Negocios sangrientos

© Ángel Ruiz Cediel - 19 de julio de 2022




Directamente, en apariencia, se enfrentan a muerte en Europa Ucrania y Rusia.

Las víctimas de este conflicto son tantas que nadie puede dudar de la veracidad del conflicto.

Es real.

Palpable.

Demostrable.

Sin embargo, a nadie le pasa desapercibido que es la OTAN la que se enfrenta a Rusia «hasta el último ucraniano», según dicen sus autoridades. Algo incuestionable, pues que tanto las armas como las directrices de la guerra —y aún los mandos que dirigen a las tropas ucranianas— son de la OTAN, más allá de que los que facilitan la «inteligencia» son los EUA y la OTAN.

La OTAN es el brazo armado de los EUA: «su» alianza.

En la mayoría de los casos, una alianza forzosa, porque los gobiernos de Europa, Canadá y de los demás miembros de la OTAN, son propiedad de los EUA. Los países, también. Carecen de independencia fuera de lo que ordenen los EUA.

La OTAN no es una alianza defensiva, sino muy ofensiva, como se ha podido apreciar en su desarrollo. No han cesado de crecer, amenazando a cualquiera que interfiriera sus planes de expansión, incluidas las propias poblaciones a las que en teoría protegían, como la europea, por ejemplo, con operaciones tan sangrientas y prolongadas en el tiempo como la Gladio, aún en desarrollo. Vastas operaciones de extensión y dominio, en fin, de cuerpos y almas.

La cuestión es el porqué de esta guerra en concreto.

A primera vista, y si se analiza sin complejos la situación real, quienes realmente están ganando con ella son los rusos y los EUA. Ambos han hecho y hacen fortuna en el campo económico: petróleo, gas, tierras raras, venta de armas en todo el mundo…

Los que pierden, son los europeos, y especialmente los ucranianos: víctimas mortales, ciudades destruidas, economías quebradas, incremento del gasto militar, crecimiento de deuda que será socorrida por los vencedores…, pérdida de independencia.

Estos son los hechos.

Incontestables.

Irrefutables.

Pero ¿es posible que todo sea en realidad un negocio?

Soros afirmó que los grandes negocios de hoy no se hacen traficando con productos, sino con naciones. Un hecho igualmente incontestable para quien ha amasado una fortuna quebrando naciones y monedas, e incluso promoviendo Revoluciones de Colores y Primaveras Árabes.

Un pensamiento que comparte Rothschild, Rockefeller, Elon Musk, Bill Gates y tantos otros magnates de la élite oscura.

Pero tal vez también pasó ya la era de las naciones y haya llegado la hora de hacer negocios con las macronaciones o los bloques, aunque estos últimos sean creados artificialmente. Después de todo, no podrían vender armas si no hubiera enemigos ficticios o reales a los que combatir.

El mejor enemigo, decía Bush padre, es el que creas a la medida de tus intereses: lo puedes batir en el momento que desees, porque lo has creado tú y lo conoces todo de él. Tal fue ese el caso de «su monstruo» Sadam Hussein, de Irak. Otro negocio redondo.

El hecho es que, con el conflicto de Ucrania, todos los países del mundo han corrido a armarse… comprando sus insumos, o bien a EUA, o bien a Rusia.

El negocio ha sido tan brillante que han propagado el incendio a Extremo Oriente y a Oriente Medio. El mundo, en fin, se está armando en prevención de una guerra global que, si estallara, será de cualquier modo menos convencional. Es decir, será nuclear, y en ella todo ese armamento convencional que han adquirido las naciones no servirá de absolutamente nada.

Un sainete para darle sentido al negocio.

Un sainete trágico en el que, para mayor burla, han puesto a un mal actor como presidente de unas de las naciones que ha creado el conflicto.

Todo un guiño.

Naturalmente, el ciudadano empático, responsable, tendrá problemas para creer tal grado de maldad, toda vez que este y otros conflictos producen cada día víctimas tan humanas como ese mismo ciudadano. La cuestión, es que a quienes hacen ese tipo de negocios no les interesan las víctimas: para ellos son enseres sin valor. Sea la construcción de una presa, la popularización del teflón, la fluoración del agua, los aditivos del tabaco o cualquier otro despropósito cancerígeno, no les interesan las víctimas a estos siniestros consorcios, sino los dividendos que obtienen. Población hay en exceso, de modo que, si mueren unos cuantos —aunque sea de muertes horribles—, es un doble bien para la humanidad, ya que las corporaciones —especialmente las de los de la élite oscura— consideran que hay que reducir la población a cualquier precio porque es la «peste» del mundo.

Para crear bloques militares o económicos se precisan dirigentes. Dos bloques, dos dirigentes.

Si el negocio está en los bloques y ambos ganan con un conflicto que cuesta unos cuantos cientos de miles o millones de vidas, el negocio debe ir adelante. Hay mucho que ganar y poco que perder.

Cada 25 años se multiplica por dos la población. Se sabe que, según Malthus, incluso la natalidad crece de una manera desorbitada después de un conflicto, lo que repone en un tiempo récor la población.

