Tribulación

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Que la democracia ha muerto, con la excusa de la enfermedad pandémica que nos asola, es un hecho incontestable; que la censura ha sido impuesta contra todas las constituciones democráticas, también; y que los Derechos Humanos se vulneran sistemáticamente desde todos los gobiernos, es algo a lo que los ciudadanos ya se han acostumbrado.

El mundo es ya una férrea dictadura fascista; Europa, también; y España, por supuesto, es la más servil y miserable de todas ellas.

La III Guerra Mundial ha estallado. Más que eso: la anunciada Tribulación ha presentado sus credenciales de arribo.

No se trata en este caso de un conflicto entre naciones, sino de ciertas sectas luciferinas y satánicas contra la población civil, especialmente los creyentes. Un conflicto que se extiende de confín a confín del planeta.

Los derechos civiles de los ciudadanos han desparecido. Ya no se puede viajar, tomar un café en un bar, comer en un restaurante o reunirse con quienes se desee, si es que no se tiene un pasaporte que solo se les concede a los que se han inyectado una sustancia que llaman vacuna, pero que no lo es porque ni inmuniza ni evita que quienes lo han hecho contraigan la supuesta enfermedad contra la que supuestamente se han vacunado, y aún que la transmitan.

La censura se ha cernido sobre la población mundial como una siniestra tiniebla. No solamente las Redes prohíben cualquier comentario, video o artículo discrepante con la verdad oficial que se difunde noche y día como un profundo lavado de cerebro desde todos los medios de difusión, sino que incluso en los medios estatales (supuesta propiedad de los ciudadanos) solo se admiten testimonios o programas que difundan esas mismas verdades oficiales o las reafirmen.

Miles de personas con excelente formación y conocimiento tratan de hacer público que cuanto se dice de la pandemia desde los medios no es cierto, y lo apoyan y respaldan con datos y estudios muy rigurosos y profundos: se trata de una enfermedad creada artificialmente con el único objeto de inyectar a toda la población mundial una sustancia que trasforma la genética humana en no se sabe aún qué, la cual contiene, además, sustancias tóxicas (grafeno, luciferina y luciferasa) susceptibles no solo a las radiaciones 5G (de frecuencia militar) que tampoco sabemos con exactitud qué fines tienen, pero que tanto pueden ser utilizadas como un carné de identidad individual (¿la famosa marca de la Bestia?) como para producir distintos tipos de efectos adversos en el organismo con el fin de controlar a las poblaciones (desde la propia conducta de cada indivduo, a producir esterilidades e incluso la muerte de aquellos que eventualmente pudieran interesarle a los poderes agresivos que han perpetrado este eugenesidio —tal vez también genocidio— enmascarado).

Haga una prueba: busque con su móvil o celular los bluetooth de su entorno. Verá que hay tantos aparatos no identificados como personas hay en su entorno de menos de 15 metros que se han vacunado. Es decir, todos ellos son antenas bluetooth de no sabemos qué, y todos ellos tienen un número o matrícula identificadora única y distinta a las demás que ellos mismos desconocen.

Los Estados se han predeclarado inocentes de cualquier daño que puedan hacer esas llamadas vacunas; las farmacéuticas que las producen, también. Los únicos responsables de las consecuencias que puedan tener son los propios ciudadanos, los cuales firman previamente a la imposición de la dosis un documento eximiéndoles: lo han hecho libremente.

Una vacuna, por cierto, que no ha demostrado ser útil tan siquiera. Un medicamento tiene una media de investigación de 16 años desde que se desarrolla la formulación hasta que se concluyen todos los ensayos obligatorios para ser usada en humanos. En el caso de esta vacuna, estaba lista apenas unos meses después de que la enfermedad apareciera. Una vacuna que no usa virus o bacterias disminuidos para que el organismo aprenda a defenderse, sino que por primera vez en la historia se usan tramos genéticos artificiales que se autoinsertan en el genoma humano, transformándolo en no se sabe qué.

Las fórmulas genéticas de elementos antes naturales y después transgénicos son patentables. Quien use la fórmula de un tomate transgénico, por ejemplo, ha de pagar el correspondiente canon a la empresa o al propietario de la patente: todos los tomates transgénicos del mundo con ese genoma le pertenecen. Los seres humanos vacunados, en consecuencia, podrán ser registrados como propiedad de quienes han modificado genéticamente al ser humano. De hecho, después de la vacuna, el ser humano no es sino otro «producto» transgénico.

