Bloody times

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La población no comprende nada; tienen que ordenarla los mass-media con su basura propagandista qué pensar: ni entendió nada de la falsa pandemia que exterminó impunemente a más de cinco millones de seres humanos, ni comprende que están sacrificando al pueblo ucraniano en un «bloody fest», parte del programa 2030 y anticipo de la fiesta mayor —nuclear— que están por desatar en los próximos meses.

Rusia fue empujada a la guerra en una maniobra artera y simplona, cayendo en una trampa que no podía rehuir salvo a riesgo de su propia extinción. Rusia debe caer de la parte de la Agenda 2030 —ha de ser universal— o Rusia no debe ser. Los mass-media se han ocupado de que nadie sepa que los inocentes ucranianos estaban masacrando desde 2014 a los inocentes ucranianos que no querían ser ucranianos, y lo hacían con un salvajismo propio de hermanos; ni siquiera los ucranianos que sienten en su piel ahora lo que han estado sintiendo esos otros ucranianos desde 2008 quieren saber nada de eso, porque todos nos hemos hecho hedonistas, y a nadie le importa el sufrimiento del otro, sino el propio, de modo que es un demonio el que me hace sufrir a mí, pero que sufran los demás no me importa.

Además de la verdad, otra de las víctimas de este episodio bélico es la empatía: lo que parece serlo, es pura hipocresía, falsedad, mentira.

Que mueran los rusos, que mueran los ucranianos rusohablantes, que mueran los sirios, que mueran los eritreos, que mueran los iraníes; pero que viva yo, y que viva bien.

Nunca ha habido tal conmoción universal por las víctimas de un conflicto como está sucediendo con el ruso-ucraniano, y no porque sea atroz —no se han producido ni una pequeña fracción de las víctimas que se perpetraron en el sirio, por ejemplo—, sino porque los mass-media lo han magnificado incluso con actores, lo han sacado de contexto con la más aberrante prosodia y machacan día y noche con las dos o tres imágenes particularmente manipuladoras de las emociones, un poco al modo y manera del lavado de cerebro que nos hicieron con la falsa pandemia.

Cosa lógica, no solo porque aquello les funcionó a las mil maravillas, sino también porque forma parte de la misma Agenda 2030.

Perdonen que me meta en estas cosas, pero alguien tiene que hacerlo, y no parece que haya demasiados periodistas dispuestos a cumplir con su labor ética, que es a quienes les correspondería, porque están demasiado ocupados narcotizando a sus conciencias para mentir o retorcer la realidad sin demasiados cargos, y dar de comer así a los niños o simplemente para trabajar en un medio que les pague treinta monedas de plata que también cubra la indignación de sus propias almas por las mentiras que difunden.

Las poblaciones, ¡pobres!, a estas alturas está comprobado que son capaces de tragarse que el sol es cuadrado o que el presidente es inteligente, si lo dice la tele. Tienen ojos, pero no ven; tienen cerebros, pero no piensan; tienen buenos sentimientos, pero solo hacia quien diga la tele. ¡Pobres!

Estados Unidos, un país que en su joven vida ha hecho la guerra sangrientamente contra todos y cada uno de los países del planeta (201 guerras en 246 años de existencia), es el gendarme mundial, ahora al servicio de la Agenda 2030, con la OTAN como ariete modelador. Un país que no solo tiene bombas atómicas, sino que las ha usado contra poblaciones civiles; que perpetró las más inasumibles salvajadas y cometió todas las trasgresiones posibles de los Derechos Humanos en Vietnam con su agente naranja, su guerra bacteriológica, con sus torturas sistemáticas; que ha arrasado prósperos países reduciéndolos a escombros, como Irak; que utiliza la tortura sistemáticamente (los vuelos de la CIA, Guantánamo, sus manuales de tortura difundidos por Wikileaks); que bombardeó durante meses poblaciones civiles en Serbia; y que promueve no solo la corrupción en el mundo como método de apropiarse de países, sino que también manipula la mal llamada democracia para instalar a sus bichos en los parlamentos y presidencias de sus países súbditos (cómicos, payasos, dandis, meapilas y frikis), ¿nos quiere dar lecciones de honestidad y solidaridad con un pueblo remoto, allá lejos, que ni siquiera sabe bien dónde está?

