Un largo camino

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Nací en una España de caminos que amarilleaban por los huesos de los ajusticiados en terribles venganzas colectivas y en la que aún resonaban rabiosos los ecos de los disparos. La libertad estaba en búsqueda y captura; las sonrisas, secuestradas por el pánico que latía dentro de casi todos los pechos; y las palabras se medían para que no tuvieran un costo de jueces rigurosos y cárceles tenebrosas. Todavía las afueras hedían a batallas inacabadas, a paredón y a paseíllo, el pan amargaba entre los dientes acebrados de los humildes y en muchos muros cosmopolitas permanecían ennegrecidas las heridas de la guerra y la sangre reseca de sus víctimas.

Nací en una España sombría de exilio y luto permanente, de hombres asustados y tranvías solitarios que marcaban su avance por los empedrados de las calles con ritmos machacones; pero también de multitudes enfervorecidas que ensordecían la atmósfera con clamores victoriosos al Dictador en la plaza de Oriente, precisamente en días como ese en que fui alumbrado.

Como si fuera propietario de una vida extinguida o sofocada por las armas que volviera a la vida a terminar su trabajo inacabado, me rebelé desde mis primeros años de consciencia contra la reverencia permanente de los vencidos, la soberbia sangrienta de los vencedores y el imperio del rencor que todavía dividía a mi país por mitades, quién sabe si anhelando la reinstauración de la Justicia, ahora cegada por el odio y las fuerza de armas, o nada más de la libertad de la que enamoré en mi primera sangre como si fuera un recuerdo que volvía a la memoria para abrazarme estrepitosa y lujuriosamente como una amante.

Muchos lo hicieron conmigo, muchos —casi todos jóvenes— llenamos las calles de gritos, las universidades de algaradas e instauramos un orden subterráneo y clandestino que fue luz y perfume entre la oscuridad y el hedor de aquella cochambre de dolor, represión y cobardía de vencedores y de vencidos.

Siempre, siempre fuimos los mismos.

Muchos, la mayoría, sobrevivimos; pero algunos de los nuestros dejaron sus vidas luminiscentes en las aceras, en las manos de los de La Social que más tarde, cuando llegaran al poder los que blandieron nuestros anhelos, fueron premiados con medallas, ascensos y honores.

Opositamos al odio unos pocos, amigos, compañeros, desconocidos, hermanos en el deseo de paz y libertad para todos, con las manos desnudas y empuñando con fervor enardecido todos los verbos que cargaban la refulgente munición de la esperanza y el futuro.

El camino que conduce a la libertad, visto desde los tendidos en que esconden y parapetan los cobardes, no es un bello camino: está jalonado por demasiadas cruces olvidadas por la rutina de los miserables y los desagradecidos, y la tierra que escoltan se ve encharcada de las sangres más altivas y generosas. Sangres y cruces incómodas para los usurpadores que, en el herrumbroso nombre de las dictaduras o en el impostado clamor de las democracias seguras, han preferido esconderlas en el olvido.

Han transcurrido muchos años desde entonces, y tal vez sea la hora de hacer balance.

No pretendo que entiendan esto quienes nacieron entre videojuegos y mimos, ni aquellos a quienes se les negó la memoria de saber quiénes fueron las víctimas y quiénes los verdugos o qué fue lo que se perdió y lo que se obtuvo, de qué manera y a qué precio. No intento que lo comprendan los que no pudieron tener memoria o quienes se han servido de todo esto para hacer una burla revolucionaria de memes absurdos y partidos de vaqueros, camisas de cuadros y peinados de rastas o de coletas que mutan cuando alcanzan el poder en trajes de Armani y asesores de imagen con mucho gimnasio y coiffeur; pero sí quienes tienen la edad suficiente o la responsabilidad adquirida para saberlo: luchamos y creímos que vencimos, pero fuimos derrotados por los nuestros o por los se hicieron pasar por los nuestros. No; no son los sucesores, sino los cobardes que se escondieron al abrigo de lo seguro mientras luchábamos y moríamos contra lo gris de aquellos años, por más que ahora imposten su voz tratando de revestirse del valor de los dejaron su piel y su futuro en aquellos empedrados de tranvías solitarios y en aquellos días de bruma y soles hastiados.

Las oquedades de las balas han sido rellenadas con cementos plásticos y los paredones de sangre reseca enlucidos con vistosas cales blancas o espléndidos mármoles. Pareció que aquello nunca hubiera sucedido o que tal vez ocurriera con la misma probabilidad lejana de un Nerón o de un Jesús de Galilea. Incluso los jóvenes de hoy creen que Franco fue un jugador de fútbol o un escritor y que la guerra sucedió, ¡qué saben ellos!, hace mil años. Los jóvenes, hoy, se entregan a las Redes Sociales en una conflagración de pretendido ingenio con memes sisados a autores que jamás leyeron, y viven solitarios en esas cárceles que los han apartado de los demás, de su propia existencia y de su sentido, acaso tan sólo preocupados por la ropa de moda, la tendencia en la Red, la música simplona o la vacía nada que los desnuda de habitar la vida con todas sus consecuencias, con todos sus compromisos, con todas sus exigencias y con todos sus peligros.

Para ser lo que se es hay que descubrirlo, y eso se hace la arena redonda que se reúne allá lejos de los tendidos.

