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No es guerra, sino Agenda 2030


© Ángel Ruiz Cediel - 4 de julio de 2022

En los campos de Ucrania ha montado imperio la muerte. Todos los días se matan con saña ucranianos que no odian a los rusos y rusos que no odian a los ucranianos. Ambos bandos son alentados a la matanza por multitud de naciones que no participan en la guerra, pero que se enriquecen con ella al mismo tiempo que amiserian a sus propios países.

Somos las víctimas calculadamente colaterales de la guerra: en Ucrania, muchos civiles pagan con su vida la barbarie de la geopolítica; en Europa, el fantasma de la necesidad ha arrollado incontables hogares y en lontananza se vislumbra de lo que muchos expertos dicen que es una inevitable confrontación militar global.

Hasta ahora a nadie le importó la matanza que se estaba llevando en Ucrania desde 2014, dirigida por las autoridades nazis emergidas del golpe de Estado de ese año que financió el padre de las Primaveras Árabes y las Revoluciones de Colores. A nadie, porque todos los ciudadanos solo comprenden como real lo que los medios difunden, a pesar de que todos saben que estos siempre mienten porque son propiedad de esos mismos socios del padre de las Primaveras Árabes y de las Revoluciones de Colores.

Tampoco a nadie le importan en absoluto aquellos otros seres humanos que mueren en las incontables otras guerras que se libran en estos momentos en otros confines del mundo.

Sin embargo, a los medios solo les importa esta.

Algunos medios —casi todos—, suelen recurrir a la emotividad de personalizar la guerra dando una visión humana de la misma, entrevistando a algunas de las víctimas para que narren su tragedia a fin de que la guerra llegue al corazón (irreflexivo) y no a la mente (intelectiva), cual si las víctimas del otro lado no merecieran empatía alguna.

Se humaniza a unos con el objeto de deshumanizar a los otros.

Pero ¿por qué solamente le importa a los medios la guerra de Ucrania y van lentamente mentalizando a la población de que inevitablemente llegaremos a una recesión brutal, primero, y a una guerra mundial, después?

Pues porque no se trata de una guerra, sino de la implantación de una Agenda.

Todo debe empeorar antes de que mejore, decía Marilyn Ferguson.

Por lo tanto, los daños producidos por la guerra, el sufrimiento, la destrucción y la brutal contaminación de todos los medios naturales entran dentro de los cálculos. Pero no me refiero a los cálculos de los que dan la cara, los gobernantes o los mandos militares, sino a los de quienes controlan la realidad y pretenden unos objetivos muy concretos.

Si se analizan los dramáticos sucesos a los que me refiero se le puede dar un enfoque económico, y sería cierto; pero no lo sería menos el enfoque geopolítico, ni el de dominio y control, ni tampoco el social-globalista.

Todos son ciertos, sin duda; pero, a la vez, todos secundarios.

El objetivo principal es el establecimiento de la Agenda 2030.

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Ninguno es nadie



© Ángel Ruiz Cediel - 30 de junio de 2022

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de pandemias.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de guerras.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de aborto.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de eutanasia.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado mucho de crimen.

Los pregoneros de la muerte imparten día y noche su misa negra de horror y nos muestran descarnadamente con su liturgia de prensa y televisión y redes que debemos rendir adoración a la muerte, que debemos amar la muerte, ya sea de los otros, la de los nuestros o aun la propia.

Los pregoneros de la muerte nos han enseñado tanto a amarla que muchos ya odian o ningunean el asombroso milagro de la vida.

Pero me niego, lo niego, los niego porque amo la vida con todas sus incertidumbres y con todos sus miedos, con sus contadas alegrías y sus exagerados llantos.

Amo a los niños que serán un día adultos que irán vistiendo su risa desdentada con marfiles de leche nueva y dientes de luna y de encías despobladas.

Amo a los hombres y a las mujeres, protagonistas cada uno de su propia historia y personajes secundarios de las ajenas.

Amo el latido de la existencia, con su sístole de emoción y su diástole de apasionamiento.

Amo el movimiento, porque lo parado está quieto, inmóvil, fijo, clavado, muerto.

Renuncio a escuchar el pregón enardecido de los agoreros.

Renuncio a la muerte de su oscura prosodia y a al sufrimiento, aunque sea de otro, y a la muerte de cualquiera, porque ninguno es nadie, y la trivialización del dolor y la tristeza y el hambre y la destrucción.

Nos han enseñado mucho de muerte, precisamente los que adoran a la muerte, esparciendo su cizaña desde los medios y la política para que también los hombres la amemos y comprendamos que otros han de morir por nuestro bien, que es el bien de los pregoneros aunque los muertos sean los nuestros.

Nuestros son los niños que languidecen y mueren de hambre.

Nuestros son los seres humanos que yacen en la miseria en las cuatro esquinas de la tierra.

Nuestros son los hombres que mueren en las trincheras de todas las guerras.

Nuestras son los seres que conforman las familias de aquellos que los han forzado a matar o morir en las batallas que producen los dueños de los pregoneros de la muerte.

Nuestros son los que quedaron sin casa y con luto.

Nuestros son los que son empujados a emigrar a otros confines para salvar a los que aún les restan o para salvarse de los males que producen los dueños de los pregoneros de la muerte.

Y no niego a ninguno, porque ninguno es nadie.

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España, sol y asco


© Ángel Ruiz Cediel - 29 de junio de 2022

El Estado jamás crea riqueza: dilapida la de los ciudadanos, robándosela.

Como máximo, puede crear las condiciones para que los ciudadanos la generen para luego robársela, y esto solamente cuando un estadista se halla al frente de la nación.

Sin embargo, esos tiempos pasaron ya hace mucho.

Hoy no existen los estadistas: son una especie extinta.

Hoy solo hay presidentes o reyes interesados solamente en su propio enriquecimiento personal y/o en su egolatría: el Estado les da lo mismo. Saben que, al final, ni siquiera las cosas de su Estado dependen de ellos, sino de un reducido grupo de personas que, incluso a veces, ni siquiera son conocidos pero que son propietarios de sus naciones.

Por hacernos una idea, a la muerte del último estadista español, Francisco Franco, la deuda de España no llegaba al 10% del PIB, con una presión fiscal del 17,9% del PIB, entretanto hoy la deuda de España es del 117,2% del PIB y la presión fiscal 37,5% del PIB.

Dicho con otras palabras: lo que diferencia a un estadista de un presidente actual es su interés por su propio país. Los estadistas tenían solamente interés en su país y gobernaban a futuro, entretanto un presidente trata de obtener la mayor cantidad de beneficios personales (riqueza o fama egolátrica) durante los escasos periodos de sus mandatos.

Naturalmente, lector, puede que no te caiga bien Franco, siquiera sea por lo que dicen de él sus enemigos, que son los que no pueden comparársele porque quedarían tan mal que sería casi delictivo; pero los fríos hechos son incontestables, y ahí están los datos.

