El abismo

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Los medios nos traen a menudo con tétrica prosodia gritos de dolor que nos estremecen porque alguien ha sucumbido a una tragedia que la brutalidad moderna ha convertido en ordinaria, pero casi siempre silencian o eluden los desgarradores alaridos de aquellos que sucumben víctimas de su propio sufrimiento. Una persona, cada dos horas —es posible que mucho menos— pone fin por sí mismo a su vida en España. Casi cuatro mil al año, o hasta seis mil, si incluimos los que la sociedad no acepta o prefiere incluirlos en otras estadísticas menos funestas como accidentes fortuitos de la rutina o el tráfico. Más de trescientos mil en Europa o casi un millón de seres en el mundo son consumidos por su propia desesperación hasta no encontrar más salida de la oscuridad que habitan que la negritud siniestra de ponerle fin a su vida por su mano.

Hay un pacto entre los medios para mantener las sociedades limpias y ordenadas, en las que acaso los sucesos se limiten a desgracias esporádicas; se prefiere la catástrofe dosificada de un dolor cada tanto, o nada más que esas noticias dramáticas que sirven para otros fines más deseados de ingeniería social. Sin embargo, la primera causa de muerte no natural no serían los accidentes de tráfico, las dolencias cardiovasculares, el temible cáncer o la violencia de género, sino la desesperación que empuja a tantos seres a buscar la puerta de emergencia equivocada para escapar de su propio infierno, o tal vez del infierno a secas en que la sociedad misma y su indiferencia los ha encerrado.

Casi la mitad de estos seres abrumados por la vida y desbordados por los daños que las egoístas sociedades contemporáneas los infligen, son niños o jóvenes que ni siquiera han alcanzado treinta años. Entre los trece y los veintitantos, ¡qué cosas!, han colmado ya su capacidad de ahorrar insatisfacción o dolor, o de ambas cosas, y huyen de la vida espantados por la gatera del suicidio. A su alrededor nos dejan a todos un poco helados, y a los suyos, a sus seres queridos, marcados a fuego por un suplicio de pesar e impotencia que los acompañará como una sombra amarga y oscura el resto de sus vidas. Pero se acalla ante el público, se silencia ante las masas, se le aplica a esta hecatombe una ley mordaza tácitamente diseñada para que el ciudadano no perciba que la realidad que habita es meramente plástica, que es decir falsa, que mañana puede ser él mismo —cada uno de nosotros— quien se vea empujado al abismo, y el abismo conoce nuestros nombres y apellidos.

La muerte trashuma infatigable y pertinaz buscando hilos débiles que segar con su guadaña. Gira, escudriña afanosamente quién está lo bastante desesperado para ofrecerle su manzana podrida. Su espectro lleva polainas de fieltro y cuenta con la complicidad de los poderes y la prensa. Es mejor amordazar el suceso, ocultar a la población esta realidad que masacra las sociedades, haciéndolas creer que todo está bien, que progresamos, que luchamos con denuedo contra esos males que nos afligen como la violencia de género, la inmigración o ese niño que muere a merced de las olas en una playa de Grecia huyendo de la guerra que nuestros ejércitos crearon. Mejor la limpidez de un drama cada tres días que una tragedia inexplicable cada hora, la desesperación que ha abrazado a un ser humano y le ha conducido hasta la sobredosis de un medicamento, a su navaja hasta sus venas, su camino hasta el borde un abismo o a su desolación a una idea aberrante y de esta hasta a un volantazo inopinado.

Por cada víctima fatal de su sufrimiento, al menos otros veinte seres más lo intentan y, por fortuna fracasan, la mayoría de los cuales se arrepiente de su arrebato; pero, ¿se arrepienten también los que consiguen coronar su espantoso drama con el otro drama tan irreversible de su forma de decir basta? Tal vez, sólo querían decir «Eh, estoy aquí y sufro, escuchadme, oídme, consideradme: salvadme de mí mismo, de mi sufrimiento» y se le fue la mano; pero ya le hemos perdido para siempre, y siempre es mucho, mucho tiempo.

Gran parte de estos desdichados, ya digo, son niños. En mis escritos suelo decir que las peores heridas y las más difíciles de curar son las que no sangran ni precisan puntos de sutura. Se las percibe por la tristeza permanente que tiende un velo negro ante su rostro, en la soledad que habitan, en su horror del mundo o en su miedo a ir allá donde sufre sin que nadie más, quizás, lo sepa. No existen planes de contingencia para esto, sin embargo, y ni los gobiernos disponen de recursos o asociaciones para paliarlo o auxiliarles, ni las Iglesias tienen servicios de emergencias de veinticuatro horas para almas desesperadas ni la sociedad se conmueve por esta calamidad silenciada por consigna del Estado.

