Sea el más gilipollas

© Ángel Ruiz Cediel - 6 de abril de 2022




Según confiesan los estudios realizados, los individuos están perdiendo inteligencia a un ritmo de 2,4 a 4,3 puntos por decenio.

Dicho en otras palabras, cada día que pasa somos más estúpidos.

Entre las causas de esta pérdida de inteligencia que ha invertido el efecto Flynn, se encuentran: la degeneración del Sistema Educativo (especialmente en España), las Redes Sociales, los vídeos, la televisión, las teleseries, la falta de lectura, la reducción de la interrelación con los semejantes y, en menor medida pero importante también, causas ambientales (contaminación, pesticidas, plásticos, mercurio, etc.) y alimentarias (transgénicos y franquicias de la comida basura).

Vamos, que si estamos progresando, estamos haciendo un pan como unas hostias.

De hecho, para mantener el estándar de un cociente intelectual (CI) de 100, las autoridades, debido a la inversión del efecto Flynn (somos cada día más estúpidos), retocan el CI promedio en más de 3 puntos desde hace al menos 10 años en España. Es decir, que en vez de confesar que este año tenemos 97 puntos donde el año pasado teníamos 100, trucan la tabla para que sigamos teniendo 100 puntos de CI promedio pero hay 3 puntitos de regalo.

No hay certeza desde cuándo se lleva a cabo esta práctica en cada país, aunque sí la tenemos de que la inteligencia cae en picado desde hace unos 40 años.

Alarmante, ¿verdad? Pero, a la vez, muy explicativo de por qué las sociedades degeneran tan rápidamente: nunca ha habido tantos licenciados superiores ni tantos estúpidos (estos últimos incluso entre los licenciados superiores).

Cuando tras la muerte del dictador (Franco) impusieron la democracia parlamentaria como fórmula de gobierno, me pregunté «¿Nos hemos vuelto idiotas, acaso?»

Solo el 15,8% de la población tiene a día de hoy un CI superior a 100. De este 15,8% el 2,2 tiene un CI superior a 115 puntos (gran inteligencia o inteligencia superior), y apenas el 0,13% tiene un CI superior a 130 (superdotados).

Por el contrario, el 84,2% de la población tiene un CI igual o inferior a 100 (inteligencia media-baja), de los cuales más del 32% no llegan a un CI de 70 (inteligencia débil).

Si traducimos esto a cifras sobre una población total de 50 millones de personas, tendremos:

42,1 millones tienen un CI igual o inferior a la media de 100 (ver desglose más arriba)

7,9 millones tienen un CI igual o superior a la media (ver desglose más arriba)

Un hombre, un voto.

Borra eso: es machista.

Una persona, un voto.

Así, sí.

Con un desglose de población en virtud de su inteligencia como la que hemos detallado, ¿quiénes están más cualificados para hacer una elección inteligente en unas elecciones parlamentarias, pongo por caso? Y, lo que es peor, ¿qué posibilidades hay de que el 84,2% de la población menos preparada admita y respete que otras personas más y mejor cualificadas los ayuden a tomar las mejores decisiones?

Las mayorías, menos capaces pero investidas de los mismos atributos que los más capaces, elegirán, como es lógico, lo que ellos comprenden y entienden aunque esto se lo ofrezcan quienes los están engañando. Siempre es más fácil seducir a una persona poco inteligente que a una perspicaz. No en vano Goëbbels decía en su manual político a los oradores: «Hablen siempre para el más idiota. El que no lo sea, comprenderá.»

Podemos concluir con el siguiente corolario: «La democracia es la adversaria política más peligrosa de la inteligencia.»

Esta es la causa por la que:

• Ganan siempre las elecciones los más frikis, los más golfos y los más charlatanes, cuando no los más guapos (¡palabra!), y, por supuesto, los que saben remover adecuadamente la mayor cantidad de atávicos excrementos emocionales.

• Los modelos sociales actuales más populares, importantes y mejor pagados (astronómicamente a veces) pertenecen a la farándula o al deporte, y su formación no suele ir mucho más allá de tener alguna habilidad física, ser friki, puta confesa, plúmifero enganchado al escándalo o simplemente un golfo.

