Los inocentes

© Ángel Ruiz Cediel - 15 de junio de 2022




Si sobrevuelo los campos y ciudades de la Ucrania de hoy, sin duda me encontraré con un sinnúmero de cadáveres de soldados rusos que fueron a morir a aquellas tierras, frecuentemente sin saber siquiera por qué; pero al menos me encontraré con otros tantos de soldados ucranianos que les han robado su existencia por las mismas cusas, y seguro que avistaré también un incontable número de cuerpos de hombres, mujeres, niños y ancianos que solo anhelaban un futuro de paz para sí y sus familias o un futuro a secas. Todo ello, como instalado en un remedo del infierno, en un decorado distópico de ciudades destruidas y quemadas, tierra arrasada pavimentada de cuerpos desmembrados, madres llorando la muerte inútil de sus hijos, hijos llorando la muerte inútil de sus padres, luto, deseseración, calamidad…: son los inocentes.

Decía Erich Hartman que “la guerra es el lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”.

Y es verdad.

Esos jóvenes rusos y ucranianos podrían ser o haber sido, en otras circunstancias, excelentes amigos.

Sin duda reirían juntos.

Beberían.

Jugarían.

Bromearían.

Se harían confidencias de amigos, porque la amistad no tiene fronteras ni entiende de razas o de nacionalidades.

Sin embargo se matan entre sí.

Con rabia.

Con crueldad.

Con odio en sus corazones.

Lo hacen así, porque de ese modo se lo han ordenado. Han deshumanizado a quienes tienen enfrente para que puedan matarlos sin cargo de conciencia, sin remordimientos, como el que mata un animal, siquiera sea por entretenimiento. Si es al enemigo, todo está permitido: no hay espacio para el pecado y no debe haberlo para la culpa. Se trata no solo de vidas prescindibles, sino de necesariamente abominables que deben ser arrancadas del mundo como una mala hierba.

En muchos batallones de ambos bandos hay pelotones antirretroceso de soldados armados, que son los encargados de matar a quienes den la espalda al enemigo o pretendan rendirse. En las retaguardias, los pelotones de fusilamiento esperan impacientes la carne despreciable de los que no desean manchar sus manos con la sangre de otros hombres inocentes como ellos, igual que ellos, que aspiran a lo mismo y que tienen parecidos anhelos y deseos.

Nuestra sociedad, es una sociedad que rinde culto a la muerte.

Como los antiguos aztecas.

Solo que ahora no es para que el sol continue en su emplazamiento y no caigan las estrellas del cielo, sino para que los dineros sigan fluyendo a los bolsillos oportunos y los psicópatas de nuestro tiempo (los poderosos, esas veinte dinastías del linaje de los Vigiliantes) puedan establecer su dominio en un ámbito en el que no se ponga el sol.

Porque si hay algo que no encontrará nadie en ningún campo de batalla de Ucrania, son palacios destruidos, mansiones de poderosos, ricos hambrientos, millonarios en el frente, cadáveres de hijos de políticos…

Los que jalean la muerte lo hacen siempre desde los tendidos.

Desde emplazamientos seguros.

Desde la cobardía.

Humea Ucrania mientras aún se levantan soberbias columnas de horror y desolación (las mismas columnas) en Afganistán, en Irak, en Yemen, en Etiopía… Son las mismas que se izaron antes en Serbia, en Libia, en Corea, en Vietnam, en el Kurdistán, en la India, en Europa, en el Pacífico…

La guerra se ha convertido en una máquina de amasar fortunas que se alimenta con carne inocente. Los culpables jamás mueren en las guerras. Ni siquiera Hitler (jamás se encontró su cadáver). Sigue la pista del dinero, y comprenderás enseguida que quienes la promueven, empujan y decretan, son los que se hacen ricos.

Ahí tienes a las Primaveras Árabes.

Ahí tienes a las Revoluciones de Colores.

La Ucrania de hoy es el resultado de una Revolución de Color producida por ese gran psicópata filántropo que ha destruido medio mundo.

Esta es la cruda realidad.

El mundo arde en la codicia de unos pocos, los cuales empujan a los muchos (a los inocentes) a la muerte, el odio y la sangre.

Casi ocho mil millones de inocentes son impotentes con toda su maquinaria bélica para frenar a 104 familias que infectan el mundo.

Donde esta estirpe demoniaca ha puesto su interés, allí ha llegado el infierno con todo su horror.

Ucrania fue empujada a la guerra.

Rusia fue empujada a la guerra.

Se decretó que ambas naciones debían sacrificar a sus pueblos.

