El fin de la libertad II

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La realidad ya es pura distopía. El mundo es distópico, como lo son las sociedades, incluso los individuos. Los Derechos Humanos o las libertades constitucionales —las mismas que durante siglos han costado manifestaciones, revueltas, vidas—, han quedado anulados.

Naturalmente, en el sagrado nombre del bien común.

Pero la libertad, ha muerto.

Y, lo más grave de todo, es que los individuos lo han aceptado y obedecen. Lo asumen los gobiernos —corruptos—, lo asumen las organizaciones sindicales —corruptas—, y los partidos políticos —corruptos—, y las agrupaciones culturales —cobardes— y los individuos —¡pobres!—.

Lo dice la OMS, lo dicen los médicos —del sistema—, lo dicen los políticos, lo dicen los jueces.

Pero la libertad, con esto, ha muerto.

Ya no hay libertad de hacer o deshacer, de reunirte o no, de ir o venir libremente. Has de obedecer ciegamente al Estado totalitario: él dicta en cada momento qué has de hacer, cómo te has de comportar, de modo ha de ser tu atuendo. Tu vida no es tuya, ni tu libertad, ni siquiera tu propio cuerpo.

Puedes usar tu cuerpo para abortar —muerte— o para poner fin a tus días —muerte—; pero no puedes usarlo para sostenerlo tal y como la naturaleza y como Dios lo definió. Para los creyentes es el templo del Espíritu Santo, y meterle un tramo de ADN artificial viola el verbo divino que se define en el ADN original —adenina (A), citosina (C), guanina (G) y timina (T)—, convirtiéndolo en nadie sabe qué.

Primero nos robaron la libertad: nos encerraron en nuestras casas; luego, robaron nuestras costumbres y nos embozaron: nos impusieron las mascarillas; más tarde nos apartaron de los nuestros: familia, amigos; y por último, nos obligaron a inyectanos ese veneno.

Ahora nos han impuesto el certificado de que perteneces al rebaño. Quienes no tienen certificado de vacunación, no pueden entrar a un bar, tomar una cerveza, ir a la peluquería, y quién sabe si pronto no podrá entrar a un supermercado o tener una cuenta bancaria. Los no-vacunados no pueden viajar a su país o a aquel país en el que están sus hijos; mucho menos, ir a visitarlo porque les apetece o tienen negocios.

Nos han encarcelado en nuestras casas, en nuestros rincones, en nuestros países. Nos controlan, nos vigilan, y ahora nos acosan. A quienes no queremos vacunarnos porque es nuestro deseo y nuestro derecho, quieren imponérnoslo en el nombre del bien común. Como en los Estados nazis, como en los Estados soviéticos, como en las férreas dictaduras en las que el Estado es el dueño de vidas, cuerpos y almas.

Quieren hacer la vacuna obligatoria.

Algunos países ya lo han hecho.

A los desobedientes los imponen multas impagables, como en Austria o en Grecia. Si se niegan los ciudadanos a ponerse la vacuna pese a todo, ¿cada cuánto tiempo pondrán la multa? ¿Cada diez minutos? ¿Cada media hora? ¿Cada día?

Lo absurdo de ayer es la realidad de hoy.

Lo ilegal de ayer, lo inconstitucional de ayer, es la realidad de hoy.

Distopía.

Pronto —ya sucede en muchos lugares de la tierra— quienes no se vacunen serán declarados enemigos de la sociedad. Ya lo pregonan así los voceros de las televisiones, esos mezquinos tertulianos al servicio de los poderes, y lo hacen los telediarios para echar al público vacunado contra los que no lo hicieron—. ¿Qué más les da, si ellos supuestamente ya no pueden padecer la enfermedad?

Pero si ellos se condenan, quieren que se condenen todos. Nadie puede quedar a salvo. Tienen que obligarnos, forzarnos o, quién sabe si próximamente eliminarnos.

Tal vez parezca una exageración.

Tampoco nadie hubiera creído hace solo dos años que podrían encarcelarnos en nuestras casas, y lo hicieron; o robarnos nuestras libertades y derechos, y ya vemos que lo han llevado a cabo con total impunidad y el aplauso general de las obedientes masas.

Encarcelarnos en nuestras casas supuso la quiebra de miles de millones de negocios en el mundo y daños irreversibles en la economía de casi todos los profesionales libres (autónomos); pero no dañó a las grandes empresas. ¿Acaso esta supuesta crisis snitaria estaba diseñada así para que todo quede finalmente en las manos de unas cuantas empresas gigantescas? Es lo que dice la Agenda 2030, de modo que es, por lo menos, para sospechar.

Además, la censura —ilegal en otro tiempo y considerara tanto inconstitucional como ilegal por la Declaración de los Derechos Humanos—, se ha impuesto. No se puede hablar de vacunas, no se puede pronunciar la palabra «vacuna» o la palabra «COVID» sin que te bloqueen la cuenta en las Redes Sociales.

Nada es casual.

Todo está orquestado.

La libertad, ha muerto.

Pero recuerda la atinada afirmación de Martin Niemöller: «Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista; cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, ya que no era socialdemócrata; cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, ya que no era sindicalista; cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, ya que no era judío; cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar».

Tal vez habría que añadir la categoría de los no-vacunados.

Id remojando vuestras barbas, porque os alcanzará a todos de uno u otro modo. Cuando se comienza a recortar libertades, aunque las que ahora mutilan o anulan creas que no te afectan, acabarás lamentándolo. El fascista nunca se harta del control: lo quiere todo de todos. Esto irá a más, a mucho más.

Hace bastantes años, en su versión de 1961, Bertolt Brecht decía en su obra «La resistible ascensión de Arturo Ui», refiriéndose a la dictadura totalitaria del fascismo: «No os regocijéis en su derrota. Por más que el mundo se mantuvo en pie y paró al bastardo, la perra de la que nació está en celo otra vez».

Bueno, pues no está en celo ya: parió una camada enorme y mucho más cruel que la primera.

Y puesto que ya estamos metidos en esto de las citas, permíteme que concluya este artículo con otra, esta de Lucas 11, 24—26: «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi casa de donde salí. Y cuando llega, la halla barrida y adornada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.»

Tal vez se le dio una patada en salva sea la parte al fascismo estatal en otro tiempo —que ya lo dudo—, pero aquí le tenemos de vuelta, y ahora acompañado de miles de demonios peores que aquel que expulsamos.

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