¡Niños, qué terrible mazazo! ¡Jóvenes, que naufragio espeluznante! Apenas comienzan a abrir sus ojos a la vida, y la vida se les muestra como un infierno solitario atiborrado de carniceros demonios, de dolor incalculable, desesperante y trágico del que no saben cómo huir de sí mismos… si una mano que los auxilie. No saben en quién, no comprenden cómo, no entienden dónde refugiarse para no caer por el abismo. Se saben solos, se comprenden perseguidos, se entienden vacíos de todo cuando no es dolor. A veces es a causa de ese bullying tan extendido; otras, acoso en la Redes por simple divertimento de otros seres repugnantes; otras más, por un amor frustrado, por la ruina sobrevenida, por no ser nada para nadie o quizás por una enfermedad que, ¡qué cosas!, tiene cura… Gritan, piden auxilio de mil maneras, aúllan, lanzan mudos alaridos…, pero en esos casos solamente la Parca parece escuchar su clamor porque la sociedad permanece sorda, muda e indiferente ante estos daños. No hay sonrisas ni lugares seguros o refugios a prueba de dolores para estas criaturas. Los acosadores apenas son reñidos —soy padre de una niña que sufrió eso con la connivencia del Estado, personificado en una alianza entre la Consejería de Educación de Alcalá de Henares, la directora del colegio y los profesores del colegio al que iba, porque esos casos escandalosos y crueles no convenía que se difundieran en la límpida sociedad de mierda que hemos creado—, si es no nada más que retados o reídos en sus gracietas estos pequeños criminales desalmados.

Algunos suicidas, según se dicen los expertos, padecen enfermedades mentales; pero ¿quién está hoy en sus cabales o la desesperación no le conduce alguna vez a la obsesión de ver negro el futuro? Un futbolista gana en un año lo que trescientos seres humanos de a pie trabajando toda su vida, madrugando, aguantando una vida de estrecheces y privaciones, y hasta la de quinientos que trabajen a salario base. El mundo se descuartiza de dolor, renquea su esqueleto de espanto ante tragedia cotidiana y le rechinan los dientes de miseria como si tuviera las encías rellenas de tierra, y nosotros, los «probos ciudadanos», entretanto ajenos esa desdicha atiborramos los campos de fútbol con alirones, nos reímos de lo que sea, desperdiciamos el tiempo o simplemente a toro pasado derramamos lágrimas de plástico por un calvario ajeno que no hemos querido evitarlo y en el que con nuestra indiferencia hemos puesto la cruz y los clavos.

Hay asociaciones de mujeres maltratadas, hay fondos de ayuda, psicólogos, forenses, policías, jueces, gobiernos empeñados en acabar con esa lacra…, y eso es bueno, aunque sean más que dudosos los resultados; pero ¿qué hay para los desesperados?... Nada, oscuridad, incomprensión, indiferencia…, ignorancia. La ignorancia es peor de todos los males, acaso junto la inacción cuando se puede hacer algo. Cada tres días muere una mujer a manos de un loco o un trastornado, y hay que hacer lo necesario para evitarlo; pero en ese mismo lapso setenta personas mueren silenciosamente por su propia mano sin que ni siquiera su tragedia se asome a los telediarios.

Somos todos culpables de esto, lo es el gobierno con su inacción y su silencio, la sociedad con sus escaparates y los sueldos de estrellas que entregan a los que nos entretienen, cada uno con su no hacer nada. El mal avanza porque los buenos pasamos de todo. ¿Qué clase de sociedad estamos creando, qué clase de mundo es este en que cada quien va a lo suyo ignorando a los demás, metiendo las manos en los bolsillos, inútiles, sin tendérselas a nadie? Es preciso abrir en todas partes hospitales para desesperados con toda clase de doctores expertos en la solidaridad y el abrazo; es preciso que las iglesias abran centros de emergencias que no cierren ni de día ni de noche para almas atormentadas; es imprescindible que los hombres nos sintamos carne y hueso como los de estos hermanos, hijos, amigos, queridos que han caído por fatalidad en la oscuridad siniestra de sentirse atrapados en un infierno real o imaginario. Son necesarios muchos brazos, muchos pechos, muchos consuelos que para estas criaturas no se sientan abandonadas a la suerte de una muerte solitaria.

Llamo al hombre, clamo al ciudadano, exijo con el rigor de todos los verbos a todos los dirigentes, a los políticos y a las Iglesias, que hagamos una barrera que contenga esta oleada de muerte amordazada y condenada al silencio que nos abruma. Dicen que quien salva una vida salva al mundo, pero ¿qué sucede cuando pudiendo no la salvamos? Podemos, debemos evitarlo, siquiera sea construyendo entre todos un dique que contenga a los desesperados. Si precisan doctores, que los tengan; si psicólogos, a puñados; y afecto, miles de abrazos y de besos y de haberes, que si en la tierra abundan personas malas, también quedamos algunos buenos.

Sería intolerable una guerra de un millón de muertos en un conflicto abierto, pero parece muy asumible en un conflicto cerrado… cada año. Un millón de muertos, casi medio sólo en Europa, entre cuatro y seis mil personas únicamente en España. La guerra está aquí, a nuestro lado, y tal vez sea la hora de que algunos, ojalá que todos, comencemos a movilizarnos para evitarlo y que nos levantemos en armas de afecto y de actos —no de gestos— solidarios. Salvar una vida es bueno; seis mil, mucho mejor; medio millón un triunfo; y un millón, un milagro. Aspiremos al milagro: tendamos puentes sobre el abismo.

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