Si no fuera para empujar al oso ruso en la dirección que le interesa, enviaría también armas a mogollón como ahora, pero para hacer negocio solamente, que para eso mueve sus fichas: para que los pueblos se enfrenten entre sí y compren armamento aunque no coman. Ahora, además de para llenar las arcas con miles de millones de dólares en ventas de armas, este «bloody fest» les sirve para enfrentar a Rusia con el mundo y, andando el tiempo, forzarle a una guerra nuclear que pretende localizada en Europa, lo que colma doblemente el objetivo de la Agenda 2030: por una parte se reduce la pirámide poblacional; y por otra, tendrá ocasión en el momento álgido del festival para implantar el Gobierno Mundial y asentar en el solio al Gran Pacificador.

Entretanto les viene bien la cosa, y empuja a que todos los países envíen armas a los nazis que se enfrentan a los rusos, en una campaña que no puede solucionar nada —jamás podrían parar siquiera a los rusos por más que quisieran y tuvieran las armas que tuvieran—, pero que entretiene al personal y no le deja razonar qué le han hecho con la falsa pandemia, mientras acaban de completar sus redes 5G (militares) y se arma el tinglado para la eliminación del papel moneda, de tal suerte que, cuando se quiera dar cuenta, nada de lo que tiene le vale de nada y todo él, el personal, será su esclavo.

Todo un truco de prestidigitación política.

Sangriento, como es su costumbre, pero un truco, al fin y al cabo.

Y les funciona.

Además de que les divierte, claro. Ya hay que tener sentido del humor (negro) para poner al frente de este sainete sangriento a un cómico que, a imagen de Charles Chaplin en «El gran dictador», no deja de largar conmovedoras y demagógicas arengas a quien quiera oírle, que no parecen sino el resultado de un hoorrible guion de melodrama de medio pelo. Pero le quiere oír todo el mundo, o, al menos, los mass-media tienen permanente sobre él las cámaras para que su voz de actor mediocre llegue a todos los televisores, radios y prensa, convirtiéndole en el éxito de taquilla de la temporada.

Todo un montaje sobre la base del sufrimiento, la sangre y la muerte de los inocentes.

Me subleva que nadie vea este truco tan artero.

Me subleva que mis semejantes sean tan profundamente estúpidos y tan irremediablemente borregos.

Me subleva que mis semejantes tengan ojos para ver y no vean; que tengan cerebro para comprender, y no comprendan; que tengan criterio para discernir, y que vayan al matadero como reses o que presencien cómo mueren otros salvajemente, como si fuera una película.

Pongamos las cosas claras para evitar equívocos: todo esto es un montaje. Lo fue la pandemia, lo es esta guerra y lo será la guerra nuclear que ya se presiente en el horizonte. Es un montaje: solamente un montaje de la Agenda 2030.

Cuando veas al mago actuar no te fijes en la mano que distrae, sino en la otra, porque el truco lo va a hacer en lo oculto. Ahora, el mago te está distrayendo con la pandemia que nunca fue y con la guerra que no es: fíjate en lo demás, en lo que están haciendo entretanto en otros escenarios.

A todos nos conmueve el sufrimiento ajeno, salvo a los psicópatas (los que nos gobiernan); pero lo mismo que me conmueven los ucranianos lo hacen los sirios y los palestinos y los iraquíes y los afganos, y todos los pueblos de cualquier lugar que sufran, sin que su raza, su credo o su color mermen este doloroso sentimiento en absoluto.

A ti, que lees este artículo, te pregunto: ¿de veras no has comprendido aún que las guerras las hacen los poderosos y que solo y únicamente mueren en ellas los pueblos? ¿No has comprendido, acaso, que el enemigo nunca está enfrente, sino que lo es el que te manda morir o matar? ¿Cuánta Historia necesitas para comprender esto?

Lo que sigue a continuación es parte de mi novela «Una for en el infierno», finalista del Premio Planeta de Novela 1999.

Lo puedes leer o no; pero creo que es lo mejor que se ha escrito sobre este asunto y considero que te interesa. El que habla es el Loco Eusiquio, un hombre que parece haber perdido la razón porque se pasa el día yendo de un lado a otro cargado con una maleta llena de sombreros, la cual abre en cada plaza del pueblo y, poniéndose uno a uno todos los sombreros, con cada uno de ellos saluda afablemente a las personas que están o pasan por la plaza.