Un niño que nazca hoy en España, viene al mundo con una deuda de 32000 euros.

Casi nada.

Los estadistas vivieron y murieron. Hoy, no queda ninguno en ninguna parte. Solamente hay, como digo, presidentes oportunistas, muñecos de márquetin creados por poderes que ni siquiera dan la cara.

Estos personajes gobiernan, aparte de por los mandatos que esos seres oscuros imparten desde sus tinieblas, por encuestas o por la aceptación o el rechazo que experimentan en las Redes. Gobiernan en base a filigranas que compren votantes, haciendo lo que sea necesario hacer para obtener alguna ventaja electoral. Y si no tienen dinero para comprar votantes, suben los impuestos y listo.

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La conjura de los necios



© Ángel Ruiz Cediel - 29 de junio de 2022

Decía Groucho Marx que «si alguien habla como un estúpido, se comporta como un estúpido y parece un estúpido, no se confundan: es un estúpido».

Pero ¿qué diferencia a un estúpido de quien no lo es? Sin duda su inteligencia.

Una persona inteligente está claro que no es estúpida.

Y ¿qué es la inteligencia?

Según el DRAE, en sus dos primeras acepciones es: 1. la capacidad de entender o comprender; y 2. la capacidad de resolver problemas.

Con esto nos basta para concluir que, a tenor de sus actos y los resultados de estos, es obvio que Occidente no está dirigido por personajes inteligentes.

Puede ser, lector, que seas un profundo creyente de una de las tres religiones abrámicas, con lo que el primer punto (capacidad de entender o comprender) por sí mismo te resultará superficial: el drama humano fue escrito con tildes y comas antes de que incluso comenzaran los tiempos, de modo que no hay nada que suceda, por insignificante que esto sea, que no esté contenido ya en el drama divino que interpretamos. Dicho con otras palabras y usando el famoso aserto sumerio: «a los dioses les corresponde el qué y el cuándo, y a los hombres solo el cómo.»

Dios, al fin al cabo, es omnisciente y todopoderoso y no hay nada en su obra dejado al azar.

Otra cosa es que no entendamos el guion y, mucho menos, el propósito del mismo; pero sin duda lo tiene. Únicamente se trata de que la inteligencia divina es incognoscible para la mentalidad humana.

Él, Dios, conoce y sabe todo cuanto ha sucedido, sucede y sucederá, y sabe cómo vas a actuar ante cada situación que enfrentes porque conoce tus limitaciones (te las puso Él), tus capacidades (te las concede Él) y tus propensiones (conoce bien a fondo tu brillantez y/o tu estupidez).

Claro, te preguntarás que, en tal caso, ¿dónde queda la libertad individual? Y la respuesta es que por supuesto en el cómo enfrentas las situaciones que te presenta la vida.

Uno de mis personajes -en una novela que trata de acercarse a la mentalidad incognoscible divina a través de un escritor (lo mínimo) respecto del Gran Autor (lo máximo)- razona ante su maestro, diciéndole que Dios somete a los hombres a pruebas que no comprenden para que estos le demuestren si son de los suyos o no; y su maestro le replica que no, que eso ya lo sabe, que lo hace para que lo sepan ellos.

Sin embargo, si eres un creyente de poco calado o sencillamente no eres creyente, sin duda tendrás la falsa certeza de que tu destino te lo forjas tú mismo, que tus ideas son tuyas y que resuelves problemas debido gracias a tu preclara inteligencia personal.

Y no puedes estar más equivocado.

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Mentiras


© Ángel Ruiz Cediel - 18 de junio de 2022

Habitamos el imperio de la mentira.

De hecho, prácticamente todo cuanto damos por cierto, es simple y llanamente mentira.

De todos es sabido que la herramienta básica del ejercicio del poder es la mentira. Luego vienen otras también importantes, como la fuerza, Hacienda, la Justicia, las Leyes y todo eso; pero incluso esas herramientas están basadas en la mentira.

Podríamos comenzar con el origen del hombre, por ejemplo, y, aunque la inmensa mayoría da por cierto lo que sigue siendo una teoría sin demostrar como la de la Evolución de Darwin, casi todos afirmarían que esta loco o que no está en sus cabales aquel que la niegue. Si además este supuesto negacionista afirmara que la Tierra es plana como una mesa, que está cubierta con un domo (como la tapa de una quesera) y que el universo es acuático, sin duda lo encerrarían para siempre y tirarían la llave.

Y, sin embargo, es verdad: somos la creación divina, el objeto en disputa del universo (la Creación), y nos encontramos en un recinto cerrado del que nadie puede escapar.

Se han llevado a cabo miles de experimentos para demostrar que la tierra se mueve, pero ninguno de ellos ha dado resultado positivo. La Tierra no solo es plana, sino que está quieta, anclada, fija, y es el universo el que se mueve.

Por otra parte, no existe ni una sola fotografía del supuesto planeta que habitamos, a pesar, supuestamente, de que hay miles y miles de satélites dando vueltas alrededor de la Tierra. Satélites que ni siquiera sirven, como aseveran quienes pretendidamente los han puesto ahí, para dar cobertura telefónica, porque si lo hicieran ¿cómo es posible que aquí tengas cobertura y unos metros más allá no o que en esta región sí y en aquella no? O, todavía, ¿para qué seguir instalando por doquier antenas de radio o telefonía y tirar kilómetros y más kilómetros de fibra óptica bajo tierra y aún bajo los océanos?

En fin que la Tierra es plana, y punto.

Quien lo quiera comprobar por sí mismo, que lo haga, que ni es difícil ni es caro.

Pero, y eso de que venimos del mono, ¿qué me dicen?

Si los poderes aceptaran que la Tierra es plana, tendrían aceptar, o sí o sí, que somos un producto divino; es decir, que hemos sido creados ad hoc por Dios mismo. Y, claro, en tal caso se les cae el chiringuito, porque todo cuanto soporta es sistema es contrario a los designios divinos. Más allá de que las élites son satánicas o satanistas (todas, sin excepción) y, por lo tanto, contrarias a Dios, desde la banca y sus intereses hasta el aparentemente inocuo entretenimiento, todo resultaría tan contrario a la ley divina que no quedaría más remedio que pensar que los poderes nos quieren alejar del Creador, o, lo que es lo mismo, condenarnos con ellos.

Tal y como decía al principio, somos el objeto central de la Creación, el territorio en disputa entre el bien y el mal.

Ya he explicado todo esto con detalle en mi novela La otra —irreverente, pero verdadera— historia; pero haré un resumen a vuelapluma: todo el poder de los hombres es satánico o satanista, y las élites son los descendientes de los Vigilantes que se mencionan en el Libro de Enoc.