Somos 7800 millones. Si no hacen algo rápido, para 2047 seremos 15600 millones de habitantes, y eso es intolerable. Si la población actual ha hecho el mundo inhabitable, ha producido un cambio climático que pone en peligro la vida en el planeta y faltan recursos para mantener una paz estable, queda claro que con el doble de la población actual los males serán extremos, si es que se llega a eso.

Los intentos de reducir población a través de acciones concretas como guerras locales, enfermedades producidas en laboratorio —SIDA, Gripe Porcina, Gripe Aviar, COVID, etcétera—, e incluso con conductas sexuales no-reproductivas, aborto y eutanasia, no han dado los resultados apetecidos hasta ahora: no se ha detenido la escalada del número de habitantes.

Son precisas, pues, acciones más expeditas.

Todas esas acciones, propuestas en documentos internos de las «amenazas futuras» de los gobiernos de EUA en memorandos tales como «El tratado de Iron Mountain» o «Proyecto hombre-2000», han quedado obsoletos.

Ha habido otros planes que no han tenido tanta popularidad o difusión, pero tampoco han servido de gran cosa. Por eso ha nacido la Agenda 2030, y esta sí está dando buenos resultados.

Pero cualquier acción tiene un costo, y para quienes dirigen el juego ha de sufragarlo la propia población a la atacan y tienen que eliminar o contener.

Después de todo, como afirmo en mi novela «La Hora», para ellos, aunque los ciudadanos no lo sepan, ya están muertos.

En 2012 se desató una fiebre brutal con la supuesta llegada de Nibiru. El pánico social fue de una magnitud extraordinaria y hoy se sabe que tanto las élites como los gobiernos de todo el mundo construyeron miles de refugios subterráneos a gran profundidad para salvar algunos núcleos de población.

¿De dónde salió esa ingente cantidad de dinero necesario? Pues de la crisis de 2006 que aún nadie sabe explicar.

Sencillamente el dinero desapareció de la circulación al mismo ritmo que avanzaban las obras (la T-4 en Barajas, Madrid, es un buen ejemplo, bajo la cual existe toda una ciudad subterránea con ese propósito).

En 2012, a la vista que ni llegó Nibiru ni era el fin del mundo, se acabó la crisis y aquí no ha pasado nada. El dinero volvió a la circulación.

Del SIDA queda poco que decir que el mundo no sepa, aunque no se haya encontrado vacuna, lo mismo que para las demás enfermedades de laboratorio con que se ha expuesto a la población (mediante chemtrails o contaminaciones directas). Estas llegan sin aviso, matan a unos cuantos millones de personas, y desaparecen.

Durante ese proceso, ingentes cantidades de dineros desaparecen de la circulación al tiempo que, con el discurrir de los años, nos enteramos de que se aprovechó la situación (alarma social, confinamientos, pánico) para reformar las sociedades en el interés de esas élites oscuras.

El precio de la electricidad, el gas y la inflación comenzaron a subir de una manera escandalosa mucho antes de la guerra de Ucrania. No tenía sentido ese incremento de precios si el petróleo no se había encarecido, pero en España, por ejemplo, el precio de la electricidad llegó a crecer en un 1770 %, el gas en un 700% y el aceite de girasol en un 450%.

¿Por qué? Había que conseguir recursos para iniciar la guerra que hoy está todavía en curso.

Las armas que unos y otros reciben y se destruyen mutuamente, la paga el costo de la electricidad, el gas y la inflación. La sigue pagando, de hecho.

Conviene tener esto claro para poder situar a EEUU y a su OTAN (sus pistoleros) y comprender bien cualquier situación respecto de cuanto hoy sucede.

Como consecuencia de esta guerra el mundo se arma. Compra las armas a EUA o a Rusia. Un negocio de billones (millones de millones) de euros. Más que lo gastado en ejércitos en todo el siglo XX (con dos guerras mundiales), y eso es mucho. El precio de los combustibles se ha multiplicado por 2 y la inflación ha crecido hasta el 11% en seis meses, a la vez que está apareciendo el desabastecimiento y la hambruna mundial hace su aparición por el horizonte.

¿Acaso la guerra ha hecho estériles los campos? ¿Acaso se siembra menos?

Nada de eso: todo sigue igual, pero más caro.

Hay que financiar la guerra, y, parafraseando a Hemingway en Por quién doblan las campanas, «cuando crezca la inflación, suban los precios injustificadamente y se multipliquen los impuestos, no te preguntes por qué lo hacen: lo hacen para que pagues tú.»

Y esto seguirá así, no hasta el último ucraniano, como dice la OTAN, sino hasta la extinción del último mortal que no pertenezca a sus estirpes. Lo que ignoran los defensores del conflicto, es que no tardará en alcanzarles también a ellos y a los suyos.

Comparte el artículo en tu Red Social

Solo tienes que pulsar sobre el botón

         

Envía tu comentario

©  Reservados todos los derechos. 
, Aviso legal, Términos de Venta, Política de Privacidad y Protección de Datos, Política de Cookies