Se encuentra con Lola, una prostituta que es la única que ha tenido el valor de meter en su casa a una niña vagabunda que merodeaba por el pueblo sin que nadie hiciera nada por ella, salvo sentir lástima o, acaso, darla una moneda.

Así es la escena:

«—No entiendo eso —alegó Lola—. Lo que sí sé es que un hombre de su talento, que de mamacallos no tiene ni un pelo, no debiera permitir que le tomaran por el pito del sereno.

—Señora, un mamacallos está más cerca de ese Dios que parece tan amigo de nuestra Zita que cualquier persona respetable. Yo no quiero respeto, ¡que se lo queden!; ni tampoco reconocimientos, ¿para qué? Busco la paz, Lola: ¡la bendita paz! Una paz que no la tengo en el alma. ¡Si supiera! Como algunos en Lubitana saben, he viajado muchísimo, he atravesado mares, he cruzado selvas, he sido héroe en cinco guerras, he vivido muchos años en París, hablo correctamente tres idiomas y, con todo, nunca me moví de aquí. Siempre estuve en el mismo sitio. Tardé mucho tiempo en darme cuenta, pero al final lo comprendí.

—¡Uy, uy, uy, Eusiquio, que me da en la nariz que desbarra!

—Quizá no lo entienda, pero le aseguro que no desbarro. El mundo es mental. Todo es mental, pura idea y nada más que ensueño, donde quienes se creen despiertos son imágenes de alguien que duerme. La realidad es la imaginación de un autor que inventa lo que ni siquiera existe. ¿Se extraña? ¡Claro!, ¿y cómo no iba a extrañarse? Seguro que también piensa que estoy más que loco, y su buena razón no le falta. Son criterios que uno no puede ir por ahí pronunciando sino ante los exiliados de la sociedad, por así decir. Verá, contaba yo veintiún años cuando en el 97 fui a la Guerra de Cuba. Bien que mal, anglosajones y latinos nos la tenemos más que jurada desde siempre y para siempre, y en esa ocasión nos buscaron las vueltas sabedores de su superioridad en todos los ámbitos, gracias a la ineptitud de nuestros gobernantes y a los desmanes carnales de nuestra Regente. Mejor que nadie sabíamos que ante tal enemigo era una guerra perdida de antemano, que son justito las que nos gustan a los españoles, aunque también la entendíamos justa por conocer la burda maniobra del gigante norteamericano para arrebatar a la muy menguada España las últimas joyas de su imperio, y la entendíamos injusta porque sabíamos que, al final, la Regente lo que quería era hacer negocio con ella y venderla a mejor precio, usando para elevar el valor del pago a nuestra sangre, la de la gente humilde que éramos los que íbamos a la guerra mientras que los que tenían reales pagaban la Dispensa. Tal vez fuera la última guerra de un tiempo que ya se desvanecía en las tinieblas de la Revolución Industrial, o la primera que se celebrara en loor del espanto de un mundo mecánico, en donde los hombres quedaban relegados al mantenimiento de una maquinaria que beneficiaba únicamente a unos cuantos. Naturalmente, se imaginará que cuando le hablo de los hombres, lo hago de los que soportamos el peso de la historia y no de los que dirigen países y sociedades. Fui a la guerra con algunos de mis amigos de Lubitana, abandonando mis estudios en señal de rebeldía ante los que pagaban la Dispensa para no ser alistados. En la colina de San Juan se entabló una terrible batalla con los yanquis. Nuestras armas, ante las de nuestros enemigos, eran como de la Edad de Piedra. Moríamos a cientos y convivíamos con la muerte, pero muchos aún cantaban. Cantaban, sí, sonriendo hombro con hombro mientras íbamos a las tinieblas en que pretendían sepultarnos, traspasando el umbral de la vida o de la muerte, no sé bien. El último día, apenas si quedábamos cincuenta o sesenta hombres exhaustos por las heridas, la lucha y el hambre. Estábamos rodeados por cientos de cadáveres a los que hacía ya tiempo que habíamos desistido de enterrar. Vivíamos con ellos, dormíamos frente a sus rostros despedazados y sus ojos yertos, acaso preguntándonos qué orden verían o si no habría ninguno. Un hombre como de cincuenta años, tal vez más, Joaquín el Guarnicionero le llamábamos, se puso en pie