• Para poder ser diputado, presidente y, en general, cualquier cargo político no existen requerimientos intelectuales, de formación o psicológicos mínimos (pueden ser mafiosos, delincuentes comunes, psicópatas o vagos).

• Los peor considerados y pagados en la democracia siempre son los investigadores, los formadores y quienes pertenecen al ámbito de la cultura (ninguno de los cuales interesa a esa masa del 84,2% que arrasa en las elecciones)

• La inteligencia, a nivel social, es un obstáculo para la interrelación.

Naturalmente, en esta perversión antinatural que invertía el orden natural de las cosas (lo más inteligente debe primar sobre lo menos, o lo que tiene mayor valor debe preponderar sobre lo que tiene menos), era lógico que, gobernada por los incapaces, se extendiera todos los demás aspectos de la sociedad.

Y llegó el aborto (una especie atenta contra su propia descendencia… por comodidad).

Y llegó el feminismo (ni siquiera me rebajaré a profundizar en esto).

Y, cómo no, el leguaje políticamente correcto (me niego, siquiera sea a considerarlo).

Y, por fin, la competencia social en la gilipollez.

Así las cosas, ya no basta con ser un gilipollas cualquiera, de esos de andar por casa, sino que hay que ser el más gilipollas de todos, el más vehemente de los gilipollas o el más reconocido de los gilipollas.

Para ser feminista ya no basta con acusar al hombre de su condición, y tanto más si es heterosexual, sino que hay que ir hasta la última Thule y jurar sobre sagrado que los «gallos violan a las gallinas», y, en un arranque de dignidad feminista, prohibir todos los cuentos que durante inmemoriales generaciones han formado a los niños, como «Blancanieves y los siete enanitos», «La bella durmiente», «Caperucita Roja», etc., además de incontables obras literarias de todos los tiempos, entre las cuales no se salvan las de Cervantes, Shakespeare, Tolstoi o Green.

La competencia ha de ser total en todos los ámbitos, y, con el fin de hacerlo oficial, es preciso que tengan su Ministerio de la Verdad. No; ya no bastan los timoratos mapas de clítoris de la ministra Aído, sino ministerios en toda regla, dedicados en cuerpo y alma a lo más desquiciado en una sociedad que se cae a pedazos como si tuviera la lepra.

¿En qué sociedad se puede entender que después de haber trabajado toda tu vida no tengas derecho sino a una pensión de 273 € y a quien salta la valla de Ceuta o Melilla o está de inmigrante ilegal le den 1200 € mensuales y casa (trabajo no, porque para qué, además de que cansa)? ¿En qué sociedad pueden echarte de tu casa y dejarte en la calle por no pagar la hipoteca, pero a un okupa no se lo puede echar a la calle aunque tú como propietario estés en ella y tienes que seguir pagando la luz y el agua y la hipoteca de tu piso que tiene él, porque si no lo haces cometes un delito? ¿En qué sociedad no puedes echar a tu perro a la calle, so pena de hasta 600000 € de multa, pero a ti te pueden dejar en la calle con tus niños si no pagas la hipoteca y aquí no pasa nada?

Pues le voy a dar una pista: en España.

Y es que aquí, el concurso de gilipollas se desarrolla siete días a la semana y veinticuatro horas al día, naturalmente promovido, orientado y dirigido por la tele.

La tele ya es Dios.

Lo que diga la tele es la verdad absoluta.

Quien discrepe de lo que dice la tele, es el enemigo.

La verdad, ya es única, oficial y universal, y su portavoz es la tele.

Ahí tenemos el caso de lo de la pandemia inventada esa del Covid. A todos se les olvidó cuanto sabían o estudiaron en el bachillerato de Biología, y no solo creyeron que una simple mascarilla de papel contendría a un virus, sino que se convirtieron en policías o comisarios políticos del sistema, denunciando con encono a quienes no las usaran. No; no bastaba con ser un buen ciudadano obsecuente con los mandatos de los políticos esos que hablábamos antes, sino que tenían que ir más allá: ser policías voluntarios, chivatos, vigilantes de visillo, denunciantes anónimos… Lo descabellado, tenía su propio espacio ya.