Al morir Franco y llegar los primeros pasos de la democracia, los que tomaron el poder no fueron los nuestros, sino, como dice mi amigo, cantautor y poeta Rafael Amor, «los que dividen y matan, los que roban, los que mienten, los que venden nuestros sueños…».

Los que propiciamos aquello, los que sobrevivimos, nos retiramos a nuestras vidas con la satisfacción del deber cumplido, aunque no por mucho tiempo. Ninguno de los que hicimos lo que hicimos ansiaba glorias personales. Tal vez hubiera que tener paciencia, o que creer que la bestia estaba descabezada pero que aún corría atávica como un pollo sin cabeza impregnándolo todo de sangre, y nos mantuvimos a la expectativa. Salieron unos, llegaron otros, y la derrota fue la misma: más penuria para los pobres, más riqueza para los ricos, más sometimiento para el país, más nada para el futuro, más esclavos.

El país se iba dividiendo en un orden de esplendores y de miserias, de sociedades opulentas y servidores que habitaban mechinales. La izquierda, mientras robaba cuanto podía, servía los intereses de la derecha para evitar las rebeliones populares; y la derecha, mientras robaba cuanto podía, hundía más a los pobres en su pobreza. La izquierda desindustrializó España, sometiéndola a los intereses de multinacionales y macronaciones de los que los ciudadanos estábamos privados, nos incluyó en alianzas militares para hacer las guerras del Imperio y estableció el contrato basura «coyunturalmente», según dijo su sabio de Europa.

Sin haberme movido de mi sitio, cuarenta años después habito la España de la nada, la patria de la impostura, la de la verborrea política y el meme; pero si desciendo a la realidad, bajo esta pátina de abundancia de calles enlucidas y noches intensas de movidas y alegría, constato una España de miseria que se revuelca de dolor desde la piel al esqueleto. Incluso La Moncloa está habitada nuevamente por alguien a quien no elegimos, que dinamitó al gobierno precedente so pena de convocar elecciones y que se ha vestido de armiño a sí mismo con el respaldo de los peores oportunistas que ansían meter la mano en la caja para hacerse con créditos blandos y adquirir casas como las de los ricos en Galapagar, donde les visitan sus asesores de imagen y su coiffeur.

Todo acto deja huellas que pueden ser rastreadas. Las de estos que nos gobiernan también son visibles: desempleo (el 15.8%), subempleo (el 7,7%), pobreza (13 millones de españoles en riesgo de exclusión social), riqueza desmedida (el 1% acapara el 25% de la riqueza nacional), información manipulada, televisión propagandista, cultura despreciada, y los cinco derechos básicos de la Constitución para todos los españoles en merma permanente o sencillamente privatizados: derecho a la Justicia (privatizado), derecho a la Sanidad (casi inoperante o privatizado), derecho al trabajo (en régimen de esclavismo para la mayoría y casi imposible para los jóvenes y los mayores de cuarenta y cinco), derecho a la vivienda (privatizado), y derecho a la Educación (degradado o privatizado).

La libertad, eso que nos hace libre, cada día está más coartada, con miles de cámaras que nos vigilan (incluso desde nuestros móviles, ordenadores y hasta televisores), y la de opinión, restringida por leyes que pueden convertir en delito lo que decimos y conducirnos a tétricas cárceles como las de la Dictadura. Incluso esta semana firmó España una propuesta de la OTAN que convierte en un acto de guerra cualquier opinión que ellos consideren contraria a sus intereses y por la que cualquier discrepante podemos ser detenidos por terroristas si decimos lo que pensamos.

No era esta España la que queríamos. ¿O sí lo era?

La España que hemos construido —que han construido—, vuelve a ser la España oscura de miseria y gemido. Ya no se pretende una sociedad libre, sino engañar al votante con aquello que quiere oír para que luego hagan lo que quieran y tener acceso libre a la caja, y gobiernan por estrategia para ganar las elecciones en base a populismos y a las reacciones que producen en el electorado las noticias de cada día. Todo es ya una cuestión de márquetin, y los gobiernos se conforman de acuerdo a esos principios: famosos, frikis, dandys, incompetentes de mucha imagen.

Nadie es más peligroso que un idiota con iniciativa, y estamos muy sobrados de esos, especialmente en la izquierda. La derecha, siendo mala, al menos saben lo que son y son fieles a lo suyo. Con estos, al menos, sabemos dónde está el enemigo: con los «nuestros», no. Desde hace cuarenta años, en todas, todas las reuniones entre patronal, gobierno y sindicatos, han perdido siempre los trabajadores, y la mitad de ese tiempo ha gobernado la izquierda. Alternancia en la ejecución del desastre para los más desfavorecidos.

El balance no puede ser mejor para los ricos, las multinacionales y la Banca, y peor para los trabajadores y el pueblo llano, quienes sólo han tenido ocasión de participar como carne contributiva que sufragaba latrocinios, manguncias, saqueos de licitaciones concedidas a trasmano y gastos absurdos mil millonarios para engordar unos pocos bolsillos.

Los caminos a la libertad, entretanto, cobran peaje y tienen guardias de seguridad en sus accesos: las cruces de quienes dieron su vida por ella fueron sustituidas por farolas de diseño y la tierra encharcada de sangre pavimentada con espléndidos enlosados.

A ambos lados de la avenida, crecen solamente conjunto residenciales de alto estandin.

No; nunca ganamos: nos vendieron.

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