aquella mañana. Su rostro era enjuto y apergaminado, amarillo como un papiro o como el papel de estraza. Miraba; pero no sé si veía. Su bigote apuntaba al cielo y sus ojos a la nada. Su semblante tenía impreso un sello imposible de definir si no se piensa en clave eterna. Como digo, se puso en pie, caló su bayoneta y, sin decir palabra, salió de la trinchera y comenzó a avanzar hacia las líneas enemigas. Cuando pasó sobre mí sentí un escalofrío terrible, un frío glacial cual si fuera la misma Átropos; pero me subyugó su expresión de ser ajeno a la vida. De sobra sabía que no le quedaban municiones, que tenía las fuerzas justas para mantenerse en pie y que solo reclamaba la muerte honrosa del soldado antes que la vergüenza de la rendición. Tuve la necesidad de seguirle, de sacudirme mi pánico y marchar a su lado, siguiéndole a la muerte. Creo que todos los demás lo hicieron también, y los supervivientes nos encaminamos juntos a nuestra extinción, sin algaradas ni carreras, en silencio, pausadamente. El enemigo estaba confuso, anonadado ante aquel grupo de fantasmas, pues eso éramos y no hombres, que avanzaban reclamando el plomo que les abriera de par en par las puertas de la eternidad. Les sentimos dudar de abrir fuego. Un oficial se lo ordenó, pero ellos no se atrevían a disparar, no sé bien por qué. Un soldado de los enemigos, dos, diez, se pusieron en pie. Eran hombres como nosotros, pudimos verles los ojos, sentimos sus pensamientos y no sé cómo entendieron que deseábamos morir con honor antes que el cautiverio. El oficial les ordenó nuevamente disparar, y otros hombres, veinte, cien, se pusieron en pie sin hacer prevención siquiera con sus armas. El oficial le disparó en la cabeza a uno de sus soldados, pero ellos permanecieron inmutables, sin pestañear siquiera. Había comunión entre las almas, esa rara conexión que se establece entre los seres de la misma especie en muy contadas ocasiones, cual si un ser colectivo acogiera a todos como parte de sí. Joaquín, delante, y los demás, detrás, seguíamos caminando, casi podíamos oler el tufo a pólvora y a muerte de nuestros recíprocos uniformes. Miré al Guarnicionero y vi resbalar por su cara una lágrima, única y sucia, ennegrecida por el polvo y la pólvora, acaso recuerdo de una mujer y unos hijos o quién sabía si reflejo de un pueblo escondido en los pliegues de algún mapa que a buen seguro quienes le mandaron a Cuba ni conocían siquiera. Un yanqui, tal vez también campesino, por misericordia se echó el fusil al rostro, le fijó en el punto de mira y disparó. Joaquín el Guarnicionero se desplomó sin un ruido, como lo hubiera hecho un títere de trapo al que le segaran los hilos. Parpadeó. Me quedé en pie mirando su gesto sereno, su piel amarilla y apergaminada, y él también me miró. Abrió su boca una vez, dos, sonrió y expiró. Sonó otro disparo, dos, cien, mil. Perdí la consciencia al sentir un insoportable fuego que me entraba en el pecho y me estallaba en la cabeza. Supe después que caí herido, que sobreviví a la muerte junto con otros seis compañeros. Los demás murieron todos. Durante el tiempo que pasé en el corredor que une vida y muerte, sin decidirme por abrir ninguna de las dos puertas, vi a aquel hombre de bigote abundante y piel amarilla caminando por el pasillo adelante y atrás con todos los demás, muchos, muchísimos, con diferentes uniformes, todos con rostros inexpresivos y las miradas perdidas, desfilando hombro con hombro pero ciegos, cual si no hallaran el camino para instalarse ni en la vida ni en la muerte definitivas. Todos, todos iban o venían en un turbador silencio con sus miembros cercenados, sus uniformes ensangrentados, sus rostros horadados por las balas o sus cuerpos mutilados por los obuses. Era inenarrablemente horrible pero calmo, definitivamente calmo. Cuando un hombre pasa demasiado tiempo entre la vida y la muerte, parte de cuanto es en esta ribera se queda en aquella, y parte de cuanto vio o vivió en aquella se viene con él a esta. Cuando acabada la guerra —porque los gobernantes ya hicieron su negocio— me