Y tan exitoso fue el proceso que siguió la cosa con las vacunas que no vacunaban porque te podías enfermar igual, ser ingresado igual y morir igual o peor que si no te las hubieras puesto. Pues, nada, ahí tenías a los voluntariosos probos ciudadanos, haciendo colas de horas para que les inyectaran vacunas que nadie sabía qué contenían y cuyos prospectos advertían de terribles efectos secundarios e incluso de la posibilidad de muerte, haciendo firmar a los voluntariosos ciudadanos eximentes completas de los fabricantes y autoridades. Pues no solo no los desalentaba, sino que ahí los tenías a pie firme, a por la segunda, tercera y las dosis que fueran menester para demostrar que era más gilipollas que nadie.

Y así fue la cosa hasta lo de Rusia y Ucrania.

La tele mandó (y manda), como Serrano-Suñer, el cuñado de Franco cuando se formó a División Azul: «Rusia es culpable.»

Y los pueblos de Occidente, y en particular de España, dijeron y dicen: «amén, así sea, kirieleisón mei

A Ucrania se le puede perdonar que llevara catorce años bombardeando y asesinando a ucranianos, porque esos otros ucranianos eran malos, muy malos y hablaban ruso. Ellos se lo buscaron, vaya.

A Ucrania se le pueden perdonar sus brigadas y divisiones nazis, como la Azov, entre otras, porque ellos ya son los buenos: lo dice la tele. Además, tenemos aborto como los nazis, de modo que esto que va en la misma línea ¿qué más da ya?

Los malos son los rusos hagan lo que hagan y los buenos los ucranianos, hagan lo que hagan.

A los rusos hay que quitarles su dinero, sus bienes, sus propiedades y los de cualquiera que sea amigo o conozca a algún ruso. Lo correcto es odiar a los rusos: lo dice la tele. Hay que perseguir a los rusos y hay que demostrar quién los persigue más y mejor tanto a nivel internacional como en lo doméstico. No basta con cualquier cosa, sino que todo lo que se haga o diga contra los rusos debe ser más duro e implacable que lo anterior. Por ejemplo, es bueno prohibir un seminario de Tolstoi o cambiar el nombre de la pintura de Degás «Bailarinas rusas» por el más adecuado y políticamente correcto de «Bailarinas ucranianas»; pero también es mejor acabar para siempre con la ensaladilla rusa, los filetes rusos y hasta con los polvorones de La Estepa, por si acaso.

Por otra parte, hay que competir también entre los países para ver qué nación da más armas a los ucranianos para que maten más rusos y mueran más ucranianos en una guerra que es sencillamente imposible que ganen, pero cuyo espectáculo tiene que continuar a cualquier precio todo el tiempo que sea posible. Las poblaciones de Occidente están tan encandiladas con esta matanza que hay que seguir con ella para entretenimiento general.

Hay que dejar de comprar petróleo ruso, gas ruso, fertilizante ruso, tierras raras rusas necesarias para la electrónica y la informática. Bueno, pero eso luego, porque ahora, si lo dejan de comprar, Occidente tendrá frío, se pararán sus industrias y acabarán por pasar hambre y fabricar la electrónica o la informática con válvulas (diodos, triodos, pentodos y todo eso de la tecnología de ayer). De modo que lo mejor es hostigar a Rusia y a los rusos, pero seguirles comprando lo que se necesita. Hacer el amor y la guerra, vaya, en un concierto que pocos entienden bien.

Nada, nada. Al concurso también hay que sumar al pueblo, y este ya odia a los rusos por orden de la tele. En algunos lugares, especialmente Gran Bretaña y Holanda, se apalea impunemente como deporte a los ciudadanos de origen ruso, y en España se detiene a un ciudadano ruso porque estaba casado con una ciudadana ucraniana y han discutido. No ha sucedido nada, ni ha habido malos tratos o algo así, pero igual se le ha detenido porque sí, para que vea el mundo que somos antirrusos como el que más, tal y como muy bien lo hemos demostrado echando a un montón de diplomáticos rusos de la embajada porque son rusos-rusos y eso es peligroso para España. Lo mismo se creían que no los íbamos a descubrir, y no es así, que estamos superatentos y muy preocupados: no solo cientos de españoles se desplazan con furgonetas y camiones hasta la sede de las mafias europeas en la frontera de Polonia y Ucrania para traerse a tantos ucranianos (y sobre todo a ucranianas) como puedan a España, donde tendrán casa, coche, comida y una pensión de 1200 €, mientras frente a sus nuevas casas siguen languideciendo los jubilados españoles con sus pensiones de 273 € (y que se arreglen o se mueran), viendo cómo otra comunidad más se les pone delante y su propio país los ningunea nuevamente, echándoles aún más atrás.

