro.

¡Hay que joderse!

De este modo el panorama, uno lo que en verdad se pregunta es si merece la pena la patria, la política y lo que sea.

Viendo cómo a los ucranianos los han liado para que mueran y sufran dado espectáculo a los mass-media del poder para que inflen de pánico a los ciudadanos del mundo, no quedan más opciones que plantearse la única cuestión que tiene sentido en este contexto: ¿los hombres son idiotas sin capacidad de raciocinio o son incapaces de comprender que todos los males de este mundo se originan en una docena de personas/familias?

Ni odio a nadie ni creo que nadie me odie. ¿Por qué habría de matar o morir a manos de alguien? Y creo que esto es general. La evidencia, es que su plan pasa siempre porque nos enfrentemos entre nosotros para que no nos enfrentemos juntos contra ellos. El divide et vincere de Julio César, vaya, actualizado.

Y desde que el mundo es redondo es la misma música: los hombres parecen incapaces de comprender nada, aunque les esté sucediendo una vez y otra y otra y otra…

Pues nada, a seguir así, pero ya con el conocimiento de que incluso le han puesto un precio a la muerte y lo estamos pagando cadaa día.

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