liberaron, volví a Europa, pero no quise regresar a España y me marché a Francia a trabajar. Precisaba olvidar, desterrar en un país desconocido a los fantasmales seres que sentía adormecidos en mis días o amortiguados por el ruido del mundo, y vivos en las noches, en ocasiones cercando mi lecho, a veces surgiendo de las sombras y de tanto en tanto hurgando en mis sentimientos. Poco a poco lo conseguí. Me empleé en una biblioteca y conocí a quien con el tiempo sería mi esposa. El amor, los libros y la paz dicharachera de aquel París del 10 sofocaron mis pesadillas, aunque nunca completamente. Pero todo aquel bullicio de vida era un presentimiento colectivo de la catástrofe que se cernía sobre el mundo, acechando la paz y ansiando las vidas, muchísimo más terrible que la que yo ya había vivido. En el 14 estalló la guerra con Alemania. Una guerra que ni los unos ni los otros querían. ¿O tal vez sí? Quise marcharme, evitar enfrentarme de nuevo al horror, mirar de frente sus fríos ojos; pero no pude hacerlo. ¿Quién puede mostrase indiferente cuando el odio y la muerte separa a las sociedades como el bisturí de un cirujano? Sentí que mis miedos me reclamaban el heroísmo de enfrentarme a ellos, y a finales del 16, después de más de dos millones de muertos, me alisté como voluntario y me enviaron al frente de Verdún. Se preparaba la gran ofensiva del 17. Fue poco antes de que Pétain tomara el mando del Ejército. Deseaban una ofensiva relámpago, de veinticuatro o cuarenta y ocho horas como mucho, con el fin de desbordar las líneas alemanas. Algunos decían que éramos más de un millón de hombres y otros que setecientos mil; los alemanes, cuando menos, eran otros tantos. Había tanques, cañones de mil calibres, aviones, globos aerostáticos y miles y miles de hombres dando y recibiendo órdenes. Cuando comenzó la ofensiva, una oleada tras otra se lanzó a tierra de nadie buscando las posiciones enemigas. Cinco horas después habían caído más de cien mil hombres, pero la carnicería no se detenía. Teníamos que avanzar pisando cuerpos, muchos de ellos aún vivos. Dormíamos entre los gritos inextinguibles de quienes reclamaban auxilio, o nos parapetábamos de las balas enemigas o de los nuestros lo mismo con cadáveres que con heridos. Luego vinieron los alemanes y sucedió otro tanto; y volvíamos a atacar nosotros. El tercer día habían muerto medio millón de hombres entre ambos bandos y el campo de batalla, en el espacio entre las alambradas, era el más gigantesco matadero del universo, un inmenso degolladero como nadie se podría imaginar. De la tortuosa orografía se levantaban imponentes columnas de gases venenosos, el incesante caer de obuses y morteros engendraban cráteres humeantes de forma continua, los aviones pasaban continuamente ametrallando las posiciones adversarias, y en aquella tierra de nadie, en aquel limbo sin Dios ni diablo, la carne era picada por mil ingenios fatales y morían los hombres con sus esperanzas, aullando como bestias enajenadas. Nos ordenaron reforzar las trincheras con los cadáveres. Cubríamos sus rostros con barro para no ver sus ojos, para no sentir vértigo ante sus muecas de horror. El séptimo día ya fallaba la intendencia: no teníamos municiones, ni alimentos, ni medicinas. Algunos, por aliviar el sufrimiento de los más débiles, calmaban para siempre su pánico con un disparo a quemarropa; otros, hablaban no sé si en broma o en serio con los cadáveres; y otros más eran incapaces de controlar los movimientos de su propio cuerpo. Un día, creo el décimo o el undécimo, un hombre espigado y enjuto saltó la trinchera justo encima de donde yo me encontraba. Tenía un abundante bigote cuyas puntas apuntaban al cielo y su piel era apergaminada y amarilla. Era el hombre de Cuba, Joaquín el Guarnicionero. Tuve que seguirle, muchos más lo hicieron. No sé qué fuerza nos movía, pero no podía apartar mis ojos de él. Era él, no albergaba ningún género de dudas: el mismo uniforme, el mismo rostro, la misma mirada perdida. Los alemanes, ante aquella oleada de orates, no sé por qué, abandonaron