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El fruto de la estupidez



© Ángel Ruiz Cediel - 18 de junio de 2022

Las piedras preciosas eran lo más selecto de la naturaleza antes de que aparecieran los hombres sobre la faz de la tierra, fueron lo más apreciado por estos en todas las culturas cuando por fin fueron creados, lo son hoy y lo seguirán siendo cuando nos extingamos. Y son lo más selecto de la naturaleza por su excepcionalidad, por su belleza, por su perfección cristalina y por la forma especial en que captan la luz, la concentran y la reflejan.

Ninguna otra materia se puede comparar con la de las piedras preciosas.

Incluso, para magnificar su esplendor, se dice que el paraíso está cubierto de ellas.

Puertas de piedras preciosas.

Techos de piedras preciosas.

Muros de piedras preciosas.

Avenidas de oro puro jalonadas de piedras preciosas.

Naturalmente, a nadie que quisiera ensalzar algo como magnífico se le ocurriría referirse a puertas de tablas o lata, muros de adobe o calles de barro y boñigas.

Lo excepcional, exige lo excepcional.

Y en la naturaleza, claro, hay de las dos cosas: en superabundancia lo vulgar, lo mezquinamente necesario; y lo excepcional, lo maravilloso, lo sublime, en proporciones mínimas, raras, muy difíciles de encontrar.

Así en la tierra como en el cielo.

Lo malo, lo feo, lo estúpido, abunda.

Lo excepcional, lo sublime, escasea.

Ya saben, eso de muchos serán los llamados y pocos los escogidos: pocos, muy pocos, los sublimes; de los otros, sobran.

En la naturaleza todo es homotecia de la misma cosa. Fractal, si lo prefieren. Quiero decir que lo mismo se replica en todas partes con idéntica geometría, porque esa geometría de base es Dios, la Creación, la Ecuación Divina. Y entre los hombres, como no puede ser de otro modo, abunda lo malo sobre lo bueno, lo vulgar sobre lo excepcional y la horridez o lo insignificante sobre lo bello y lo valioso.

En la Historia son necesarios millones, miles de millones de estúpidos para producir un solo genio; un avatar, ni digamos; y para alumbrar a uno de esos hombres que han sido faros de la humanidad, la cifra habría que elevarla a cientos de miles de trillones de hombres vulgares.

No vale lo mismo un genio que un estúpido.

No es lo mismo una obra sublime que paja encuadernada, aunque ambas puedan parecer libros.

No es lo mismo una obra de Miguel Ángel o Leonardo que otra de Miró o Picasso (a otros pinta-lo-que-sea, ni los mencionamos), aunque las obra de cada uno tengan el título de arte.

No es lo mismo un diamante que un pedazo de carbón, aunque ambos sean carbono.

Y no es lo mismo un zafiro o un rubí que un guijarro, aunque todas pertenezcan al Reino Mineral.

Puede que el guijarro sea necesario, como el barro y la humilde tierra: pero ser necesario no los convierte en excepcionales. Tal vez, su principal utilidad está en su mera existencia para que destaque con mayor vigor la belleza de lo sublime sobre lo mezquino de su materia.

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Los inocentes


© Ángel Ruiz Cediel - 15 de junio de 2022

Si sobrevuelo los campos y ciudades de la Ucrania de hoy, sin duda me encontraré con un sinnúmero de cadáveres de soldados rusos que fueron a morir a aquellas tierras, frecuentemente sin saber siquiera por qué; pero al menos me encontraré con otros tantos de soldados ucranianos que les han robado su existencia por las mismas cusas, y seguro que avistaré también un incontable número de cuerpos de hombres, mujeres, niños y ancianos que solo anhelaban un futuro de paz para sí y sus familias o un futuro a secas. Todo ello, como instalado en un remedo del infierno, en un decorado distópico de ciudades destruidas y quemadas, tierra arrasada pavimentada de cuerpos desmembrados, madres llorando la muerte inútil de sus hijos, hijos llorando la muerte inútil de sus padres, luto, deseseración, calamidad…: son los inocentes.

Decía Erich Hartman que “la guerra es el lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”.

Y es verdad.

Esos jóvenes rusos y ucranianos podrían ser o haber sido, en otras circunstancias, excelentes amigos.

Sin duda reirían juntos.

Beberían.

Jugarían.

Bromearían.

Se harían confidencias de amigos, porque la amistad no tiene fronteras ni entiende de razas o de nacionalidades.

Sin embargo se matan entre sí.

Con rabia.

Con crueldad.

Con odio en sus corazones.

Lo hacen así, porque de ese modo se lo han ordenado. Han deshumanizado a quienes tienen enfrente para que puedan matarlos sin cargo de conciencia, sin remordimientos, como el que mata un animal, siquiera sea por entretenimiento. Si es al enemigo, todo está permitido: no hay espacio para el pecado y no debe haberlo para la culpa. Se trata no solo de vidas prescindibles, sino de necesariamente abominables que deben ser arrancadas del mundo como una mala hierba.

En muchos batallones de ambos bandos hay pelotones antirretroceso de soldados armados, que son los encargados de matar a quienes den la espalda al enemigo o pretendan rendirse. En las retaguardias, los pelotones de fusilamiento esperan impacientes la carne despreciable de los que no desean manchar sus manos con la sangre de otros hombres inocentes como ellos, igual que ellos, que aspiran a lo mismo y que tienen parecidos anhelos y deseos.

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No en mi nombre



© Ángel Ruiz Cediel - 6 de mayo de 2022

La Bestia va y viene por la historia. Una vez tras otra. Llega, desbarata las naciones con sus garras, desgarra a los hombres —ángeles fallidos— con sus dientes, eclipsa de pánico los sueños de paz y futuro, y ahoga en sangre las esperanzas de los pueblos, llenando los corazones de luto y amargura.

Yo no estaba cuando entonces; aún no había nacido. Cuentan quienes lo vivieron que jamás hubo tiempos tan oscuros: los relojes se atascaban en horas eternas; las calles eran canales de muerte; cualquier muro, un paredón de fusilamiento; no hubo dios en las iglesias, ni libertad sin cadenas o un secreto pensamiento que fuera luz en aquella tiniebla, so pena de muerte. Permanentemente aullaban las sirenas, en los campos sembraban cadáveres y el terror se escondía tras cada esquina, anidaba al amparo de cada sombra y calaba con su pecina todas las almas.

Muchos no reconocieron a la Bestia cuando llegó al reino. Vino ungida de cosméticas, ensalzada por los medios y vitoreada por sus devotos. Escondía su horridez en un verbo exuberante y florido, y su contrahechura en la seducción de una geometría perversa que prometía falaces placeres indescriptibles; pero quien quiso ver, pudo hacerlo: concurrían en abundancia los acentos de muerte en su semántica y su timbre renunciaba a cualquier significado de la vida.

Mientras sus prosélitos la glorificaban, los prudentes callaron por prudencia; por tibieza lo hicieron los tibios y los cobardes por cobardía. Nadie dijo nada; nadie se la opuso. Una bravía ola de silencio sobrecogió todas las almas, cuando la bestia escarbó el suelo y apuntó a los tendidos con sus astas.

