El retorno de los nazis

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Cuando los nazis ganaban espacio en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial, los judíos estaban tranquilos. Incluso a menudo los nazis recurrían a ellos para solicitarles créditos.

Cuando los nazis alcanzaron el poder, los judíos seguían tranquilos por más que fueran hostigados. Preferían pensar que ese tipo de desmanes terminaría por ser controlado por el Estado a pesar del boicot económico del 33, de la Ley de Nuremberg del 35 que impedía su emancipación y de la Noche de los Cristales Rotos del 38. Siempre creyeron que todo eso se reconduciría al fin, causa por la cual la inmensa mayoría de los judíos se negaron a combatir al nazismo y aun a abandonar Alemania.

Cuando los nazis comenzaron la Segunda Guerra Mundial, los judíos estaban hasta cierto punto tranquilos; a los periodos de hostilidad contra ellos le solían seguir otros periodos de publicidad engañosa por parte del poder hitleriano, la cual parecía respetarlos.

Se consideraban tan alemanes como el que más.

Muchos de ellos habían muerto en la Primera Guerra Mundial por su amada patria.

«Alemania sigue siendo Alemania», decían desde sus publicaciones cuando comenzaron a perseguirlos. «Nadie podrá privarnos de nuestra fe y nuestra patria», aseguraban.

Y aún creyeron en Alemania cuando los metieron en guetos.

Ni siquiera cuando comenzaron a deportarlos a campos de concentración creyeron que iban a exterminarlos, sino a usarlos como mano de obra con fines militares.

Aún en los campos de concentración creían en Alemania y en los nazis.

Cuando comenzó el exterminio, ni siquiera eran capaces de creerlo los que estaban en otros campos de concentración o trabajando en las fábricas militares.

Nadie en el mundo creía que los nazis estaban exterminando sistemáticamente a un pueblo.

Ni siquiera el papa, Pio XII, lo creyó.

Ninguna guerra podía justificar eso.

Hoy otros nazis están haciendo lo mismo y nadie quiere creerlo.

Ni siquiera el papa, Francisco I.

Desde luego, ningún ciudadano lo cree. La civilización es la civilización: eso no puede suceder.

Los judíos consideraban que tenían derechos y que estos serían finalmente respetados; los ciudadanos de hoy, también.

Los judíos seguían creyendo en su país mientras los gaseaban o los mataban de hambre; los ciudadanos de hoy creen en sus líderes políticos mientras los inoculan grafeno (igual de venenoso) y los insertan códigos genéticos artificiales que alteran sus propios códigos genéticos naturales.

La estrella de David marcaba a los judíos; la vacuna marca a los ciudadanos de hoy.

Con la estrella de David no se podía trabajar en la Administración, circular libremente o reunirse en cierto número, además de que podían ser confinados en guetos; sin el certificado de vacuna no se puede trabajar hoy en la Administración, circular libremente y te pueden confinar en el campo de concentración doméstico.

La Policía nazi lo hacía cumplir a rajatabla; la Policía hoy hace cumplir esto.

Siendo judío eras un apestado en el régimen nazi; sin vacuna eres un apestado hoy por la sociedad.

A los judíos se los denostaba y se los perseguía desde los medios de difusión nazis; a los no vacunados se los denosta y se los señala como apestados desde los medios de difusión hoy, culpándolos de ser portadores de enfermedades.

A pesar de que los judíos creían en la Constitución alemana de los nazis, esta no los amparaba; hoy a los ciudadanos, incluso a los vacunados, tampoco.

A los judíos se los persiguió por su raza desde el poder; a los ciudadanos no vacunados, hoy se los persigue por no quererse inyectar veneno.

A los judíos se los convirtió en seres prescindibles; a los ciudadanos hoy se les llama desde algunas instancias «inútiles comedores» en el nombre de la superpoblación.

Los judíos sobraban en Alemania, eran un estorbo; los ciudadanos hoy, en un inmenso número, son un inconveniente para la Agenda 2030: son un estorbo.

A los judíos finalmente los gasearon; a los ciudadanos comunes hoy, los inyectan grafeno, esparcen grafeno desde los aviones, casi todas las vacunas contienen grafeno, las mascarillas contienen grafeno, los PCR contienen grafeno y muchos medicamentos, también.

Los judíos creyeron en los nazis hasta que fue demasiado tarde; los ciudadanos de hoy creen en sus Estados.

Los medios nazis ocultaron el genocidio que se estaba gestando; los de hoy, también.

Si buscas con tu bluetooth aparatos próximos, encontrarás tantos aparatos desconocidos como personas vacunadas hay en tu entorno: cada una de ellas tiene un número único: están marcados con esta numérica estrella de David.

Los judíos no creyeron que los iban a exterminar hasta que los metieron en las cámaras de gas con la excusa de que eran duchas para desparasitarlos; los ciudadanos hoy, creen que todo esto es por su bien y que los inyectan por su bien para salvarlos exterminio de la pandemia.

Los judíos creyeron que ser buenos y obedientes ciudadanos los salvaría; los ciudadanos de hoy, también.

Los judíos impusieron esa obediencia a sus hijos; los ciudadanos de hoy, también.

Los judíos fueron exterminados hasta donde les fue posible a los nazis; los ciudadanos de hoy, también.

A los judíos los salvaron del exterminio total los aliados; hoy no hay aliados que nos salven, excepto nosotros mismos.

Infórmate; pero no lo hagas por los medios de difusión del sistema. Que nadie te cuente su película, ni siquiera el Estado: forma tu idea en base a datos, los puedes conseguir.

Aún es posible parar esto.

Callar ya no es una opción.

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