espantados sus trincheras. Cuando salté dentro de ellas se oyó un disparo seco, como un trueno distante, de un francotirador. El hombre, Joaquín, cayó a mi lado. Le tomé entre mis brazos, me miró muy fijo e inexpresivo, abrió su boca varias veces como buscando aire y murió con los ojos abiertos. No sé cuánto tiempo estuve contemplando su mirada vacía y sus ojos yermos, sin vida como los de un pez. Creo que fueron uno o dos días. Al terminar la guerra regresé a París, pero la que fue mi mujer ya no estaba. Se había marchado con un oficial de Artillería. Mejor. Uno piensa en por qué suceden las cosas, pero no alcanza a comprenderlo. La vida, el amor, la muerte, la lealtad. ¿Qué de todo ello valía, si nada servía para nada? Quise regresar a España, olvidar aquella guerra que había asolado Europa; pero antes de hacerlo deseé buscar el lugar donde había muerto aquel hombre, Joaquín el Guarnicionero, y rezar por él, por mí o por los dos. Corrían los primeros meses del 19, y cuando llegué a los campos de Verdún, aún seguían en pie las alambradas y la tortuosa orografía tatuada por incontables obuses de todo calibre exhibía impúdicamente los decenas de miles, los centenares de miles de esqueletos de los que murieron por sus patrias, cada uno de ellos envuelto por un uniforme distinto a la vez que todos estaban hermanados en la muerte y en el desprecio de sus propios gobernantes. También estaba allí el de aquel que tenía el uniforme de las tropas de Cuba. Eran osarios, restos de humanidad; de una humanidad sacrificada por nada y para nada. A nadie les importaron cuando estuvieron vivos y a nadie les importaban ahora. Llevaban insepultos allí dos años completos. Dos terribles años esperando la misericordia de la tierra, pero la tierra no se apiadó de ellos ni lo hicieron tampoco sus patrias. Me marché de allí sabiéndome escoltado por todos aquellos hombres, con sus fusiles al hombro, con su muerte a las espaldas, vagando sin rumbo. Me instalé en Madrid y comencé una nueva vida. Una vida que parecía que podría redimirse a sí misma. ¡Qué ciego! Vivía, pero ellos seguían conmigo en la fábrica, en la habitación que tenía rentada en la pensión de la calle Galileo. Me acompañaban a todas horas, haciéndose presentes en el trabajo y en el descanso, sobre todo cuando dormía, a esa hora en que el silencio parece sojuzgar al mundo. Entonces, se despertaban, me tocaban el hombro con sus manos descarnadas y me forzaban a abrir los ojos y a charlar con ellos de la guerra y de la paz y del amor. Me pedían que les hablara de sus mujeres, de sus hijos, de los beneficios de su muerte; pero nada podía decirles. El único que no abría la boca era el hombre de bigotes abundantes y piel amarilla, a pesar de que le preguntaba una vez y otra que quién era, que quiénes eran todos ellos. Pero él únicamente me miraba con sus ojos glaciares y la expresión como de haberse instalado indefinidamente en mis peores pesadillas. Poco después, hacia el 24 o por ahí, me movilizaron para la Campaña de África. ¡Je! ¡Qué jocoso eufemismo! Desierto, escorpiones, víboras, arena, sed, y un enemigo que no veíamos, que no sentíamos sino cuando sus alfanjes nos segaban el gañote o sus francotiradores nos convertían en trofeo. Hasta aquel día, en Annual, en que nos sometieron a una de las peores afrentas que podía soportar el orgullo español. Silvestre huyó como los gamos, y los oficiales corrieron desconcertados. Fue algo terrible, un monumento al pánico. Muchos caímos prisioneros. Recuerdo un pueblo en el Rif, de esos que no son importantes ni para quienes los habitan. Estábamos encadenados a postes y los moros se entretenían torturándonos, rebanando hoy una pierna, mañana un brazo, pasado una mano. Cada día una nueva perrería, ninguna mortal, solamente para que la patria que nos despreciaba pagara un precio que nunca abonó. Fueron muchos días sin poder dormir, sin poder comer ni beber, sin poder descansar de aquellos gritos y de aquel hedor a carne retorcida. Los hombres suplicaban la muerte, le pedían clemencia a Dios. Después de