La Bestia se sintió cómoda entre el regocijo de sus siervos y las reverencias de pánico de quienes la temían, hincó sus pezuñas en el fango de la patria y, empuñando como un arma la mentira, disparó a quemarropa su loa de odio y resentimiento, proclamando mil edictos raciales al tiempo que señalaba a las víctimas que habían de ser sacrificadas en la misa negra de la maldad, para honor del siniestro dios del abismo al que servía.

Entonces fue cuando comenzaron a ser asesinados los inocentes. Los de allá lejos y los de acá cerca conocieron el verdadero rostro de la Bestia. La muerte se extendió como una gélida sombra siniestra por las naciones, las ciudades y los campos, y los hombres supieron que conocía todos los nombres y los apellidos, los credos, los sueños, las esperanzas…

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El goteo de la miseria


© Ángel Ruiz Cediel - 22 de abril de 2022

Todos los focos en la pandemia: confinamientos ilegales, decenas de miles de muertes no esclarecidas, información tergiversada, censura anticonstitucional a la discrepancia y todos los aparatos de propaganda —televisiones, radios, prensa— entregados a una orgía obligatoria y sin contestación de lavados de cerebro de las ciudadanías, con el fin de polarizarlas emocionalmente contra la disidencia oficial y convertir en verdad, por repetición constante, las reiteradas falsedades que proclaman.

Todos los focos en la energía: subidas tan irracionales como injustificadas de hasta el 1633% de los precios de la electricidad (de 40 € en 2020 a 700 €/kw en marzo de 2022), problemas con los suministros, problemas con los combustibles, problemas con el gas y todos los aparatos de propaganda —televisiones, radios, prensa— entregados a una orgía obligatoria y sin contestación de lavados de cerebros de las ciudadanías, con el fin de justificar lo que de ninguna de las maneras se puede justificar y mucho menos entender.

Todos los focos en la guerra de Rusia y Ucrania: implantación del Pensamiento Único, proscripción de cualquier información contraria a la oficial, censura en las redes, información tergiversada, legislación para convertir en delictiva cualquier disidencia y todos los aparatos de propaganda —televisiones, radio, prensa— entregados a una orgía obligatoria y sin contestación de lavados de cerebros de las ciudadanías, con el fin de polarizarlas emocionalmente según intereses espurios, usando imágenes de las víctimas para sobredimensionar la tragedia.

Durante casi tres años, el mundo se ha detenido ante las televisiones y el ululato permanente de alarmas de los altoparlantes sociales: pandemia, encarecimiento, inflación, guerra…

Da la impresión de que, o están sonando las trompetas del Juicio Final, o alguien está jugando con la realidad para conducirnos a no se sabe qué clase de siniestro paraíso. Tal vez Agenda 2030.

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La gran misa negra



© Ángel Ruiz Cediel - 22 de abril de 2022

Resulta difícil de explicar y es casi imposible de comprender, si es que se contempla cuanto sucede con ojos de hombre. ¿Cómo es posible que uno de los ejércitos más poderosos de mundo sea detenido por el minúsculo ejército de un país de tercer orden? ¿Cómo es posible que uno de los ejércitos más poderosos del mundo consienta que multitud de naciones armen a su supuesto enemigo para que exterminen a sus tropas, sin intentar siquiera cortar las líneas de intendencia y suministro? ¿Cómo es posible que un ejército en guerra provea a sus adversarios y enemigos de energía para que le combatan, mientras esos adversarios y enemigos expropian sus haberes en todo el mundo y le bloquean?

Que nadie se equivoque: detesto la violencia en cualquiera de sus formas, física, intelectual, emocional y de cualquier otro tipo; pero quiero comprender, y en este asunto algo apesta. Da la impresión de que, más que un conflicto armado, estamos ante una puesta en escena de una operación de mayor calado que se celebra lejos de los campos de batalla en los que son sacrificados los inocentes, para desviar la atención de las masas de Occidente y polarizarlas en la dirección que les interesa a los manipuladores.

En realidad, lo que se está ejecutando es toda una misa negra: con su oficiante o su sacerdote de la muerte; con sus fieles hipnotizados por la liturgia de la muerte y la propaganda del pensamiento único promovido por la Iglesia de la Muerte del Nuevo Orden; y con sus víctimas sacrificiales, que son los inocentes, para mayor gloria del dios negro al que se realiza la ofrenda.

A Rusia la obligaron a la guerra. Dicho en palabras bíblicas: «He aquí, yo estoy contra ti, oh Gog, príncipe soberano de Mesec y Tubal. Y te quebrantaré, y pondré garfios en tus quijadas, y te sacaré a ti y a todo tu ejército, caballos y jinetes, de todo en todo equipados, gran multitud con paveses y escudos, teniendo todos ellos espadas» (Ezequiel 38: 3-4).

Rusia no tenía opción: la guerra o su extinción.

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Sea el más gilipollas


© Ángel Ruiz Cediel - 6 de abril de 2022

Según confiesan los estudios realizados, los individuos están perdiendo inteligencia a un ritmo de 2,4 a 4,3 puntos por decenio.

Dicho en otras palabras, cada día que pasa somos más estúpidos.

Entre las causas de esta pérdida de inteligencia que ha invertido el efecto Flynn, se encuentran: la degeneración del Sistema Educativo (especialmente en España), las Redes Sociales, los vídeos, la televisión, las teleseries, la falta de lectura, la reducción de la interrelación con los semejantes y, en menor medida pero importante también, causas ambientales (contaminación, pesticidas, plásticos, mercurio, etc.) y alimentarias (transgénicos y franquicias de la comida basura).

Vamos, que si estamos progresando, estamos haciendo un pan como unas hostias.

De hecho, para mantener el estándar de un cociente intelectual (CI) de 100, las autoridades, debido a la inversión del efecto Flynn (somos cada día más estúpidos), retocan el CI promedio en más de 3 puntos desde hace al menos 10 años en España. Es decir, que en vez de confesar que este año tenemos 97 puntos donde el año pasado teníamos 100, trucan la tabla para que sigamos teniendo 100 puntos de CI promedio pero hay 3 puntitos de regalo.

No hay certeza desde cuándo se lleva a cabo esta práctica en cada país, aunque sí la tenemos de que la inteligencia cae en picado desde hace unos 40 años.

Alarmante, ¿verdad? Pero, a la vez, muy explicativo de por qué las sociedades degeneran tan rápidamente: nunca ha habido tantos licenciados superiores ni tantos estúpidos (estos últimos incluso entre los licenciados superiores).

Cuando tras la muerte del dictador (Franco) impusieron la democracia parlamentaria como fórmula de gobierno, me pregunté «¿Nos hemos vuelto idiotas, acaso?»