Nadie puede protestar contra esto. Incluso ya los satanistas en el poder exigen la vacunación forzosa de toda la población: imponer el sello de la Bestia. Hay un presidente de una comunidad autónoma en España que ha llegado en su enajenación a pedir que incluso intervenga el Ejército para obligar a los reticentes y a los que no desean adorar a la Bestia a que se inyecten ese veneno.

No se trata solo de la vulneración de los derechos civiles que suponen las restricciones al libre movimiento, circulación y reunión de las personas, a la discriminación que supone que por cualquier causa se impida entrar a un establecimiento comercial a los no-vacunados, sino también a que pueden privar de libertad a personas y poblaciones (confinamiento) y a que permiten que se inyecte en masa a seres humanos productos que ni han sido ensayados, ni cuentan con las pruebas necesarias, ni se sabe siquiera si son eficaces o qué efectos secundarios tienen ni a corto, a medio o a largo plazo.

Han vulnerado con pleno conocimiento y consciencia todos los reglamentos, regulaciones y procedimientos no solo del uso y comercialización de los medicamentos, sino también todos los Derechos Humanos recogidos en la Carta de los Derechos Humanos.

Esto solo se puede hacer —usarnos como animales de laboratorio (si es que es inocentemente experimental)— cuando desean destruir a los inoculados, o, al menos, desprecian las posibles reacciones que pudieran producirlos. Si lo saben y no lo confiesan, la situación es todavía peor, porque eso sería lo mismo que admitir que crearon la vacuna antes de que la epidemia se produjera, que es lo mismo que admitir que ellos la crearon.

Se comenta en los márgenes aún libres de la sociedad que todo esto es un plan para un reseteo de la humanidad y que toda ella se convierta en la ganadería de una élite siniestra; se menciona la más que creíble maniobra de reducción de la población en este planeta superpoblado (especialmente personas mayores o con enfermedades crónicas severas); e incluso se habla de esterilización masiva de la población con ese mismo fin. Cualquiera de esas opciones es un genocidio en toda regla, un delito de lesa humanidad en el que están involucrados en grado de complicidad organizaciones internacionales, nacionales, políticos y medios de comunicación.

Es más que posible, si algo de todo esto fuera cierto, que muy pronto estalle una gran guerra local o mundial que use armamento convencional e incluso nuclear, porque así lo enmascararían desviando la atención, por una parte, y tanto les da porque ya sabemos que en las guerras solamente muere la población común, los civiles y/o militares sin relevancia para esa élite siniestra que persigue el fin de la disminución de la población; pero, por otra parte, ese mismo conflicto les serviría para que ante tales terribles hechos se establezca una dictadura mundial (Nuevo Orden) y se ponga en escena al Anticristo como nuevo líder mundial, tal y como está escrito desde hace 2000 años.

El escenario, desde luego, no puede ser más idéntico.

Que todos los códigos de barras tengan insertado sin mencionarse el 666, es un indicio sospechoso cuando menos de que estamos en ese camino; que los nuevos códigos QR también lo contengan, lo confirma; que las 3 www que anteceden cualquier dirección web de internet valgan en gematría 666, lo reafirma; y el hecho de las sustancias más abundantes en las vacunas tengan por nombre luciferina y luciferasa, es todo un manifiesto de intenciones.

Podíamos añadir a esto que la patente de la vacuna de Bill Gates tenga el número 060606, es decir, 666, y aún que la ley del Congreso conocida como Ley COV-D, tenga la nomenclatura H.R. 6666. Pero, yendo un poco más lejos, si ante la puerta de las oficinas del CERN pusieron una escultura de Shiva, la diosa de la destrucción, no es menos curioso que ante la ONU en New York, hayan colocado una estatua de la Bestia bíblica del Apocalipsis.

Qué fijación, ¿no? ¿O acaso es que ya no tratan de ocultar sus fines?