dos semanas, ataron frente a mí a un hombre espigado y enjuto. Vestía el uniforme de tropas de Cuba, su color gris a listas, sus trinchas de cuero negro, sus alpargatas. Tenía un bigote abundante cuyas puntas apuntaban al cielo y la piel amarilla como el pergamino. Sí; era él, Joaquín el Guarnicionero, de nuevo. Yo llevaba ya dos semanas de tortura continuada, aunque aún conservaba todos mis miembros, menos, acaso, la razón. Me habían alimentado lo justo para seguir soportando el dolor. Le pregunté que quién era y que qué pretendía de mí, que por qué estaba allí si su guerra ya había terminado y ya había muerto las suficientes veces, pero no me respondió. Se libró de sus ataduras como por milagro, caminó hacia mí, se detuvo y, entonces, un disparo le abrió un ojal en la frente. Cayó a mis pies con los ojos abiertos, me miró sin sonrisa, abrió la boca una, dos, tres veces y expiró. Grité. Quería limpiarme aquella sangre que enlodaba mis alpargatas, apartar sus ojos abiertos como noches sin fondo, alejar su presencia de mi lado. Habían disparado los nuestros, que llegaron a liberarnos, pero nunca lograron liberarme de su presencia. Tardé mucho tiempo en recuperarme, mucho. Seguía viéndole en sueños, incluso conscientemente le veía caminar por una calle, por la estancia en la que estaba, tomar un café en la taberna de la esquina, ir en el tranvía, meterse en mis sueños y escarbar en mis recuerdos mientras tomaba asiento a los pies de mi cama con todos los demás caídos. En el 37, durante la Guerra Civil, me mandaron a Teruel y allí volví a ver a Joaquín el Guarnicionero con su uniforme de soldado de Cuba, y allí volvieron a matarle a mi lado y dejó su vida en mis brazos, igualmente sin palabras y de la misma forma sin queja ni resentimiento, a no ser por aquella mirada extraviada y aquel sentir indiferente. Perdimos la guerra y me volví a Francia. Ya no había lugar donde esconderse, y lo sabía. ¿A qué ir a México o a Chile o a Rusia, como muchos? Daba igual. A esas alturas ya había comprendido que el destino existía de una forma corpórea y que se huyera hacia donde fuera, solamente se estaba uno dirigiendo a él. En fin, el caso es que poco después, casi inmediatamente de terminar la guerra española, estalló la otra Gran Guerra en Europa. De nuevo se enfrentaban alemanes y franceses, italianos e ingleses, y rusos y británicos en una orgía de sangre y dolor. ¡Qué importaba una guerra más! Si la guerra me quería, a fe mía que me tendría. Pero no fue guerra, sino ignominia, la peor de todas las catástrofes del género humano; un horror que ni el mismo diablo podría imaginar, lo había ideado el hombre. Caí prisionero en Bruselas, y la Gestapo, alegando que era judío, me envió a Mauthausen. Me encargaron de acomodar a los prisioneros que llegaban en trenes desde muy diferentes lugares. Eran mujeres, niños, hombres, ancianos. A golpe de música heroica, Wagner o Beethoven, los conducíamos a los barracones, los hombres a un lado, al otro las mujeres y los niños, y luego los llevábamos a las duchas. Se desnudaban, entraban y abrían las espitas de los gases venenosos. ¡Que se jodan, que eran judíos! Nadie hizo nada, ni la Iglesia ni las sociedades libres. Aquellos seres no tuvieron un lugar adonde huir, nadie los quería. Sin duda, por la suerte que corrieron, hijos de Dios, porque los hijos del diablo, los cainitas, rigen y gobiernan y matan y hacen de lo santo ignominia, y están protegidos contra todo mal. Los que habíamos sido elegidos como manos de los carniceros, sacábamos de las duchas después aquellos cuerpos inocentes, en ocasiones niños aferrados de tal forma a sus muñecos de trapo o la cintura de sus madres que no había forma de separarlos, y luego los echábamos a una fosa gigantesca o los llevábamos a los hornos. Y así una vez y otra, y un tren tras otro, incontablemente. Otros judíos, no sé si más o menos afortunados, eran utilizados para conseguir progreso. Les obligaban a pasar hambre, les torturaban metódicamente, científicamente, tratando de establecer los límites de la resistencia humana