Solo el 15,8% de la población tiene a día de hoy un CI superior a 100. De este 15,8% el 2,2 tiene un CI superior a 115 puntos (gran inteligencia o inteligencia superior), y apenas el 0,13% tiene un CI superior a 130 (superdotados).

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Bloody times



© Ángel Ruiz Cediel - 18 de marzo de 2022

La población no comprende nada; tienen que ordenarla los mass-media con su basura propagandista qué pensar: ni entendió nada de la falsa pandemia que exterminó impunemente a más de cinco millones de seres humanos, ni comprende que están sacrificando al pueblo ucraniano en un «bloody fest», parte del programa 2030 y anticipo de la fiesta mayor —nuclear— que están por desatar en los próximos meses.

Rusia fue empujada a la guerra en una maniobra artera y simplona, cayendo en una trampa que no podía rehuir salvo a riesgo de su propia extinción. Rusia debe caer de la parte de la Agenda 2030 —ha de ser universal— o Rusia no debe ser. Los mass-media se han ocupado de que nadie sepa que los inocentes ucranianos estaban masacrando desde 2014 a los inocentes ucranianos que no querían ser ucranianos, y lo hacían con un salvajismo propio de hermanos; ni siquiera los ucranianos que sienten en su piel ahora lo que han estado sintiendo esos otros ucranianos desde 2008 quieren saber nada de eso, porque todos nos hemos hecho hedonistas, y a nadie le importa el sufrimiento del otro, sino el propio, de modo que es un demonio el que me hace sufrir a mí, pero que sufran los demás no me importa.

Además de la verdad, otra de las víctimas de este episodio bélico es la empatía: lo que parece serlo, es pura hipocresía, falsedad, mentira.

Que mueran los rusos, que mueran los ucranianos rusohablantes, que mueran los sirios, que mueran los eritreos, que mueran los iraníes; pero que viva yo, y que viva bien.

Nunca ha habido tal conmoción universal por las víctimas de un conflicto como está sucediendo con el ruso-ucraniano, y no porque sea atroz —no se han producido ni una pequeña fracción de las víctimas que se perpetraron en el sirio, por ejemplo—, sino porque los mass-media lo han magnificado incluso con actores, lo han sacado de contexto con la más aberrante prosodia y machacan día y noche con las dos o tres imágenes particularmente manipuladoras de las emociones, un poco al modo y manera del lavado de cerebro que nos hicieron con la falsa pandemia.

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La manzana


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La Hora


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Listas negras


© Ángel Ruiz Cediel - 15 de marzo de 2022

Duele escuchar o leer en los mass-media que en Rusia se practica una censura férrea, acaso pretendiendo ocultar que aquí, en Occidente, se hace exactamente lo mismo. De hecho —y perdóname si te ofendo—, tan dictadura es esta como aquella. No más o menos: igual de dictadura.

¿La censura ha nacido como consecuencia de la guerra? La respuesta es: tajantemente no. Podríamos retrotraernos al tiempo de la pandemia, y, con sentencias firmes incluidas, nuestros gobiernos ya conculcaron todos nuestros derechos civiles y constitucionales así, por las bravas, no solo encerrándonos como delincuentes sin haber cometido delito, sino también implantando la censura de un modo sistemático. No se admitía en ningún medio o red social ninguna clase de opiniones que discrepara de la oficial. La libertad murió oficialmente entonces, y ya no será rehabilitada: el poder ha comprendido que puede hacer lo más descabellado con total impunidad, e incluso con el aplauso de los ciudadanos.

Tal vez me conozcas o tal vez no. Soy autor (no escritor), y tenido la ocasión de haber quedado finalista de todos los certámenes literarios con más peso en la lengua española: el Rama Dorada, el Azorín de novela, el Fernando Lara de Novela, el Ateneo de Sevilla de novela y el Planeta, este en dos ocasiones distintas. Esto, sin contar los innumerables premios menores que sí me dieron el galardón y los de importancia media que, habiéndolos ganado, me negaron el premio porque mi literatura era “demasiado cristiana” en unos casos, o “demasiado comprometida” en otros.

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La muerte tiene un precio


© Ángel Ruiz Cediel - 13 de marzo de 2022

Aunque entre 2010 y 2020 el precio de la electricidad en España dio para varias huelgas de los dedicados sindicatos y, tras su nacimiento, del partido de Soros, Podemos, dado que pasó de los 45,83 € el megavatio en 2010 a 40,37 € en 2020, alcanzando picos de hasta 62,84 € en 2019, lo que sucede en la actualidad (700 € el megavatio) no hay forma de justificarlo.

Todos los partidos que han pasado por el poder en España han favorecido de facto a las compañías de la energía, de modo que, en agradecimiento, estas han terminado por contratar (sin trabajar) tanto a los expresidentes como a los ministros del ramo, en ese fraude que se ha dado en llamar “puertas giratorias”: tú me beneficias con miles de millones torciendo leyes cuando estás en el poder, y yo te doy una vida de regalo el resto de tus días.

Una práctica delictiva, sin duda; pero que no le ha costado a ningún expresidente o exministro otra cosa que vivir como maharajás. Es decir: entraron en el poder muchas veces con lo puesto, y ahora son —impunemente— multimillonarios.

Así da gusto: ni un fiscal, ni un juez, ni un policía ha dicho nada. Ítem más, ni siquiera la oposición, porque la oposición sabe que este es el juego (son el mismo partido, la alternancia imprescindible que convierte la Política en un juego amañado para se vote a quien se vote ganen siempre los mismos), y que le llegará el turno. Tres expresidentes (del PSOE y del PP) y más de 20 exministros (del PSOE y del PP) están haciendo caja a lo grande con esto.

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Lemniscata


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La manzana


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Cortinas de sangre


© Ángel Ruiz Cediel - 4 de marzo de 2022

Tal y como anuncié con mis videos en las Redes durante la falsa pandemia del COVID, el Sistema ha tapado el genocidio perpetrado durante esta con una cortina de sangre: una cruenta guerra que todo hace pensar que estaba pactada, al menos por el Sistema que gobierna desde las tinieblas EEUU y la OTAN. En este sentido, se han filtrado mensajes de Nathaniel Rotthschild en los que se exige una guerra para debilitar a Rusia con sanciones tales que la devuelvan a la Edad de Piedra o, de otro modo, todo el plan que están llevando a cabo colapsaría.

La pandemia no ha podido ser más mortífera. En números redondos, han sido 6 millones de víctimas las del COVID (que como todos ya saben a estas alturas, es un anagrama que invertido forma la palabra DOVOC, la cual en hebrero significa «poseído por un demonio»); pero lo peor es que casi el 70% de la población occidental se ha inyectado una o varias dosis de vacunas que contienen, entre otras lindezas, luciferina, luciferasa y multitud de microcircuitos de grafeno que convierten a las víctimas en organismos electrónicos que pueden ser manipulados emocionalmente a distancia mediante las redes 5G, independientemente del veneno que representa en sí mismo el conjunto de estas sustancias y la alteración del ADN natural por el ADN mensajero que contienen esas vacunas, convirtiendo de este modo a los humanos en productos transgénicos.

