Mentiras

© Ángel Ruiz Cediel - 18 de junio de 2022




Habitamos el imperio de la mentira.

De hecho, prácticamente todo cuanto damos por cierto, es simple y llanamente mentira.

De todos es sabido que la herramienta básica del ejercicio del poder es la mentira. Luego vienen otras también importantes, como la fuerza, Hacienda, la Justicia, las Leyes y todo eso; pero incluso esas herramientas están basadas en la mentira.

Podríamos comenzar con el origen del hombre, por ejemplo, y, aunque la inmensa mayoría da por cierto lo que sigue siendo una teoría sin demostrar como la de la Evolución de Darwin, casi todos afirmarían que esta loco o que no está en sus cabales aquel que la niegue. Si además este supuesto negacionista afirmara que la Tierra es plana como una mesa, que está cubierta con un domo (como la tapa de una quesera) y que el universo es acuático, sin duda lo encerrarían para siempre y tirarían la llave.

Y, sin embargo, es verdad: somos la creación divina, el objeto en disputa del universo (la Creación), y nos encontramos en un recinto cerrado del que nadie puede escapar.

Se han llevado a cabo miles de experimentos para demostrar que la tierra se mueve, pero ninguno de ellos ha dado resultado positivo. La Tierra no solo es plana, sino que está quieta, anclada, fija, y es el universo el que se mueve.

Por otra parte, no existe ni una sola fotografía del supuesto planeta que habitamos, a pesar, supuestamente, de que hay miles y miles de satélites dando vueltas alrededor de la Tierra. Satélites que ni siquiera sirven, como aseveran quienes pretendidamente los han puesto ahí, para dar cobertura telefónica, porque si lo hicieran ¿cómo es posible que aquí tengas cobertura y unos metros más allá no o que en esta región sí y en aquella no? O, todavía, ¿para qué seguir instalando por doquier antenas de radio o telefonía y tirar kilómetros y más kilómetros de fibra óptica bajo tierra y aún bajo los océanos?

En fin que la Tierra es plana, y punto.

Quien lo quiera comprobar por sí mismo, que lo haga, que ni es difícil ni es caro.

Pero, y eso de que venimos del mono, ¿qué me dicen?

Si los poderes aceptaran que la Tierra es plana, tendrían aceptar, o sí o sí, que somos un producto divino; es decir, que hemos sido creados ad hoc por Dios mismo. Y, claro, en tal caso se les cae el chiringuito, porque todo cuanto soporta es sistema es contrario a los designios divinos. Más allá de que las élites son satánicas o satanistas (todas, sin excepción) y, por lo tanto, contrarias a Dios, desde la banca y sus intereses hasta el aparentemente inocuo entretenimiento, todo resultaría tan contrario a la ley divina que no quedaría más remedio que pensar que los poderes nos quieren alejar del Creador, o, lo que es lo mismo, condenarnos con ellos.

Tal y como decía al principio, somos el objeto central de la Creación, el territorio en disputa entre el bien y el mal.

Ya he explicado todo esto con detalle en mi novela La otra —irreverente, pero verdadera— historia; pero haré un resumen a vuelapluma: todo el poder de los hombres es satánico o satanista, y las élites son los descendientes de los Vigilantes que se mencionan en el Libro de Enoc.

Esta es la causa de que el satanismo esté presente desde los dibujos animados a las coreografías de los cantantes de moda. Así, a la infancia la quieren adiestrar en esos enjuagues con el fin de ganársela, y para tener una oportunidad de fama no bastará con la militancia luciferina, sino que también será necesario el juramento y el ritual en que el adepto literalmente vende su alma al diablo.

Seguramente has escuchado de numerosos pactos en este sentido de nombres superconocidos del mundillo de la farándula, el cine y la múscia: son ciertos.

Puede ser que algunos crean que aunque, por ejemplo, los EUA estén dominados por los satánicos, Rusia o China no lo estarían. Y se equivocan, claro. Lo explico, creo que muy bien, en esa novela que mencionaba antes, pero les hago observar que, además de que los símbolos de sus banderas nacionales (EUA y Rusia tienen el azul, blanco y rojo de su pertenencia de logia, y China las estrellas de Isis, que nada tienen que ver con la cultura china), sus discursos son los mismos: "estamos viviendo momentos trascendentales para la implantación del Nuevo Orden Mundial", ya saben, eso del Novus ordo seclorum de los billetes de un dólar. Y lo dicen los tres dirigentes de las tres naciones. Raro, ¿no?

No; no lo es. Recientemente, en la toma de poder de Macrón, se hizo una foto frete al Elíseo con todo su gobierno, mientras todos hacían con las manos el signo de pertenencia a la masonería iluminada.

Símbolos no faltan.

A ninguno.

Desde el papa a los dirigentes políticos, pasando por las estrellas del espectáculo, es frecuente verlos en actos públicos haciendo la “mano cornuda” o el “666”, entre otros muchos, los llamados “toques masónicos”, triángulos, posadas de mano en el pecho, etc., aparte.

En internet circulan numerosos vídeos que demuestran que los videos y canciones de los más populares divos de adultos o infantiles esconden mensajes violentos y satánicos en las letras de sus canciones, a menudo invertidos, de modo que el inconsciente los capte mientras que el consciente del oyente o vidente se queda in albis.

Toda una ceremonia de la maldad, que actualmente está oficializándose ya, con la legalización de sectas satánicas y la colocación de estaturas de Baphomet por doquier.