Mientras entretenían al mundo, engañándoles hipnóticamente desde todos sus medios con su espectáculo de horror y sangre, ellos harían pagar a los inocentes el costo de las armas que les daban a los carniceros para matarse, subiendo los precios de la luz, del gas, del petróleo, al tiempo que han recortado leyes, derogado derechos, se han abrogado inhumanas atribuciones impropias incluso de dictadores confesos, han desarrollado aún más la legislación de la muerte, se han probado nuevas pandemias para que, cuando los inocentes regresen a sus vidas después de visitar el coliseo de la muerte a través de la tele ("su" tele), se encuentren con precios impagables por los alimentos, por la energía, salarios de hambre, pérdida del derecho de expresión, eutanasia voluntaria y obligatoria, más aborto, más restricciones, más impuestos… más muerte.

Porque nuestra sociedad, es una sociedad de muerte

A lo mejor no lo sabes, pero en estos días se ha discutido y se ha aprobado en la supuestamente civilizada Canadá de ese nazi de Trudeau una ley de la eutanasia mediante la cual pueden eliminar por muerte asistida a quienes tienen problemas psiquiátricos irreversibles, a quienes padecen enfermedades incurables, a las personas mayores que requieran alguna clase cara de atención médica y, en fin, a quien lo solicite, siquiera sea porque se ha deprimido a causa de que su equipo de fútbol ha perdido el partido o de que su novia le ha dejado.

La vida humana, para ellos, no vale nada.

El dinero y el avance de la Agenda 2030: este es el origen de la guerra de Ucrania y no otro.

La guerra, en sí misma, no es más que un sangriento espectáculo para desviar la atención de los inocentes.

Ya lo probaron con la falsa pandemia, y les funcionó, y ahora, también.

De hecho, la pandemia costó aún más vidas que la guerra de Ucrania y nadie protestó, o lo hicimos muy pocos.

Los inocentes, ¡pobrecitos!, tragan con cualquier cosa que salga por la tele, “su” tele.

Las multinacionales de las armas ya han firmado contratos para el resto de la Historia. Sus fábricas están a tope porque sus sicarios han obligado a las naciones esclavas a armarse y ellos están deseosos de más dinero y más muerte. No se olvide que somos muchos y se ha de reducir la población en más de siete mil millones de personas, y eso es mucho matar. Queda, en consecuencia, mucho tajo por delante y es imprescindible que todo el mundo colabore en la medida de sus posibilidades asesinando semejantes.

Eso es la Agenda 2030.

Y si la cosa se va de las manos (o no) y se llega a una guerra nuclear, pues todo son ventajas, porque se hará más rápidamente el trabajo y la despoblación será un hecho en unos meses.

Ellos estarán a salvo.

Si usted fuera uno de mis lectores (de esos que leen algo interesante que deja algún poso y no meras estupideces frikis, si es que no manuales de cómo odiar, robar, matar o vicios de semejante jaez), estaría al tanto de que los hombres jamás han contendido por naciones. No es por tanto cierto que Rusia se enfrente a Urania, China a Taiwán o Japón a Corea. No, nada de eso.

En realidad, durante toda la Historia nos hemos estado matando de todas las formas imaginables entre los mismos inocentes para beneficio de esos pocos cupables.

Rusia y Ucrania están dirigidos y ordenados por los mismos individuos.

Les han ordenado que hagan la guerra, la hacen y punto.

Y lo que es más, también China, Taiwán, Japón, Corea (ambas), Arabia Saudita, Yemen, Irak, Irán, Israel, Afganistán y cualesquiera otras naciones están dirigidas y ordenadas por los mismos individuos: las veinte dinastías de los vigilantes

Lea “La manzana”, “La Hora”, “Lemniscata” o “La otra —irreverente, pero verdadera. Historia” y lo comprenderá.

Pero no cometa el error de crerse a salvo. Si porque hasta ahora ha sobrevivido cree que nada de todo esto va con usted, le aseguro que está muy, pero que muy equivocado: usted y su familia son los siguientes, le guste o no, lo mismo que esos más siete mil millones de inocentes que estamos esperando turno a la puerta del matadero.

No sea necio y no odie a rusos o ucranianos porque así se lo manden los carniceros desde sus medios de noticias inventadas; sienta repugnancia de quien compra los machetes, crea el odio y se los entrega a las tribus para que se maten entre ellas.

Eso, literalmente, ya pasó en Ruanda-Burundi.

Y créame que no es una parábola o una figura retórica: deseaban que se mataran así, a machetazos, y por eso los carniceros exportaron desde Europa (Francia) a Ruanda 10 millones de toneladas de machetes unas semanas antes de que comenzara la fiesta (los soldados de la ONU lo saben): más de un millón de seres humanos pagaron cruelmente con su vida este juego de los poderosos.

Nunca se crea que usted es de piedra y mucho menos que está a salvo porque aún no cayó el cuchillo sobre su cuello. Fíjese que, aunque inocente, no lo es tanto como cree: jamás en toda la Historia ha habido más opulencia en el mundo y, al mismo tiempo, nunca hubo tanta hambre y tantas muertes por esa causa.

Tal vez sea que todos hemos de pagar por nuestros pecados.

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