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El retorno de los nazis


© Ángel Ruiz Cediel - 20 de noviembre de 2021

Cuando los nazis ganaban espacio en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial, los judíos estaban tranquilos. Incluso a menudo los nazis recurrían a ellos para solicitarles créditos.

Cuando los nazis alcanzaron el poder, los judíos seguían tranquilos por más que fueran hostigados. Preferían pensar que ese tipo de desmanes terminaría por ser controlado por el Estado a pesar del boicot económico del 33, de la Ley de Nuremberg del 35 que impedía su emancipación y de la Noche de los Cristales Rotos del 38. Siempre creyeron que todo eso se reconduciría al fin, causa por la cual la inmensa mayoría de los judíos se negaron a combatir al nazismo y aun a abandonar Alemania.

Cuando los nazis comenzaron la Segunda Guerra Mundial, los judíos estaban hasta cierto punto tranquilos; a los periodos de hostilidad contra ellos le solían seguir otros periodos de publicidad engañosa por parte del poder hitleriano, la cual parecía respetarlos.

Se consideraban tan alemanes como el que más.

Muchos de ellos habían muerto en la Primera Guerra Mundial por su amada patria.

«Alemania sigue siendo Alemania», decían desde sus publicaciones cuando comenzaron a perseguirlos. «Nadie podrá privarnos de nuestra fe y nuestra patria», aseguraban.

Y aún creyeron en Alemania cuando los metieron en guetos.

Ni siquiera cuando comenzaron a deportarlos a campos de concentración creyeron que iban a exterminarlos, sino a usarlos como mano de obra con fines militares.

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Tribulación


© Ángel Ruiz Cediel - 16 de diciembre de 2021

Que la democracia ha muerto, con la excusa de la enfermedad pandémica que nos asola, es un hecho incontestable; que la censura ha sido impuesta contra todas las constituciones democráticas, también; y que los Derechos Humanos se vulneran sistemáticamente desde todos los gobiernos, es algo a lo que los ciudadanos ya se han acostumbrado.

El mundo es ya una férrea dictadura fascista; Europa, también; y España, por supuesto, es la más servil y miserable de todas ellas.

La III Guerra Mundial ha estallado. Más que eso: la anunciada Tribulación ha presentado sus credenciales de arribo.

No se trata en este caso de un conflicto entre naciones, sino de ciertas sectas luciferinas y satánicas contra la población civil, especialmente los creyentes. Un conflicto que se extiende de confín a confín del planeta.

Los derechos civiles de los ciudadanos han desparecido. Ya no se puede viajar, tomar un café en un bar, comer en un restaurante o reunirse con quienes se desee, si es que no se tiene un pasaporte que solo se les concede a los que se han inyectado una sustancia que llaman vacuna, pero que no lo es porque ni inmuniza ni evita que quienes lo han hecho contraigan la supuesta enfermedad contra la que supuestamente se han vacunado, y aún que la transmitan.

La censura se ha cernido sobre la población mundial como una siniestra tiniebla. No solamente las Redes prohíben cualquier comentario, video o artículo discrepante con la verdad oficial que se difunde noche y día como un profundo lavado de cerebro desde todos los medios de difusión

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La manzana


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Crepuscular


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¿Negocio, ingeniería social o salud?


© Ángel Ruiz Cediel - 3 de diciembre de 2021

Por favor, corregidme si estoy equivocado.

La llamada vacuna contra el COVID no es una vacuna.

La llamada vacuna contra el COVID no inmuniza.

La llamada vacuna contra el COVID no evita que te contagies de COVID, solo disminuye el riesgo y puede ser —no es seguro— que atenúe los síntomas.

La llamada vacuna contra el COVID no evita que contagies a otros.

¿Por qué se ha de tener temor de que alguien no esté inyectado si esa supuesta vacuna inmuniza? Nadie teme a la viruela o a la tos ferina porque está realmente inmunizado (vacunado).

¿Cuál es el fin, entonces, de una vacuna que no es vacuna ni inmuniza?

¿Cómo la han podido conseguir en tan poco tiempo desde que se declaró la pandemia cuando la ciencia ha sido incapaz de desarrollar una vacuna contra la caries (mucho más sencilla porque se trataría de inmunizar al organismo contra una bacteria, millones de veces más grande y simple que un virus?

La llamada vacuna contra el COVID pierde la mayor parte de su eficacia —si la tiene— a los dos o tres meses de su inyección.

La llamada vacuna contra el COVID necesitará nuevas dosis para mantener su mínima eficacia, de tal modo que será necesaria una dosis más o menos cada 6 meses. Así lo afirmó el propio presidente norteamericano en un mensaje a la nación apenas llegó a la Casa Blanca.

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El fin de la libertad II


© Ángel Ruiz Cediel - 1 de diciembre de 2021

La realidad ya es pura distopía. El mundo es distópico, como lo son las sociedades, incluso los individuos. Los Derechos Humanos o las libertades constitucionales —las mismas que durante siglos han costado manifestaciones, revueltas, vidas—, han quedado anulados.

Naturalmente, en el sagrado nombre del bien común.

Pero la libertad, ha muerto.

Y, lo más grave de todo, es que los individuos lo han aceptado y obedecen. Lo asumen los gobiernos —corruptos—, lo asumen las organizaciones sindicales —corruptas—, y los partidos políticos —corruptos—, y las agrupaciones culturales —cobardes— y los individuos —¡pobres!—.

Lo dice la OMS, lo dicen los médicos —del sistema—, lo dicen los políticos, lo dicen los jueces.

Pero la libertad, con esto, ha muerto.

Ya no hay libertad de hacer o deshacer, de reunirte o no, de ir o venir libremente. Has de obedecer ciegamente al Estado totalitario: él dicta en cada momento qué has de hacer, cómo te has de comportar, de modo ha de ser tu atuendo. Tu vida no es tuya, ni tu libertad, ni siquiera tu propio cuerpo.

Puedes usar tu cuerpo para abortar —muerte— o para poner fin a tus días —muerte—; pero no puedes usarlo para sostenerlo tal y como la naturaleza y como Dios lo definió. Para los creyentes es el templo del Espíritu Santo, y meterle un tramo de ADN artificial viola el verbo divino que se define en el ADN original —adenina (A), citosina (C), guanina (G) y timina (T)—, convirtiéndolo en nadie sabe qué.

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Ángel Ruiz Cediel


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Lemniscata


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Aquelarre


© Ángel Ruiz Cediel - 16 de noviembre de 2021

Apariencias y realidad, están librando una cruenta batalla. Como Alicia, estamos mirándonos en el espejo: la apariencia en este lado del espejo es pragmática, moderna, limpia, ordenada; pero la imagen que refleja el espejo, que es la realidad, es caótica, absurda, primitiva, ridícula.

