Listas negras

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Duele escuchar o leer en los mass-media que en Rusia se practica una censura férrea, acaso pretendiendo ocultar que aquí, en Occidente, se hace exactamente lo mismo. De hecho —y perdóname si te ofendo—, tan dictadura es esta como aquella. No más o menos: igual de dictadura.

¿La censura ha nacido como consecuencia de la guerra? La respuesta es: tajantemente no. Podríamos retrotraernos al tiempo de la pandemia, y, con sentencias firmes incluidas, nuestros gobiernos ya conculcaron todos nuestros derechos civiles y constitucionales así, por las bravas, no solo encerrándonos como delincuentes sin haber cometido delito, sino también implantando la censura de un modo sistemático. No se admitía en ningún medio o red social ninguna clase de opiniones que discrepara de la oficial. La libertad murió oficialmente entonces, y ya no será rehabilitada: el poder ha comprendido que puede hacer lo más descabellado con total impunidad, e incluso con el aplauso de los ciudadanos.

Tal vez me conozcas o tal vez no. Soy autor (no escritor), y tenido la ocasión de haber quedado finalista de todos los certámenes literarios con más peso en la lengua española: el Rama Dorada, el Azorín de novela, el Fernando Lara de Novela, el Ateneo de Sevilla de novela y el Planeta, este en dos ocasiones distintas. Esto, sin contar los innumerables premios menores que sí me dieron el galardón y los de importancia media que, habiéndolos ganado, me negaron el premio porque mi literatura era “demasiado cristiana” en unos casos, o “demasiado comprometida” en otros.

Todo el mundo sabe que los grandes premios literarios están dados antes de que se celebre el certamen, y que este es, en todo caso, nada más que una campaña de márquetin para que el lanzamiento de la obra tenga mayor repercusión social. A menudo, y según en cuál (como el Planeta, por ejemplo), son compensaciones a las criaturas del régimen por los servicios prestados. Una fórmula que nació de Camilo José Cela y Manuel Fraga Iribarne para premiar a los izquierdosos que eran más bien culos agradecidos amarillentos. Pues en este premio, la segunda vez que fui finalista, en 2008, me lo negaron para dárselo a una de las criaturas del régimen que había hecho una excelente labor con el Foro de Ermua. De hecho, fue publicado en algunos medios de prensa escrita que ese hombre había el premio... ¡con mi novela!

Algo nada nuevo, pues ya decía Cervantes en su tiempo que el primer puesto se le da a la fama de la persona, el segundo al favor del convocante y que se puede considerar ganador el tercero.

Desde luego, alguien que, como en mi caso, ha estado en todas esas finales con distintos jurados, debería en buena razón ser el anhelo de todos los sellos editoriales; pero, para el que no lo sabe, la censura no solo existe, sino también las prohibidas listas negras. De hecho, allá por los 2000 edité por cuenta y riesgo tres de mis novelas y a través de Editoriales Exclusivas las puse en el mercado. El resultado fue que en seis meses se vendieron más de 30000 ejemplares. Desgraciadamente, esta distribuidora fue comprada por una multinacional, SGEL, y ahí se terminó la aventura. En cualquier caso queda claro que mi literatura gustaba, y mucho.

En definitiva: soy un autor maldito proscrito por el régimen de falsas libertades que habitamos.

¿Cuál es la causa por la que un autor puede ser proscrito? En realidad, no es una sola, sino que pueden ser muchos los motivos. Como dije antes, mi condición de creyente cristiano ha propiciado que me negaran algún precio (confesado por el dueño de la editorial); pero casi siempre es por la temática que desarrollo, por lo general comprometida con mi sociedad.

Poner de manifiesto la verdad en según qué temas y aun siendo en forma de ficción, es algo que no está permitido: eres un autor peligroso. Lo importante es que la población, los lectores, duerman su narcótico sueño de frikis sin sustancia, y nada debe perturbar ese letargo. Si la población supiera de qué va la vida, en qué consiste realmente la democracia, quién maneja el terrorismo, cómo se mueven las pandemias y las guerras y todo eso, el mundo sería ingobernable.

Así la cosa, no solo estoy proscrito por las editoriales, sino también por las redes sociales, por cierto, fascistas donde las haya.

La cosa, sin embargo, ha ido a más, a mucho más. Con la excusa de esa pandemia que no lo era y de ese virus que tampoco lo era, la censura y la falta de libertades es ya tan atroz como no lo fue ni siquiera en tiempos del dictador Franco. Nada se puede decir o pensar que no esté incluso en el guion de la verdad oficial, tan retorcida, manipuladora y falsa como es de suponer que es la de Putin.

