Ninguno es nadie

© Ángel Ruiz Cediel - 30 de junio de 2022




Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de pandemias.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de guerras.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de aborto.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de eutanasia.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de crimen.

Los pregoneros de la muerte imparten día y noche su misa negra de horror y nos muestran descarnadamente con su liturgia de prensa y televisión y redes que debemos rendir adoración a la muerte, que debemos amar la muerte, ya sea de los otros, la de los nuestros o aun la propia.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado tanto a amarla que muchos ya odian o ningunean el asombroso milagro de la vida.

Pero me niego, lo niego, los niego porque amo la vida con todas sus incertidumbres y con todos sus miedos, con sus contadas alegrías y sus exagerados llantos.

Amo a los niños que serán un día adultos que irán vistiendo su risa desdentada con marfiles de leche nueva y dientes de luna y de encías despobladas.

Amo a los hombres y a las mujeres, protagonistas cada uno de su propia historia y personajes secundarios de las ajenas.

Amo el latido de la existencia, con su sístole de emoción y su diástole de apasionamiento.

Amo el movimiento, porque lo parado está quieto, inmóvil, fijo, clavado, muerto.

Renuncio a escuchar el pregón enardecido de los agoreros.

Renuncio a la muerte de su oscura prosodia y a al sufrimiento, aunque sea de otro, y a la muerte de cualquiera, porque ninguno es nadie, y la trivialización del dolor y la tristeza y el hambre y la destrucción.

Nos han enseñado mucho de muerte, precisamente los que adoran a la muerte, esparciendo su cizaña desde los medios y la política para que también los hombres la amemos y comprendamos que otros han de morir por nuestro bien, que es el bien de los pregoneros aunque los muertos sean los nuestros.

Nuestros son los niños que languidecen y mueren de hambre.

Nuestros son los seres humanos que yacen en la miseria en las cuatro esquinas de la tierra.

Nuestros son los hombres que mueren en las trincheras de todas las guerras.

Nuestras son los seres que conforman las familias de aquellos que los han forzado a matar o morir en las batallas que producen los dueños de los pregoneros de la muerte.

Nuestros son los que quedaron sin casa y con luto.

Nuestros son los que son empujados a emigrar a otros confines para salvar a los que aún les restan o para salvarse de los males que producen los dueños de los pregoneros de la muerte.

Y no niego a ninguno, porque ninguno es nadie.

Aquí tengo unos brazos para quererlos y una piel para desgarrarse, si preciso fuera, para ofrecerles el calor de un humano que no renuncia a otro humano porque sabe que los dos somos lo mismo.

Maldigo a los que siembran la muerte.

Maldigo a sus pregoneros.

Y los intereses de las multinacionales de las armas.

Y los réditos de los bancos.

Y los beneficios de las petroquímicas.

Y las ganancias de los especuladores.

Y el poder de los poderosos.

Y también la indiferencia de los que no se hunden en la carne de los hombres y luchan y gritan y claman por un mundo más libre donde quepan todos los hombres con todos sus credos y todos sus colores y todas sus razas y todas sus costumbres, enfrentándose a los que enfundados en sus Armani predican la indulgencia de asesinar y lo lícito de las matanzas.

Maldigo a la ONU por su inutilidad y su servilismo a los poderosos.

Maldigo que sobre el dinero para las guerras y falte para un pan que calme el hambre de quienes carecen de futuro y solo están sobrados de olvido, soledad y moscas.

Maldigo que sobre dinero para la guerra y falte siempre para la vida y la paz.

Maldigo a la OTAN y sus mentiras, a sus pregoneros de muerte, a sus periodistas serviles, a los militaristas, a los militares a secas y todos los indiferentes que no les sangran los oídos por las prédicas de sus sermones y a los corazones que no se desgarran cuando mueren cada día hombres y mujeres y niños como nosotros y no hacen nada por impedirlo, siquiera sea diciendo: ¡No!, ¡Basta!, ¡Niego la guerra!, ¡Niego cualquier guerra! No es justa ninguna guerra que no sea la de salvar a todos nuestros vivos antes de que sean nuestros muertos.

Maldigo a quienes ansían sofocar la muerte y la destrucción de las guerras con más muerte y más destrucción, hasta que no quede un solo hombre sobre la tierra.

Los maldigo a todos porque son los verdaderos enemigos de la humanidad.

Maldigo a los que usan el don divino de la inteligencia para idear ingenios de muerte.

Maldigo a los que hacen negocio con la guerra.