Nunca ha habido a nivel social mayor cantidad de titulados superiores, ha habido más información o se ha tenido acceso al conocimiento de una manera tan popular como sencilla. Está al alcance de cualquiera la información que desee, e incluso no necesita disponer de una enorme biblioteca doméstica o acudir a la universidad. Gracias a san Google, toda la información —auténtica y falsa— la tenemos al alcance de los dedos en el teclado del ordenador o del móvil.

Sin embargo, curiosamente, nunca ha habido más ignorancia.

Parte de todo esto se lo debemos precisamente a ese santo invertido de san Google y sus adláteres —Facebook, YouTube, Instagram y demás redes sociales— en las que cualquier pelagatos puede convertirse en gurú de lo más absurdo (te pueden enseñar incluso cómo masturbarte), exponerse hasta el ridículo por arañar algunos «likes», e incluso impartir lecciones urbi et orbi de lo más desquiciado, en la seguridad que nunca faltará una buena cantidad de descerebrados que vendan su alma a estos satanes traperos asalta-esquinas,

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Crepuscular


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La Hora


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La manzana


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El Nuevo Orden: la marca de la bestia


© Ángel Ruiz Cediel - 16 de noviembre de 2021

Lo que te voy a referir en este artículo es profundamente perturbador, como lo es mi obra «La otra —irreverente, pero verdadera— historia»; pero merece la pena que lo leas completo. Pudiera ser que, cuando lo termines, tu forma de ver la realidad haya cambiado de una forma definitiva, además de que, lo creas o no, en buena medida tu futuro depende de ello.

No lo sé; pero es posible que creas que hemos llegado al punto de la historia en el que nos encontramos por casualidad, porque hemos hecho lo que hemos hecho y nos han salido las cosas como nos han salido. Si este es tu caso, debe parecerte que muy mal hemos tenido que hacerlo para que nos encontremos en el punto de no-retorno en el que estamos. Sin embargo, te pregunto: ¿de veras puedes creer que hemos avanzado hacia atrás?... No; no me refiero a la técnica o la tecnología, sino a que da la impresión de que nos hemos ido haciendo cada vez más estúpidos como seres humanos, a la vez que progresábamos en los demás campos de la Ciencia. Y esto no es muy creíble.

Oficialmente hemos llegado a las estrellas, combatimos con éxito las enfermedades más severas, desarrollamos la inteligencia artificial, tenemos tecnologías que nos permiten manipular genéticamente a cualquier ser vivo, fabricamos órganos por impresión 3-D, robotizamos las tareas más complejas y un sin fin de logros más; pero, al mismo tiempo, regresamos a lo más básico y primitivo: sexualmente, volvemos a las manías del australopiteco rudimentario (si es que no de los micos), como si acabáramos de descubrir o nos centráramos solo en el sexo, y, no teniendo bastante con esto, cualquier cosa (si es rarita, mejor) nos vale, siendo que a buena parte de la especie le ha dado por llamar por la puerta de atrás; musicalmente trepamos a las cumbres de Brams, Debussy, Mozart o tantos otros para ahora suicidarnos con la música techno (o lo que sea), el hip-hop (o lo que sea), el rap (o lo que sea), e incluso del reggaeton (o lo que sea); en la arquitectura, alcanzamos las cumbres sublimes del románico, gótico, barroco, neoclásico y otros estilos, para ahora precipitarnos por esta aberración de guggenheimes, falos-edificio o las barbaridades propias de dementes con muchos dineros que convierten las ciudades en auténticos despropósitos;

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Distopía, la nueva anormalidad


© Ángel Ruiz Cediel - 30 de abril de 2020

Hay que reconocerlo, aun a nuestro pesar: tenemos el gobierno que merecemos. Y todo lo demás también, claro. Merecemos la corrupción que nos asuela, nos hemos hecho acreedores de esta engañifa conque nos roban libertades y derechos civiles y merecemos estar inclusos en esta danza de los condenados, obligados a permanecer recluidos en nuestras casas, a falta de cárceles, porque todos somos culpables.

Somos culpables de cuanto sucede porque no hemos hecho nada por evitarlo. Decía Edmon Burke que el mal avanza no porque los malos sean más o más inteligentes, sino porque los buenos no hacen nada. Y no hacemos nada, salvo aplaudir desde las ventanas, en un ejercicio de cinismo que nos hace merecedores de los peores males. No se aplaude por admiración de ningún colectivo —cada cual hace su trabajo y todos queremos hacer el nuestro, no habiendo ningún puesto, modesto o importante, que sea prescindible—, ni se hace por agradecimiento hacia ningún poder, porque es precisamente el poder el que nos ha condenado sin juicio ni haber cometido delito, privándonos del bien más sagrado, la libertad, restándonos nuestros derechos civiles y hasta queriendo controlar qué, cuándo y cómo tenemos que hacer lo que sea.

Aplaudir ante esto, es un insulto.

Nadie quiere entender lo que pasa, lo que nos están haciendo. Somos necios, ciegos voluntarios, cínicos insoportables que aplaudimos por apariencia y que después vigilamos a nuestros semejantes y hasta avisamos a la policía para que detengan violentamente a quien ose salir a la calle, porque todos tienen que ser tan esclavos como nosotros.

Es repugnante.

O hay otro calificativo.

Hace años fui columnista de algunos medios. Lo hice durante muchos años y publiqué miles de columnas que centraron la atención de muchos conciudadanos, la mayoría de las veces para insultarme o amenazarme a mí y a los míos, porque era libre.Pero me sentía en el deber de aportar lo que veía. No pertenezco a ningún partido, no pertenezco a nadie absolutamente, salvo a mi Dios. Y eso no era aceptable. Rojo para unos, fascista para otros, nadie entendía la libertad de ser lo que se es o utilizar la misma vara de medir para unos y otros.

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Distopía, la nueva dictadura


© Ángel Ruiz Cediel - 15 de marzo de 2020

España es una dictadura de facto. Los ciudadanos, hoy, tienen mucha menos libertad y menos derechos que en épocas infaustas del pasado reciente, en el que declarados dictadores procuraron controlar con severo rigor nuestras vidas. Silenciosamente, y con el pretexto de una pandemia que parece producir en España daños que pocos o ningún otro país del mundo produce, se ha implantado de hecho un régimen autoritario que nos ha robado nuestro bien más preciado: la libertad. Sin condena y sin delito, la totalidad de la población española se ha visto prisionera por orden de un gobierno supuestamente democrático, con una severidad tal que no afecta ni siquiera a los presos juzgados y condenados que habitan los penales, o aún, lo que es más humillante, a las mascotas. Un ser humano tiene ya, en la España de hoy, literalmente, menos derechos que un perro.

Importante esto, no lo olvide: menos derechos que un perro.