Los españoles, decididamente, compiten sin descanso por ser más proucranianos que nadie, incluso que los mismos españoles proucranianos. Juntan comida a destajo, reúnen ropas para enviarlas, van fábrica por fábrica pidiendo solidaridad con Ucrania, lo envasan todo, lo empaquetan y lo envían, mientras otros se traen ucranianos a las casas vacías, a las propias casas, a las camas de los jodidos niños y que estos duerman en la puta calle. Lo que sea para que los ucranianos sepan que aquí todas las ciudades se llaman Kiev y que nuestra bandera es azul y gualda.

Y si hay que mandar a la Legión, se manda.

Faltaría más.

Y si hay que pedir la Tercera Guerra Mundial por las supuestas e inventadas matanzas rusas en Ucrania, pues se pide. Ahí tenemos al propio presidente Sánchez sacando pecho y afirmando que la información que usa el ejército ucraniano sale de Torrejón de Ardóz, Madrid, por si los rusos tienen los redaños de tirar una bomba atómica y ser así el primero en poner muertos a mogollón en Occidente.

En fin, que la tele ha dicho (como en la pandemia con lo otro), que los rusos son más malos que los indios en las películas del oeste o que los alemanes en las pelis yanquis de la IIWW, y si hay que ir a la confrontación nuclear, pues se va. Como dice ese alcalde ucraniano a quienes quieren investigar los crímenes de guerra ucranianos: «lo que hay que hacer es matar a sangre fría a los rusos dondequiera que se encuentren.» Sí, señor. Así se habla, como debe ser.

Rusia es culpable, en fin.

Y, no se crean, entiendo y comparto este desvelo y casi esta competencia por ser más humanitario que nadie con los ucranianos, porque sufren; lo que me tiene un poco intrigado es saber dónde estaban estas masas de empáticos santos azuligualdas cuando lo de Siria, por ejemplo, y dejaban inconmovibles que cientos de personas se ahogaran cada día en el Mediterráneo. ¿Acaso no huían ellos de otra guerra parecida? ¿Es que acaso ellos eran morenos y estos son rubios? ¿Por qué estos sí y aquellos no? Pero es que lo mismo me sucede cuando pienso en el conflicto de Eritrea o en el de Yemen, en el que Arabia Saudita, un país bastante más brutal que Rusia, ha terminado ya con la vida de algunos cientos de miles de personas.

En fin, que soy un poco torpe y no entiendo mucho, de modo que no me haga demasiado caso.

O lo mismo es la envidia lo que habla por mis letras. Vaya usted a saber.

Lo que mosquea es que pongan a un cómico al frente de lo de Ucrania.

Joder, parece humor negro.

Y ese tipo, ¿quién es para que ande por todo el mundo dando lecciones de moral cuando se está cargando a su propio pueblo, al sostener una guerra imposible, para entretenimiento del personal terráqueo?

Pues ahí lo tienes, tan torero él, en plan John Wayne, clamando por una IIIWW. ¿O no es eso? Lo mismo, ya lo verás, resulta ser el mismo Anticristo en persona. ¡Joder qué lío entonces!

Aunque, eso sí, si la tele dice que es Dios, me juego el cuello a que las gentes se matan entre sí por ser el primero en adorarle.

Después de todo, este concurso de gilipollas dudo mucho que se termine con este episodio.

No tema, aún tenemos concurso para rato, de modo que no desespere. Insista con su gilipollez y no se rinda: sin duda usted puede ser el mayor gilipollas que vieron los tiempos.

¡Ánimo,hombre!

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