Maldigo a los que las producen.

Maldigo a los que las promueven y agitan.

Y maldigo a los que las admiran.

Tengo un millón de motivos para la vida de cualquiera y otro millón de motivos para morir distintos del odio, del rencor o del servilismo a los siniestros poderes de la muerte.

En todos los campos de batalla solamente hay cadáveres de inocentes.

Son los mismos cadáveres de quienes murieron en la última guerra.

Y en la anterior.

Y en la precedente.

Porque en todas las guerras hemos estado muriendo los mismos: los hombres, los inocentes, los pueblos.

Y lo hemos hecho para que Alejandro fuera Magno; y Napoleón, Bonaparte; y Ciro, Grande; y Julio, César; y Gengis, Kan; y Adolf, Hitler.

Entregamos nuestra sangre y la de los nuestros para que los poderosos la convirtieran en el laurel con el ceñirse las sienes.

«Las guerras, siempre, empiezan en las tabernas», afirmo en mi novela «Una flor en el infierno».

Las guerras siempre comienzan cuando los pregoneros de la muerte hablan y los hombres callan y escuchan.

Cuando ríen y beben entre machadas.

Cuando desprecian, aunque sea fanfarroneando, la vida de cualquier otro, porque ninguno es nadie.

Cuando creen que no les alcanzará, que están a salvo, que son inmortales.

Las guerras, primero, están allá lejos, y los hombres piensan en justicias imposibles y en heroísmo.

Luego, se aceran, y los hombres comienzan a desdibujar los dorados colores del cuadro precedente y a teñirlos de tonos más siniestros.

Por último, llegan, y los hombres sienten el pánico en la piel, arenando los dientes, agitando el sueño, llenado sus bolsillos, amargando su pan, entenebreciendo su corazón y ensombreciendo su porvenir, si es que algo de eso les fuera posible.

Entonces, los hombres saben que ya sus vidas no son sus vidas, que le pertenecen a la OTAN o al Estado, o al Ejército o al Gobierno de aquí o de Bruselas o de Washington o del Main Grove, y que no tienen más opción que morir.

Negarse a ello es morir también, pero ante un pelotón de fusilamiento.

Negarse a ello es traición.

Negarse a entregar la vida de los hijos, de los padres, de los hermanos o la propia, es motivo suficiente para ser pasado por las armas.

Los malvados ya se hicieron con el control de la vida.

Y cerraron a cal y canto las fronteras para que nadie escape de la muerte.

Los hombres, ya, estarán atrapados, presos.

Son rehenes de su propia desidia y ya están ligados en unión sagrada con la muerte.

Y el poder los irá llamando por turnos, según edades, para que vayan a los mataderos en el que los hombres que no odian a esos otros hombres obligados como ellos los asesinen con ferocidad prestada o alentada por el miedo.

Ninguno de los combatientes odia a su enemigo si no es por decreto.

Y, mientras los unos mueren en la batalla, saben que los suyos estarán muriendo en las ciudades bajo los bombardeos, que segarán la vida de aquel o aquella a quien aman, del hijo por el que morirían, del amigo del alma…

La muerte pondrá sobre muchos, tal vez sobre todas las calaveras, el oscuro beso del sueño eterno.

Entonces, cuando comprenden esto, los hombres no quisieran haber sido tan bravucones en la taberna y no haber citado a ese toro.

Pero el toro les miró, bajó su cabeza al suelo, bufó bravío y escarbó en la arena con su pata mientras enfilaba a los que le citaban con sus pitones.

Silencio en los tendidos.

Latidos suspendidos, aliento contenido.

Ya solo queda el quite o la muerte.

El quite es improbable.

La muerte, segura.

Si no se cayera en ese lance, seguirá habiendo un Gobierno y una Bruselas y un Washington y un Main Grove, y estos solamente se sentirán satisfechos cuando sobre la tierra no quede un solo hombre vivo.

Entonces, Dios llorará.

El Libro de la Vida quedará nuevamente en blanco por la propia mano de aquellos a quienes les regaló la vida y sus esplendores y prefirieron dilapidarla en la muerte.

Todos, entonces, seremos nadie.

Y tendrá que escribir, por enésima vez, un nuevo Libro, en la esperanza, tal vez, de que en esa ocasión los hombres sean lo bastante listos como para no escuchar a los pregoneros de la muerte.

Quien sabe si los hombres amarán la vida sobre la muerte, y se decidan a la machada formidable de renunciar a ser nadie para que todos y cada uno sean alguien.

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