Los derechos inalienables de las personas han sido violentados por la fuerza. Los niños, han sido condenados a no poder salir de sus casas, impidiendo su natural desarrollo; los ancianos, también, y condenados a sentir cómo sus organismos y sus movilidades se degradan; y por supuesto los demás ciudadanos de a pie, condenándolos a un encierro obligatorio que traerá aparejado una enorme mortandad y una incalculable cantidad de problemas intrafamiliares y psicológicas permanentes.

Una atrocidad de todo punto de vista inaceptable. Sin excusas de ninguna clase. Nadie, nunca, ni los más terribles dictadores, se atrevieron jamás a tanto. Excepto estos dictadores enmascarados de buenismos que habitan La Moncloa, ocultando con máscaras de huecas palabras la execrable maldad de sus almas.

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Distopía, silencio de muerte


© Ángel Ruiz Cediel - 25 de abril de 2020

Quienes tuvimos ocasión de leer algo del «Informe Iron Mountain: sobre la posibilidad y conveniencia de la paz», nos quedamos perplejos. Sabios cientificistas, thinks-tanks y propietarios de algunas empresas multinacionales relevantes de EEUU, reunidos en el refugio nuclear del mismo nombre a instancias del gobierno de EEUU y presidido por Robert McNamara en 1961, concluyeron un trabajo en 1963 que trataba de definir cuáles eran las amenazas para la civilización en general y para EEUU en particular, y sus soluciones de futuro. Las conclusiones finales, alcanzadas bajo el mandato de J. F. Kennedy en 1963, fueron implantadas, aunque prohibidas en su difusión, por Lyndon B. Johnson, aunque para entonces ya se habían filtrado a algunos medios más o menos selectos.

Las soluciones que daban a problemas como la superpoblación, nuevas tecnologías, el desarrollo de la inteligencia artificial, el hambre, el agua potable, la contaminación del medio y el control de las masas, fue, cuando menos, impactante. Desde control militar, bajo una capa de apariencia social y democrática, hasta la implementación de nuevas tecnologías en el control, pasando por pandemias que eran enmascaradas en la estupidez o movimientos erráticos y polémicos de gobiernos aparentemente mayoritarios pero incapaces. Populismo, en fin, como camuflaje de cobertura para tener libertad de acción.

Ya hemos visto como todo eso se ha ido implementado, paso a paso.

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Distopía, los hornos de Auschwitz


© Ángel Ruiz Cediel - 30 de mayo de 2020

«Arbeit macht frei» («El trabajo libera»), era el lema que figura en el acceso a uno de los más terribles campos de exterminio nazi, Konzentrationlager Auschwitz, en el que se considera que más de un millón de seres humanos fueron ejecutados e incinerados.

«#este virus lo paramos unidos», es el lema que el Gobierno de España ha usado en el frontispicio de la anormalidad que nos concierne para dar la impresión de que hacía algo distinto que improvisar, desdecirse, tomar todas las decisiones equivocadas, brujulear por mil sinrazones a cuál más descabellada y dar ante los ciudadanos españoles y el mundo la imagen más vergonzante, siniestra e inhumana que jamás habríamos podido imaginar.

La distopía hecha realidad.

La pandemia —tiempo habrá de hablar de qué ha sido realmente lo que ha sucedido, porque nada se hace en lo oscuro que no vaya a ser puesto en la luz—, cede y se atenúa hasta desparecer, pero continuamos sin saber exactamente qué ha sucedido, a cuántos ciudadanos ha afectado, cuántos de ellos han fallecido a causa de la enfermedad y cuántos por desatención, negligencia o abandono criminal, y, lo más importante de todo, si este Gobierno tan diligente en aplicar medidas dictatoriales inadmisibles en el ámbito constitucional, tiene responsabilidades penales en todo esto.

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El abismo


© Ángel Ruiz Cediel - 19 de julio de 2018

Los medios nos traen a menudo con tétrica prosodia gritos de dolor que nos estremecen porque alguien ha sucumbido a una tragedia que la brutalidad moderna ha convertido en ordinaria, pero casi siempre silencian o eluden los desgarradores alaridos de aquellos que sucumben víctimas de su propio sufrimiento. Una persona, cada dos horas —es posible que mucho menos— pone fin por sí mismo a su vida en España. Casi cuatro mil al año, o hasta seis mil, si incluimos los que la sociedad no acepta o prefiere incluirlos en otras estadísticas menos funestas como accidentes fortuitos de la rutina o el tráfico. Más de trescientos mil en Europa o casi un millón de seres en el mundo son consumidos por su propia desesperación hasta no encontrar más salida de la oscuridad que habitan que la negritud siniestra de ponerle fin a su vida por su mano.

Hay un pacto entre los medios para mantener las sociedades limpias y ordenadas, en las que acaso los sucesos se limiten a desgracias esporádicas; se prefiere la catástrofe dosificada de un dolor cada tanto, o nada más que esas noticias dramáticas que sirven para otros fines más deseados de ingeniería social. Sin embargo, la primera causa de muerte no natural no serían los accidentes de tráfico, las dolencias cardiovasculares, el temible cáncer o la violencia de género, sino la desesperación que empuja a tantos seres a buscar la puerta de emergencia equivocada para escapar de su propio infierno, o tal vez del infierno a secas en que la sociedad misma y su indiferencia los ha encerrado.

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Un largo camino


© Ángel Ruiz Cediel - 20 de mayo de 2019

Nací en una España de caminos que amarilleaban por los huesos de los ajusticiados en terribles venganzas colectivas y en la que aún resonaban rabiosos los ecos de los disparos. La libertad estaba en búsqueda y captura; las sonrisas, secuestradas por el pánico que latía dentro de casi todos los pechos; y las palabras se medían para que no tuvieran un costo de jueces rigurosos y cárceles tenebrosas. Todavía las afueras hedían a batallas inacabadas, a paredón y a paseíllo, el pan amargaba entre los dientes acebrados de los humildes y en muchos muros cosmopolitas permanecían ennegrecidas las heridas de la guerra y la sangre reseca de sus víctimas.

Nací en una España sombría de exilio y luto permanente, de hombres asustados y tranvías solitarios que marcaban su avance por los empedrados de las calles con ritmos machacones; pero también de multitudes enfervorecidas que ensordecían la atmósfera con clamores victoriosos al Dictador en la plaza de Oriente, precisamente en días como ese en que fui alumbrado.

Como si fuera propietario de una vida extinguida o sofocada por las armas que volviera a la vida a terminar su trabajo inacabado, me rebelé desde mis primeros años de consciencia contra la reverencia permanente de los vencidos, la soberbia sangrienta de los vencedores y el imperio del rencor que todavía dividía a mi país por mitades, quién sabe si anhelando la reinstauración de la Justicia, ahora cegada por el odio y las fuerza de armas, o nada más de la libertad de la que enamoré en mi primera sangre como si fuera un recuerdo que volvía a la memoria para abrazarme estrepitosa y lujuriosamente como una amante.

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