Quienes hemos tenido ocasión de presenciar o vivir hechos concretos, sabemos perfectamente hasta dónde alcanza la manipulación de los mass-media, que, dicho sea de paso, son propiedad todos ellos, directa o indirectamente, de esos mismos que gobiernan el mundo, han desarrollado la Agenda 2030 y quieren echarse al mundo al coleto.

Hay ocasiones, empero, en que no es necesario presenciar o vivir los hechos, sino que basta con utilizar la información y un poquitín de razón para comprender de qué va la cosa. Y eso, claro, bien está que lo sepas, pero otra cosa muy distinta es que se lo quieras ofrecer a los demás: eso está prohibido.

Pero es que es esa mi literatura. Son ya demasiados años para dar marcha atrás y convertirme en un ignorante por conveniencia pecuniaria. Tengo un compromiso con la sociedad, y es mi deber ético y moral compartir aquello que comprendo, sea aceptado o no. A nadie obligo con ello; pero no creo que nadie deba vivir sin saber que lo está haciendo.

Nuestra sociedad está fundamentada en la mentira. Desde lo más enorme o lo más cotidiano, todo es mentira. Una especie de orden creado en base a fantasías y delirios, pero que, a fuerza de repetirlos, se ha convertido en la verdad oficial: en el relato único.

Sin embargo, ese relato es falso.

Absolutamente falso.

Nada de verdad hay en él, salvo, acaso, alguna media verdad, que son las peores mentiras.

Si has leído mi obra La otra —irreverente, pero verdadera— historia, ya lo sabes, al menos en parte. Pero te diré más: no es verdad la astronomía que te han enseñado, ni la democracia, ni la Historia, ni lo del terrorismo o lo de las guerras, ni casi ninguna de las cosas en las que crees. Despertar es duro, pero hay que hacerlo si quieres saber que vives. De hecho, es un pacto de sangre. Así, como suena.

Con esto, ya te haces una idea de que mi concepto de la existencia no tiene nada en común con el de la mayoría de mis semejantes. No obstante, no cometas el error de considerarme un “conspiranoico” o meterme en cualquiera de esos cajones que se ha inventado el Sistema. Más bien considera que soy un hombre formado, tranquilo, sensato y muy capaz que no se deja influir sino por la razón que dimana de las pruebas que me he esforzado en conseguir.

Vivimos en una dictadura. En realidad, siempre ha sido una dictadura. Te han permitido que digas o hagas aquello que no les molesta, pero si te sales de esos límites sentirás en tu propia carne y en tus intereses que la cosa no era como te imaginabas. A partir de ahí, todo depende de ti: o eres Sistema o te buscas la vida y te sales de él.

Y termino; pero antes déjame que te diga una sola cosa: la pandemia, la guerra actual entre Rusia y Ucrania y la guerra nuclear que tendremos en breve forma parte de un solo plan. Como lo oyes. En mi obra lo tienes todo bien detallado y con datos irrefutables.

Soy creyente, claro, porque soy inteligente. Nada de fanatismos. Creo en Dios, por supuesto, y en el Dios cristiano solamente. Y en su palabra queda dicho: “Lo que es ya ha sido, y lo que será, ya fue”. Es decir: el Plan Divino fue concebido hace mucho, mucho tiempo, antes incluso del origen de los tiempos, de modo que nada de suerte o no, nada de que si haces esto sucede eso, y si aquello, lo otro: solamente sucederá lo que tiene que suceder. Todo, cada cosa, está escrita y sellada y nada ni nadie, sino Dios, puede cambiarla. Este otro plan de estos meapilas que se creen dioses y que nos conducen a pandemias o guerras, no dejan de ser servidores del Plan, pues como Él dijo: "hasta los perversos sirven al Plan Divino".

¿Por qué entonces Dios consiente la maldad, el sufrimiento, el dolor?... Para reflexionar y comprender, solo por eso o todo por eso. Venimos en prueba. No podemos cambiar nada: "los dioses eligen el qué y el cuándo; los hombres solamente el cómo", decían los sumerios. Pues algo así. Tenemos que pasar pruebas, porque la vida no es una casualidad del universo como te han hecho creer, sino la prueba que nos capacitará para definirnos como bien o como mal.

En una de mis novelas, El Autor prodigioso, le pregunta el escritor a su maestro, que no es otro que el mismo Dios infiltrado en el personaje: "Y todas estas pruebas Dios nos las hace pasar para saber quién es de los suyos y quién no, ¿verdad?" Y Dios le responde: "No, Plumilla, no. Él ya lo sabe: esto es para que lo sepas tú."

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