Nada es dejado al azar.

Todo lo oficial, incluidos esos movimientos aparentemente sociales, como el LGTBI o los feministas extremos, no tienen otro fin que invertir los valores cristianos, si es que no destruirlos. Y en todo su proceso no hay nada dejado al accidente o la casualidad: nada. Todo está muy pensado, incluido el florido lenguaje políticamente correcto que es la puerta de entrada para que semejantes atrocidades pasen los filtros de la moral social: si es asumible a los oídos —o parece que dicen cosas lógicas y/o loables— ha de ser asumible para la conciencia.

Una barbaridad, en fin.

El caso es que desde esta cúspide la mentira se ha establecido como fórmula de comunicación social. Después de todo, si nos han colado el gol de hacernos creer que la Tierra es una pelota de va dando tumbos por un universo infinito, ¿cómo no nos iban a hacer tragar cualquier otra cosa? Pues claro que sí, hombre.

Las noticias con las que configuramos nuestra visión de la actualidad y el mundo, por ejemplo, son pura fantasía. Hay más verdad en cualquier episodio de los Simpson que en un telediario. Y si las noticias se refieren a asuntos candentes, tal como la guerra de Rusia-Ucrania verbigracia, entonces es como presenciar un film de Hollywood o la llegada del hombre a la Luna, que fue otro gol que los satanistas metieron en grande a la humanidad.

Es curioso, sin embargo, que habiendo la cantidad de ingenieros aeronáuticos que hay y la cantidad físicos especializados en astronomía como salen de las universidades, todavía andemos comulgando con las ruedas de molino de estas sandeces, como si no fuera sencillo demostrar que no puede haber propulsión en el vacío (luego los viajes espaciales y los satélites y todo eso es una infantiloide mentira), además de que la Tierra, como digo, es plana como una mesa.

Es fácil comprender que si nos han mentido en esto tan grave, lo han hecho, por supuesto, en todo lo demás.

El ciudadano medio, como es normal, se conforma con lo que le digan, y no se molesta en procesarlo siquiera: si lo dice el Gobierno, la tele o quien sea, es verdad, y punto.

Cuando se le demuestra a ese ciudadano medio que en enero de 2021 costaba el megawatio 36 euros y que en diciembre de ese año, sin que hubiera subido el gas, el petróleo o hubiera guerra alguna, se habían alcanzado ya los 450 euros el megavatio, o lo que es lo mismo que había subido el 1250 %, lo único que hará este es encogerse hombros, acaso encomendándose o dando crédito a las descabelladas fórmulas de cálculo que la televisión difunde para confusión de las almas. Subida que en los primeros meses de este 2022 alcanzaría el récord del 1770 %, tomando un valor el megavatio de 700 euros.

Lo mismo podemos decir del gas o de la gasolina. Por ejemplo, en 2008 costaba 146 dólares el barril de Brent y la gasolina costaba 1,12 €; en el periodo 2010 a 2014 el barril de Brent estaba a un precio medio de 126 dólares, y el precio de la gasolina oscilaba entre los 1,089 € y los 1,453 €. ¿Se entiende? ¿A que no? Pues imagínese ahora, que con un precio del barril de Brent de 123 dólares (3 dólares menos que en 2010), el precio de la gasolina está a 2,21 €.

¿Se ha vuelto loco el Gobierno?

¡Hombre!, si usted me planteara eso, sería yo quien tendría que pensar que quien no está en sus cabales es usted. Claro que el Gobierno está loco, por eso está ahí. A nadie en su sano juicio le podrían proponer ponerse ahí para mentir como un bellaco día y noche y aceptaría, por mucho que le gustara lucir palmito. Naturalmente que está loco. Y sin remedio clínico. Sin embargo, más locos están quienes le creen al Gobierno, cuando se sabe por principio que “el Gobierno siempre miente”.

No, no. Lo que usted está pagando no es solo un sobreprecio para enriquecer a las compañías de energía y de paso hacer rico al Gobierno al cobrar este mayores impuestos, sino que está financiando la guerra. Que ¿qué guerra? Pues la de Rusia-Ucrania, puede ser que estén ya ahorrando para la de China-Taiwán y quién sabe si para la III Guerra Mundial.

Antes de la caída del Muro de Berlín (pactada, por supuesto), hubo una máquina cuántica —Yellow Cube, se llamaba— que predijo la singularidad de la Ecuación del Juicio Final; es decir, que el mundo se acababa, o eso creían. Como consecuencia del pánico de la élite se desarrolló la histeria de Nibiru (cosa que sucederá, pero no todavía, y al que las Escrituras nombran en el Apocalipsis como Ajenjo), y crearon la crisis artificial del 2008 que se extendió hasta 2012, de modo que con esa excusa saquearon a la totalidad de las naciones del mundo para financiar la construcción de innumerables refugios contra esa supuesta catátrofe, los cuales todavía agujerean el mundo.

Ahora está usted financiando guerras.

Nada, nada es verdad.

Como dicen a una los señores Biden, Putin y Xi —los líderes europeos son el coro—, está usted viviendo la imposición del Nuevo Orden Mundial.

¿Qué mueren personas en esa guerra? No importa, tienen más. De hecho tienen muchos más: les sobran casi siete mil quinientos millones de personas, y todavía no tienen la pandemia justa para enviarlos al más allá.

De modo que ruede la bola.

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