En realidad, todo cuanto está sucediendo tiene mucho sentido. La población jamás aceptaría ponerse una vacuna experimental (o tal vez no) si no hubiera cierta importante mortalidad; pero ¿qué problema tienen con que haya mortalidad, si lo que desean es que precisamente se reduzca la población y eliminar adversarios a su plan? Esparcen el virus letal (probablemente con chemtrails), atemorizan a la población con campañas masivas de lavado de cerebro (encierro doméstico ante el televisor con la excusa del confinamiento y cese de los ritos y reuniones, especialmente de creyentes), inflan los daños de muertes y contagios artificiosamente (¿quién sino ellos disponen de los datos reales?), compran o usan sus televisiones para difundir machaconamente su mensaje de pánico y, apoyándose en los avanzados conocimientos de psicología personal y sociología, atemorizan a cada individuo de tal modo que él mismo suplicará por esa vacuna que no le inmuniza ni evita que se contagie o que sea transmisor para otros, sino que la misma histeria producida artificialmente hará que incluso muchos escépticos y hombres libres también acepten el veneno por comportamiento de rebaño. En el Apocalipsis se dice: «harán grandes señales y prodigios, de tal manera... que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos» (Mateo 24:24).

La jugada es, cuando menos, brillante. No puede ser menos, viniendo del mismo Lucifer.

Una vez inoculada la inmensa mayoría del planeta, les bastará con producir y diseminar una nueva cepa más mortífera y señalar a los no-vacunados como responsables (Nerón hizo algo parecido al señalar a los cristianos como culpables del incendio de Roma). Nuevamente, en tal caso, habrá fiesta por todo lo alto en el coliseo, y, tras perseguir y culpar a los no-vacunados, allí serán sacrificados, entretanto los responsables disfrutarán el espectáculo.

De hecho, todos esos adeptos del pánico ya están entregando libremente lo más preciado que tienen: a sus propios hijos para que también los inoculen. Estaba escrito, y no sorprende a nadie más que a los no-creyentes.

Un pacto de sangre en toda regla.

¿Raro? ¿Increíble? ¿Imposible? No; ni mucho menos.

Desde hace 20 años se vacuna a las personas mayores, dizque que para que no contraigan la gripe común. A pesar de esa vacuna no solamente se contagian igual, sino que el etil-mercurio o el metil-mercurio que se usa en esas vacunas como conservante es el responsable de la inmensa mayoría de los casos de alzheimer y de senilidad precoz que se conocen, como una nueva lacra de la modernidad (les robaron la memoria a cientos de millones de personas, que es como decir que les robaron la vida). Pero es que, además, desde ese mismo tiempo, toda la población infantil ha sido vacunada reiteradamente de muchas enfermedades con vacunas que contenían ese mercurio que ha desatado en todo el mundo los ahora conocidos como Síndrome de Hiperactividad y TDAH.

Lo intentaron con el SIDA en los años 70, con el gripe porcina en los 80, con la aviar en los 90, con la SARS-2 en los 2000 y ahora parece que, por fin, han encontrado la fórmula ideal. Millones de personas (cerca de 500 millones) han pagado esa factura como víctimas fatales: más de 2500 millones de niños, tienen como complemento dietético potentes drogas de metaanfetaminas como Concerta o similares. Un medicamento que, pese a su potente poder, solo sirve para disimular el mal que los han producido porque, para el que lo ignora, el mercurio destruye la tubulina de las neuronas, de modo que estas ya no reciben la información por los axones, sino por todo el filamento neuronal, o, lo que es lo mismo, reciben miles de millones de estímulos nerviosos por segundo: todo un infierno que ellos consideran normal porque viven en él, pero que quienes no padecemos esta destrucción no podemos ni siquiera imaginar.

No; los niños de ahora no tienen TDAH o síndrome de hiperactivdad, sino que los han destruido en vida con nuestro consentimiento y sin que nadie en ninguna parte haya pagado por ello ni siquiera una multa.

La Tercera Guerra Mudial ha comenzado, propiciada por los fascistas del Nuevo Orden: nosotros somos el enemigo.

O mejor todavía: la Tribulación está dando sus primeros pasos.

Aquellos que consideraban que el Apocalipsis era algo imaginario o simbólico, están perplejos: está sucediendo ahora.

Por favor, lector, sea tan amable de decirme si hay en este artículo algún dato exagerado o incierto. De haberlo, estoy dispuesto a tragarme mis palabras y, además, a hacerlo público.

Si la verdad nos hace libres: ¿en qué nos convierte la mentira?

Todavía más: Si un hombre sin Dios no es nada, ¿qué es un hombre con Dios?

Estimado lector, poco importa que me crea o no. Compruebelo por sí mismo: el libro del Apocalipsis está a su alcance y el tiempo se está agotando. Ponga en orden sus cuentras porque alea jacta est.

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