y de averiguar dónde se escondía su alma. Eran animales de laboratorio, y la misma impiedad e indiferencia con que la Ciencia avanza basándose en su crueldad con las criaturas, lo hacía entonces con los judíos. Un día no pude más. Me negué a servir a aquella abyección. Ya no cabían más cadáveres en mi alma ni más dolor en mi corazón, y me negué. “¡Que se jodan y me maten!”, pensé. Me apalearon y me recluyeron en un calabozo hasta que llegó el comandante del campo. Allí, en la soledad de aquella celda, entre las sombras, se encontraba el hombre del bigote grande y la piel amarilla, Joaquín el Guarnicionero. “Dime quién eres”, le dije, “ya ves que voy a morir.” Pero no me contestó. Tomó asiento ante mí y me miró con aquellos ojos vacíos, inexpresivos, o con una expresividad tal que producía vértigo mirarlos. Los miré hondo, muy hondo, y enseguida pude ver una sucesión de imágenes, guerras, muertes, crímenes, dolor, dolor, dolor. Aquel, no había duda, era el fruto humano: horror y muerte a manos llenas. No; no valía de nada la guerra, ni la política, ni la oposición. El resultado era el mismo, siempre el mismo: inocentes muertos inundando las aceras, las calles, los caminos; inocentes encharcando los campos de batalla, sin importar qué uniforme llevaran; inocentes ajusticiados, miradas infantiles, madres desoladas, huérfanos tendidos sobre los huérfanos, miseria recostada sobre la miseria, legiones de fantasmas vagando por la vacuidad de la nada, de la nada, de la nada. Pueblo, amiga mía. Los muertos de las guerras siempre son los mismos: la paz. Y sobre toda esa orgía de sangre, dolor y lágrimas, el clamor de los inocentes en este infierno que es el mundo, donde no nos dejan lugar para otra satisfacción que recrearnos en el pecado. Al comandante le pedí, por caridad, que me dejara morir con aquellos niños, que si aún quedaba en su alma un rastro de humanidad, que lo siguiera y me permitiera morir con ellos, con su inocencia y su pureza, con su belleza y su amor. No; no me mataron, o tal vez lo hicieran. Me enviaron a las duchas, pero antes de que abrieran los gases letales, los alemanes huyeron y entraron los franceses. Me liberaron, sí, cuando abrazaba a aquellos chiquillos en su última hora, en mi última hora, consolando su miedo y mi desconsuelo; pero, ya lo ve, no pude salvar ni una sola vida. Por eso creo que se ha quedado sin Dios este rincón del paraíso, salvo por criaturas como esta niña, o como usted, que aún tiene el coraje de morder la miseria del alma humana con los incisivos de su propia necesidad. En mi vida, que ya ve que es bastante, nunca he podido salvar una sola vida o una sonrisa, entretanto he visto cómo se sacrificaban las más hermosas en el nombre de la patria o de la raza. Nacionalismo es una palabra que debiera escribirse con zeta. Nosotros, el pueblo, ponemos los muertos en esta farsa desde el inicio de los tiempos. Lo sé, créame, y ya que no puedo oponerme de otro modo, hago lo que hago. He comprendido que todo es mental. Los muertos de todas las guerras son los mismos, desde hace una eternidad mueren los mismos seres de las mismas formas. Dicen que estoy loco, pero ¿de veras lo estoy? Tengo a mi lado legiones de fantasmas con miradas que claman por paz, vida, la opción de vivir una ensoñación distinta. Dicen que estoy loco, pero ¿de veras lo estoy? Me he salido de su cordura y me he instalado donde estoy, acaso con la intención de cambiar los sueños del autor. Un sombrero, Lola, una sonrisa y un deseo de paz. Dicen que estoy loco, pero ¿de veras cree que lo estoy? Vivo una vida prestada por alguien que tiene una pesadilla, que está pasando una mala digestión o que está ideando una tragicomedia. Pero deseo con toda mi alma un final feliz en un cuento de carne, porque aunque solo fuera una vez debiera haberlo para un drama humano. Ese final es el que reclamo, aunque sea a fuerza de sombrerazos y cortesías. Y el que se ría, ¡que se joda!

Y rompió a llorar desconsoladamente.»

¡Despierta, joder, despierta!

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